MARIO SZICHMAN –
Nada tuvo que ver el doctor Joseph Ignace Guillotin con el instrumento al cual adjudicaron su nombre. Solo se limitó a sugerir el 10 de octubre de 1789, ante la Asamblea Nacional de Francia, un método piadoso para ejecutar condenados. Aún así, Guillotin se convirtió en un apestado de por vida

 

Escribí la novela Eros y la doncella escasamente enterado de los avatares del Reino del Terror durante la Revolución Francesa. Mi exclusivo interés era Madame Guillotine o La Luneta Republicana que durante tres años, entre 1792 y 1795, rigió los destinos de Francia. No hubo otra mujer igual, a la hora de reducir los destinos y los cuerpos de varios millares de franceses. La cifra de decapitados oscila entre 16.000 y 40.000. Se estima que en los meses finales del Reino del Terror 50 personas fueron ejecutadas diariamente en París.

Como todo instrumento de intimidación, la doncella fue erigida en Francia por razones humanitarias, y con el propósito de anular privilegios. Aquellos que reprochan su sangrienta disposición ignoran a sus ascendientes. Antes de la guillotina, la mayoría de los súbditos franceses condenados a la pena capital solían ser ahorcados, o quebrados (literalmente) en la rueda, o descuartizados tras ser atada cada una de sus extremidades a un caballo percherón. Y no era infrecuente que antes de la ejecución fuesen abiertas heridas en el cuerpo del condenado en las cuales se derramaba plomo derretido.

Sólo los nobles condenados a muerte eludían ese tratamiento. Para ellos estaba reservado un instrumento que los italianos conocían como la mannaja, y los escoceses como la doncella o The Halifax gibbet, precursora de la guillotina.

Aunque algunos modelos de la máquina podían causar una muerte dolorosa —la mannaja aplastaba la nuca del detenido hasta hacerla pulpa—, una serie de mejoras la convirtieron en un artefacto casi indoloro. El uso de una hoja afilada en forma de medialuna, y un yugo para asegurar la inmovilidad de la cabeza de la víctima que reposaba en un bloque de madera, aceleraba la decapitación.

HAZTE FAMA Y ÉCHATE A DORMIR

El doctor Joseph Ignace Guillotin nada tuvo que ver con el instrumento al cual adjudicaron su nombre. Él se limitó a sugerir el 10 de octubre de 1789, ante la Asamblea Nacional de Francia, un método piadoso para ejecutar condenados. El único problema de Guillotin, que lo convirtió en un apestado de por vida, era su apellido, mucho más eufónico que el de Antoine Louis, a quien se atribuye haber creado el prototipo de la doncella usado en Francia.

Antoine Louis, médico de Luis XVI, y secretario de la Academia de Cirugía, presidió el comité designado por la Asamblea Nacional para crear un piadoso instrumento de ejecución.

Antoine Louis, médico del rey Luis XVI y secretario de la Academia de Cirugía, presidió el comité designado por la Asamblea Nacional para crear un piadoso instrumento de ejecución (Guillotin también integraba ese comité).

Al principio, la doncella fue bautizada como La Louison, en homenaje a Antoine Louis, pero el nombre nunca se aferró a la imaginación de los franceses. (Es increíble cómo un apellido puede marcar un destino. El padre de Adolf Hitler, Alois, era hijo ilegítimo de María Anna Schicklgruber, y se siguió llamando Alois Schicklgruber hasta que su madre se casó con Johann Hiedler, quien lo reconoció como su hijo legítimo; de esa manera, Alois Schicklgruber se convirtió en Alois Hiedler, y luego en Alois Hitler. Y transmitió ese nuevo apellido a su hijo Adolf. Algunos historiadores se preguntan qué hubiera ocurrido si Alois Hitler hubiera legado a su hijo el apellido Schicklgruber. Pues no era lo mismo vociferar “Heil Hitler” que “Heil Schicklgruber”).

MODESTOS COMIENZOS

Aunque Antoine Louis diseñó el prototipo de la doncella, el encargado de mejorarla fue Tobías Schmidt, un ingeniero alemán que fabricaba clavicordios. Schmidt tuvo la idea de eliminar de la guillotina la hoja en forma de medialuna y reemplazarla por una hoja con un ángulo oblicuo de 45 grados. Gracias a esa innovación, la muerte del condenado era prácticamente instantánea.

En 1791, a medida que prosperaba la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional comenzó a investigar nuevos métodos para impedir que el instrumento de ejecución atormentase al condenado además de despacharlo al otro mundo. El 21 de septiembre de 1791 fue aprobado un nuevo código penal. El 6 de octubre del mismo año, se convirtió en ley. El segundo artículo del código estipulaba: “La pena de muerte consiste en la mera privación de la vida. Ningún tipo de tortura debe ser infligido al condenado”. Y el tercer artículo señalaba: “Cada persona condenada (a la pena capital) será decapitada”.

El primer espécimen en quien se probó el perfeccionado instrumento de ejecución fue Nicolás Jacques Pelletier, un asaltante de caminos. Pelletier fue descabezado el 25 de abril de 1792 en París. Los comienzos de la doncella fueron modestos, y su presencia, efímera. Carpinteros la ensamblaban en alguna plaza para que cumpliera sus funciones, y la desarmaban tras cada decapitación.

El principal factor que contribuyó a su creciente popularidad fue la adquisición de una residencia fija en la Plaza de la Concordia, posteriormente convertida en Plaza de la Revolución. (Si Maximilien Robespierre cayó en desgracia frente a la doncella fue porque intentó convertirla nuevamente en un itinerante instrumento de muerte).

Lo que más deslumbra de la doncella es la sana diversión que ofrecía a los habitantes de París. Sólo más adelante, cuando exhibió su imparcialidad, se convirtió en un objeto de respeto y de admiración. No solo por su terrible eficacia, sino por su modestia. Pero antes de ser venerada, la doncella se hizo famosa como objeto de regocijo. Centenares de espectadores asistían diariamente a su rutina en los meses cálidos del año. Mercaderes vendían programas con la lista de nombres de aquellos que deberían ascender al cadalso.

Nadie ha osado decirlo en voz alta, pero ciertas ejecuciones se prorrogaron, otras se anticiparon, para que al menos en cada jornada pudiese servirse un plato fuerte capaz de atraer al público. A veces la estratagema, falló, pues no todos los personajes famosos despertaban similar curiosidad. Pero, en ocasiones, alguna figura pública provocaba tanta atracción que los espectadores duplicaban y triplicaban sus ofertas para comprar los mejores lugares a los revendedores de asientos.

La estabilidad de la doncella creó también el elenco estable de las tricoteuses, las mujeres que observaban las ejecuciones sin perder un punto de sus tejidos, y que incitaban a la multitud a dar muestras de alegría cuando los ánimos no estaban muy caldeados. También fue implantada la industria casera de las guillotinas de juguete, que fueron vendidas en los alrededores de la Plaza de la Revolución, junto con alforjas de lana. De esa manera, los niños podían jugar con sus guillotinas mientras sus padres observaban el espectáculo. Los niños usaban las alforjas de lana para dejar caer las cabezas de jilgueros decapitados por la minúscula doncella.

LOS CUERPOS ABREVIADOS

La inauguración nacional de la temporada de caza al traidor, al partidario del primer ministro inglés William Pitt, al contrarrevolucionario, al agiotista, al propagador de rumores, al causante de hambrunas, fue el 21 de enero de 1793, cuando el ex monarca Luis XVI, convertido en Luis Capeto, resultó decapitado.

A veces fueron guillotinadas mujeres simplemente porque la guillotina las había dejado viudas, como las de Camille Desmoulins y de Jacques-René Hébert. El único delito de ambas había sido enviudar de sus maridos.

Con esa ejecución, comenzó una de las etapas más extrañas en toda la historia de Francia. No hay explicación posible para entender semejante degollina, si se exceptúa la necesidad de proveer de especímenes a la doncella. John Wilson Croker, un irlandés enemigo de la Revolución Francesa, escribió en 1835, en The Quarterly Review de Londres, un trabajo titulado Essays on the Early Period of the French Revolution. Croker se dedicó a explorar en su ensayo, entre otros temas, la personalidad de la doncella y la labor de los Tribunales Revolucionarios.

Se puede acusar de muchas cosas a Croker, pero no de haber sido desprolijo. Su investigación es impecable. Como Cervantes, Croker leía hasta el último papelito que encontraba en la calle. Es muy difícil encontrar algo más preciso o exhaustivo sobre el Reino del Terror en Francia.

La conclusión de Croker es que la doncella se encargó de administrar el Reino del Terror. No estuvo al servicio de nadie, como lo demuestra el hecho de que tanto justos como pecadores fueron segados por su cuchilla. La única manera de desbrozar la paja del trigo y separar a los equivocados de los incorruptibles, es señalar que los equivocados fueron aquellos que precedieron a los incorruptibles en el camino al cadalso.

Y cuando ya no quedaron ni equivocados ni incorruptibles, la doncella decapitó a los principales miembros del Tribunal Revolucionario, quienes habían enviado a equivocados e incorruptibles al cadalso, entre ellos el famoso fiscal Antoine de Fouquier-Tinville.

LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN

La única tarea de los funcionarios, se tratase de miembros de la Convención Nacional, del Comité de Salud Pública o de los Tribunales Revolucionarios, era proveer de carne fresca a la doncella. “En resumidas cuentas”, dice Croker tras analizar las tareas del segundo Tribunal Revolucionario —el más sangriento de los cuatro que hubo en total—, “el único propósito que podemos descubrir es una propensión maníaca de que la guillotina siguiera funcionando, a fin de producir su diaria profusión de víctimas”.

No sólo se ejecutó a los supuestos traidores, a los presuntos partidarios del primer ministro inglés William Pitt, a los hipotéticos contrarrevolucionarios, a los agiotistas, propagadores de rumores y causantes de hambrunas. Como en el Cándido, de Voltaire, la persecución incluyó a aquellos que denostaban al gobierno republicano, y a quienes escuchaban los insultos con aire de aprobación. Se guillotinó a hijos porque tenían el mismo nombre que sus padres, y se guillotinó a personas que nada tenían que ver con nada, por simple portación de apellidos.

Croker menciona dos casos: un Maille ejecutado en lugar de un Maillet, y un Morin, que ocupó el lugar de un Maurin.  La señora Charras de la Laurencie fue guillotinada, de acuerdo con la sentencia del Tribunal Revolucionario, por haber vestido ropas de luto en homenaje al destronado monarca Luis XVI, “expresando de esa manera su deseo de que ese justo castigo fuese vengado por nuestros enemigos”. Luego se descubrió que la dama no se había puesto luto por el ex monarca, sino por su hermana, que había fallecido el 21 de enero de 1794, exactamente dos años después de la ejecución de Luis XVI.

A veces fueron guillotinadas mujeres simplemente porque la guillotina las había dejado viudas, como las de Camille Desmoulins y de Jacques-René Hébert. El único delito de ambas había sido enviudar de sus maridos. (Desmoulins, partidario de Danton, era enemigo jurado de Hébert, redactor del periódico pornográfico Le Père Duchesne. Ninguno de ellos pensó que con su enemistad personal terminarían logrando, además de un turno en el cadalso, el luto de la viuda de su rival y la ejecución de ambas viudas).

Croker dijo que, salvo en los casos de unos cien adversarios políticos, es difícil explicar las razones que llevaron al segundo Tribunal Revolucionario a ejecutar a 2.169 personas entre el 7 de abril de 1794 y el 28 de julio del mismo año, cuando guillotinaron a los hermanos Robespierre, Maximilien y Augustin, y a varios dirigentes de los jacobinos. Si alguien piensa que la mayoría de los guillotinados eran ricos o nobles, comete un error. De las 2.730 personas que el segundo Tribunal Revolucionario ordenó ejecutar durante la totalidad de su mandato, los ricos o nobles eran unos 650. En cambio, fueron ejecutados en ese período alrededor de mil pobres y mil miembros de la clase media.

Si la Gran Revolución abandonó rápidamente sus propósitos de Libertad y Fraternidad, al menos conservó el de la Igualdad. La guillotina decapitó duquesas y cocineras, príncipes y porteros, condes y carteros, magistrados, sacerdotes, soldados, almaceneros, artesanos, jornaleros, y hasta delincuentes comunes. Croker habla de la política de “fusión”.

Había tanta necesidad de alimentar el apetito de la doncella que comenzó a condenarse y a ejecutarse por hornadas. En el proceso al temible Fouquier-Tinville, se denunció que, en una ocasión, el fiscal fue a visitar el Comité de Salud Pública para anunciar que tenía consigo una lista de 35 condenados a muerte, y exigía que para el día siguiente le proporcionaran otras 60 víctimas. El anuncio de Fouquier-Tinville fue recibido con exclamaciones de “¡Bravo!”, haciendo recordar los vítores prodigados a ejecutivos que intentan estimular la producción de alguna mercancía.

Como el ser humano se niega a la impersonalidad, muchos han atribuido el incremento de los condenados a muerte a la figura de Robespierre. Es cierto que durante los últimos cinco meses de vida de El Incorruptible, la doncella aceleró sus ejecuciones. El segundo Tribunal Revolucionario fue instituido el 10 de marzo de 1793 y concluyó sus tareas tras la caída de Robespierre, el 27 de julio de 1794.

Es difícil explicar las razones que llevaron al segundo Tribunal Revolucionario a ejecutar a 2.169 incluyendo a los hermanos Robespierre, Maximilien y Augustin, y a varios dirigentes de los jacobinos.

En los primeros once meses de funcionamiento del tribunal fueron guillotinadas 399 personas. En los últimos cinco meses, con Robespierre controlando todos los resortes del gobierno, hubo 2.217 personas guillotinadas. Pero Robespierre no participó en las deliberaciones del Comité de Salud Pública durante seis semanas. “Y en esas seis semanas”, dice Croker, “las ejecuciones se duplicaron, se triplicaron, se cuadruplicaron”.
La mecánica de la ejecución se impuso a toda razón, a toda lógica, a toda orden. Como dijo Fouquier-Tinville en el juicio que concluyó con su descabezamiento: “El pueblo quería sangre, y por lo tanto le ofrecimos sangre”. Fue el único funcionario que intentó dilucidar esa carnicería.

Otra explicación, menos lógica, sería que la doncella fue la primera maquinaria de ejecución sin pretensiones animistas.  En El siglo de las luces, Alejo Carpentier compara a la guillotina con una ventana. Otros dijeron que recordaba el atril de un pintor.
Hasta una embarcación necesitaba en esa época un mascarón de proa para recordar a los seres humanos que viajaban en ella. Pero no la doncella, quien aceptaba satisfecha sus escuetas líneas.

La abstracta figura de la doncella alentó su imparcialidad, así como su modestia. La doncella no se casó con nadie, nunca le preocuparon las ideologías, nunca se inclinó por el Llano o por la Montaña. Todos terminaron siendo emparejados tras atravesar su entrepierna. Los torsos quedaron reducidos simplemente al sexo del portador, sin importar su inteligencia o su fisonomía. Tras esa orgía de sangre, la doncella siguió cumpliendo sus funciones sin hacer alharaca alguna. Los cuerpos siguieron llegando al cadalso, de manera cada vez más infrecuente. Con el paso del tiempo, la doncella se convirtió en un objeto más de escarnio que de terror. Pero nadie pudo destruirla. Y ése era su propósito final: simplemente perdurar. Por supuesto, esta tesis es tan implausible que nadie ha querido aceptarla.

Mario Szichman, periodista y escritor argentino. Escribe desde Nueva York.
https://marioszichman.blogspot.com.es
@mszichman

 

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