EVAN ROMERO-CASTILLO – 
Responsabilizando a la “Revolución Bolivariana” por la crisis de Venezuela y el éxodo que ésta genera, Colombia y Ecuador rompen con la Unasur y la Alba, dos proyectos de integración regional impulsados por el chavismo.

En abril de 2019 Venezuela hará efectivo su divorcio de la Organización de Estados Americanos (OEA); el país caribeño puso en marcha esa moción en 2017 alegando que sus integrantes conspiraban contra su soberanía y su derecho a la autodeterminación. ¿Tambaleará ese organismo multilateral después del deslinde? Para nada, aseguran los expertos en la materia. Lo que nadie puede prever con precisión es el futuro de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) tras la partida de Colombia, que se consumará en marzo de 2019, ni el de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), ahora que Ecuador abandonó sus filas.

Estas rupturas son consecuencia directa de la crisis político-institucional y humanitaria que se vive en Venezuela: durante años, sus vecinos fueron testigos silentes de ella. Cuando finalmente se pronunciaron al respecto ya era muy tarde. Hoy, las multitudes que huyen de esa nación latinoamericana, convertida en Estado fallido, parecen pasarle factura al resto del continente por su indiferencia.

VENEZUELA, LA MANZANA DE LA DISCORDIA

El pasado 23 de agosto, el canciller ecuatoriano, José Valencia, señaló que, al separarse de la Alba, su país pretendía reforzar la búsqueda de soluciones a la cuestión venezolana y al éxodo que ésta ha desencadenado. De los 2,3 millones de venezolanos que actualmente viven fuera de su país más de 1,6 millones han emigrado en los últimos tres años, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM); procurando llegar a Perú y a Chile, en la mayoría de los casos, casi 600.000 han peregrinado por Ecuador en lo que va de 2018.

Por su parte, el nuevo presidente de Colombia, el liberal-conservador Iván Duque, confirmó el 27 de agosto que su país se retiraría de la Unasur en respuesta al silencio cómplice de la organización frente a la actuación de la “dictadura” de Maduro, aludiendo a la violación sistemática de los derechos humanos en Venezuela, a la coartación de las libertades de sus ciudadanos y a otros factores que han obligado a más de 800.000 personas a escapar hacia Colombia en busca de auxilio y protección. Duque agregó que también le daba la espalda a la Unasur por haber debilitado a sistemas de integración más relevantes para los intereses de Colombia.

LEALTADES VERSUS INTERESES

Los partidos de izquierda que llegaron al poder en Venezuela (1999 y 2013), Brasil (2002 y 2010), Uruguay (2004 y 2009), Bolivia (2005), Chile (2006), Ecuador (2006), Nicaragua (2006), Paraguay (2008), El Salvador (2009) y Perú (2011) fundaron la Alba, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), y la Unasur o se adhirieron a ellas con miras a fomentar la cohesión entre los países al sur del Río Bravo y rehuir la hegemonía estadounidense en la OEA. Pero fue ante todo la Comunidad Andina (CAN) la que languideció debido a la sobreoferta de hermandades; una Venezuela pujante la dejó en 2006 para unirse al Mercosur.

Una década más tarde, consciente de que el desprestigio del régimen de Maduro sería una rémora para la unión, el Mercosur expulsó a Venezuela y se revigorizó. “Hoy día, el Mercado Común del Sur y la Alianza del Pacífico exhiben un mejor desempeño y mayor vitalidad que otras iniciativas de integración regional porque ambas asociaciones cultivan una idea de cooperación más liberal, flexible, abierta y funcional, orientada hacia la más rápida obtención de resultados, sobre todo en el campo económico”, sostiene Víctor Mijares, profesor de Ciencia Política en la Universidad de los Andes, con sede en Bogotá.

“En ámbitos como el de la seguridad, que les impondrían demasiadas obligaciones a sus socios, el interés del Mercosur y de la Alianza del Pacífico en la multilateralidad es menor”, acota el especialista. El auge de los Gobiernos que comulgan con el “socialismo del siglo XXI” da la impresión de haber terminado en Latinoamérica: ¿comienza el ocaso de sus proyectos de integración con las defecciones de Colombia y Ecuador? Tanto Mijares como Paula González, experta en Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, instan a diferenciar entre la Alba, la  Celac y la Unasur pese a la similitud de sus orígenes.

UNASUR Y ALBA, HORAS BAJAS

“Las salidas de Colombia y Ecuador pueden derivar en la desaparición de la Unasur y la Alba”, dice el politólogo venezolano, subrayando que ambas organizaciones están subordinadas a proyectos partidistas o personalistas que exigen demasiados compromisos políticos de sus aliados. Demasiada lealtad. Por la cantidad de países que la conforman, la  Celac es menos homogénea en términos ideológicos, acota. González disiente: “Ese puede ser el caso de la Alba, pero la Unasur es la plataforma desde la cual Brasil se presenta como un líder regional de cara al mundo; el Estado brasileño no la dejará morir por motivos ideológicos”, arguye.

Mijares trae a colación que Paraguay sopesa retirarse de la Unasur. De hecho, al igual que Colombia y Paraguay, también Argentina, Brasil, Chile y Perú habían suspendido temporalmente su participación en el organismo en abril de 2018. “Aunque es posible que Colombia no sea el último país en salir de la Unasur, yo no descartaría que Brasil –actualmente concentrada en asuntos domésticos– recupere su ímpetu y replantee el regionalismo sudamericano en algún momento”, esgrime González. Confrontado con el argumento de González, Mijares concede que la extinción total de la Unasur es evitable si se “sacrifican” los componentes de la organización que tienden a volverla inoperativa.

CELAC, INTERLOCUTOR NECESARIO

“Su consejo electoral y su consejo de defensa exigen demasiados compromisos de los Estados miembros. En cambio, consejos de la Unasur como el que fomenta la cooperación en materia de salud tienen más oportunidades de seguir en funcionamiento”, enfatiza el docente venezolano. En lo que concierne a la  Celac, González no ve riesgo alguno de estampida. “Por ser el único foro que excluye a Estados Unidos y a Canadá, la  Celac le permite a los latinoamericanos y caribeños discutir sobre sus intereses y coordinar posiciones para interactuar, como bloque, con países, uniones u organizaciones más fuertes”, comenta la investigadora.

“Es más: China y sobre todo la Unión Europea son los actores globales que han terminado legitimando a la  Celac. Eso es lógico porque, al dirigirse a América Latina y al Caribe, Pekín y Bruselas prefieren conversar con un interlocutor que con treinta. China y la Unión Europea le han dado a la  Celac un estatus interregional que por sí sola no tendría”, dice Mijares, coincidiendo con González. Sobre la decadencia de la Alba y la Unasur, el catedrático de Bogotá observa: “Su desaparición sería muy interesante porque, en América Latina, los proyectos de integración regional nunca mueren, sino que entran en estado de latencia. Como muestra, la Comunidad Andina (CAN). Eso es lo que el politólogo argentino Andrés Malamud llama ‘regionalismo zombie’,” apunta.

Evan Romero-Castillo, periodista venezolano. Escribe para Deutsche Welle, desde Alemania.
Publicado originalmente en el portal de Deutsche Welle el 4-9-2018

 

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