LUIS-ANÍBAL GÓMEZ –

Nuestro gran problema en el fondo y en la forma es muy simple o al menos no tan complicado:

Es el mismo de toda América Latina que tuvo que desprenderse del imperio español a sangre y fuego ya que nunca hubo clima de negociación durante la guerra. Desde aquellos años segunda y tercera década del siglo XIX hasta el presente hemos sido gobernados por militares en 26 ó 27 gobiernos durante 150 de los 200 años de independencia. Nuestro primer presidente fue un civil de méritos: el Dr. José María Vargas, derrocado poco después por los que luego se autodenominaron «herederos de los Libertadores».

Esta sucesión de gobiernos militares fue interrumpida el 23 de enero 1958 y tuvimos 40 años de una democracia chucuta, es cierto, con alternabilidad: AD/ Copei. El bipartidismo degeneró en maquinarias electorales corruptas y enfrentadas al extremo de postular a la Presidencia a una reina de belleza y a un cacique/caudillo. Para nuestra sorpresa, que creíamos haber derrotado el caciquismo desde los tiempos de Gómez. No previmos que al abandonar el caballo y el chopo aquellos prebostes vestirían saco y corbata, cuando la mentalidad seguía siendo la del lavagallos y la gallera, indignos del ágora.

Esto bastaría para ubicar nuestro gran retraso aunque poco remediaría la situación, pero contribuiría tal vez a abrirnos los ojos y a evaluar nuestra tragedia.

Prostituyendo el precepto básico de la democracia: el mecanismo o institución del partido político travestido en palenque electoral. En lugar de la formación de cuadros auto-conscientes y activos prefirieron la caza y pesca indiscriminada del voto y el cargo burocrático. Quizás sin saber que esto tenía otro apelativo: corrupción.

Pues, el voto es también un mecanismo, uno de expresión de algo intangible y sagrado al sistema democrático, la voluntad popular. Lo que a la postre vino a resultar en el desempeño del papel de las parteras o comadronas de Chávez y el chavismo.

¿Hasta cuándo militares?

Con razón se les considera una peste. Mientras José (Pepe) Figueres, tan socialdemócrata como Betancourt, su fraternal amigo, fue capaz en los años 50 de eliminar las FF.AA. de Costa Rica, subsistiendo vecino la barbarie genocida de los Somoza en Nicaragua. Aquí, en cambio, Betancourt pactó con los milicos para gobernar, lo que revelaba cuan cortas eran sus raíces libertarias y a la vez que más temía a las masas populares que al ejército, su aliado. No sé si todavía hay quienes los consideran el Padre de la Democracia.

Yo no creo que la democracia tenga padre o madre como una hija de vecino. Y como se trata de un parto múltiple habría que buscar en la antigüedad griega entre Solón, Clístenes o Efialtes, por no mencionar al preclaro Pericles, 320 a.c.

Y como madre no hay quien se la dispute a Atenas.

Yo creo que Betancourt es el padre de un par de frases que han quedado en su biografía: «Las calles son de la policía» y “Dispare primero y averigüe después»

Yo viví aquel 13 febrero de 1959 de la Toma de Posesión de Betancourt electo presidente por los venezolanos. Caracas entonces no amaneció de golpe sino de porrazo: Todas las calles tomadas por la Guardia Nacional y el Ejército: Se le temía más al pueblo que al Ejército ¿Se temía que Chapita Trujillo soliviantara al pueblo?

La democracia venezolana, si algún día llegara al Ávila, ¡no necesita ni padre ni madre! Que no sea el cambote de los venezolanos.

luisanibalgomezgmail.com

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