ATANASIO ALEGRE –

Con estas dos palabras el ciudadano romano formulaba la pregunta ¿A dónde vas? Eso, cuando no era mucho lo que trataba de saber de alguien. Pues bien, siendo como es esta la pregunta que una buena parte de los ciudadanos de una nación llamada Venezuela se vienen haciendo desde casi dos décadas, merecería la pena saber si hay o no respuesta. O si hacerla, supone, al menos, alguna esperanza de respuesta con sentido.

Recuerdo a este propósito un episodio que cuenta en uno de sus muchos libros el escritor francés Pascal Quignard, de mi mayor aprecio, que me propongo parafrasear.

Cuenta Quignard que un día llegó a un albergue un viajero. Era una cruda noche de invierno y la lluvia había empapado la ropa, la capa, sobre todo, del viajero. De manera que el dueño del albergue que pasaba por una crisis de soledad, una vez que el viajero estuvo dentro, lo invitó a sentarse, mientras le ofrecía un jarro de vino caliente. El hombre tomó el jarro de vino que el hombre le ofrecía y comenzó a beber, pero a la pregunta “¿A dónde vais?”, el viajero permaneció mudo. Tampoco quiso sentarse ni siquiera despojarse de la capa que visiblemente era la prenda que ostentaba de manera más visibles los estragos del viaje.

-He de confesar a usted –dijo el del albergue- que me alegré mucho cuando oí repicar los cascos del caballo y que alguien llegaba con el cual podía entablar conversación porque hace mucho tiempo que nadie se detiene aquí. Pero por grande que sea mi deseo de hablar, creo que debe usted despojarse de la capa, acercarla al fuego para que entre en calor y la ropa se seque, ya que he alimentado el fuego con buena leña.

El caballero dejó la jarra de vino caliente sobre la mesa y el hombre del albergue volvió a hacerle la misma pregunta pero esta vez en sentido inverso: “¿De dónde vienes?”

El tiempo comenzó entonces a deslizarse en medio del silencio con esa densidad con la que trascurre cuando no se espera nada de él, porque es sabido que hay cosas para las que cuenta el tiempo y otras para las que el tiempo no cuenta.

Mucho más tarde, tal vez una hora después, o tal vez más, el viajero se dirigió, por fin, al hombre del albergue:

-Me ha preguntado usted a dónde voy y posteriormente de dónde vengo. Pero entonces tenía frio, un frio terrible y no respondí y, en todo caso, no sabía qué responder.

El hombre hablaba en voz tan baja que parecía un susurro, pero ello no fue obstáculo para que el del albergue escuchara lo que el viajero decía:

-Ahora me toca a mí hacer una pregunta.

-¿Cree usted que porque uno pase toda vida encima de un caballo va a alguna parte?

-¿Y entonces?

El viajero no respondió

Y el viajero siguió hablando ajeno al inciso

-No sé exactamente dónde voy desde hace al menos trece años que estoy en camino. Tengo una cita con la muerte, pero no se todavía donde vamos a encontramos, ella y yo. Cuando las aves sienten que el frio es un estorbo para la forma en que llevan su vida cotidiana, migran a otros lugares, lejanos, la mayoría de las veces. Pues bien, los hombres son como los pájaros. Los pájaros en este viaje aman la bruma de la misma manera que los caballos aman la brisa que les refresca o calienta cuando van al trote, según el tiempo que haga. Los pájaros aman la bruma que se cierne sobre ellos cuando se alejan sobre la mar en busca del nuevo horizonte. Pero la bruma que se cierne sobre los hombres no es otra que las palabras. Hay una diferencia. Los pájaros hacen sus travesías sin ilusión. Los hombres cuando emigran lo hacen obedeciendo a una ilusión, la misma que tenían para no hacerlo. Esto no deja de ser algo que puede resultar pernicioso.

Cuenta Elie Wiesel en La nuit que cuando comenzó lo del gueto, la estrella amarilla sobre el pecho, la prohibición de no poder estar en la calle hasta cierta hora en la pequeña población de Sighet (Rumania) de donde era oriundo, fue la ilusión con que afrontaron todo aquello lo que les sujetó al lugar, dejando de lado lo de los campos de concentración. ¿Cómo podían ser tan siniestros los nazis?

Pues bien, en el caso venezolano y sustituyendo, como dicen los matemáticos, las cosas por su igual, la ilusión era que nunca se llegaría a lo de Cuba.

Era una falsa ilusión, porque la realidad es otra: lo de Cuba ya llegó con casi un diez por ciento de la población venezolana fuera del país y otras miserias. Tardó diez y ocho años, pero ahí está.


 

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