ABEL IBARRA –

A excepción de los que toman el spanglish a manera de choteo y divertimento, quienes creen que el idiomejo tiene un carácter legítimo y goza de buena salud, padecen dos carencias, una, el desconocimiento de las mínimas exigencias verbales, reglas de conducta y aparejos lexicales del inglés y, dos, acusan una insolvencia idiomática en lo que se refiere al uso del español, sumada a una aguda ignorancia de la historia de traspiés gramaticales, semiológicos y morfosintácticos, que lo llevaron a convertirse en una de las lenguas de mayor riqueza expresiva del planeta.

Nuestro idioma, que logró finura y esplendor con escritores como Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Tirso de Molina, San Juan de La Cruz y Fray Luis de León, por sólo nombrar algunos de los que han narrado la historia sentimental de España y sus herederos lingüísticos (pongamos por caso sólo a Rubén Darío), nació cuando un monje de San Millán de la Cogolla (pueblo cercano a Madrid), transcribía textos del latín y, cada vez que se le aparecía una palabra de difícil comprensión para sí y para los futuros lectores del enredijo, buscaba una más cercana al entendimiento popular, con lo cual inventó dos cosas: Las Glosas Emilianenses y este idioma español con el que vamos sobreviviendo en los Estados Unidos de América.

Glosa significa explicación, comentario, o sea, traducción, oficio que le permitió al monje cambiar el “adulterium” latino, por su glosa “fornicationem”, para transformarlo finalmente en el castizo “infidelidad”, con lo cual se demuestra que los idiomas se desarrollan como una cópula entre vocablos para concebir nuevos términos, que, aunque nacidos con pecado original, nombran de manera auténtica la vida real de cada día, contrario a una cohabitación contra natura como en el caso del spanglish o el esperanto, que nacieron cojos y mudos por falta de código genético confiable.

El caso del esperanto es patético por la inmensa carga burocrática de procedimientos realizados con la “esperanza” fallida (de allí esperanto, esperanzado) de crear una lengua artificial, hurgando entre palabras de diversas raíces lingüísticas (el latín y sus derivadas lenguas romances, más las germánicas, las eslavas, el griego y el hebreo) que, aunque cultivado por una feligresía con espíritu de gueto, no logró el carácter real de idioma porque le faltó la savia espiritual y corpórea que le da aliento a las lenguas nacionales de donde intentó extraer su certificado de autenticidad.

Por su parte, el spanglish peca de inanidad debido no sólo a la leche artificial de la cual se nutre igual que el esperanto, sino por la impropiedad con que sus hablantes utilizan términos del inglés sin sospechar que en español existen otros equivalentes que le dan al habla una alta capacidad expresiva y una elegancia que le es necesaria a todo idioma.

Pero es sobre todo en el uso de Internet donde la gente suele navegar superficialmente sin reparar en la profundidad del español y obviar que se puede “acceder” a sus páginas de manera fluida y armoniosa, sin tener que pasar por las horcas caudinas del spanglish “accesar” y, lo peor, sin poder evitar que la palabreja, con su ruido de tijera, les corte la comunicación.

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Abel Ibarra es autor de la novela «Los Balseros del aire». Vive en Miami, Florida.

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