NAVIL NAIME
El ruido del disparo aún desgarraba el aire cuando el hombre se desplomó. Dos de los asaltantes huyeron en sendas motocicletas y un tercero, rezagado y nervioso, se confundió entre la multitud que acudió en auxilio. La víctima cruzó sus manos sobre el abdomen y se quedó mirando a un mendigo que lo contemplaba con curiosidad y algo de compasión. Los pájaros trinaban alguna desesperanza. El viento del mediodía restañaba una oración. El mendigo se inclinó ante el moribundo, ensayó una extraña sonrisa y le acarició los pies descalzos. Cuando llegó la ambulancia todos se apartaron, solo el loco seguía en la misma posición, balanceándose y gesticulando sin sentido. Unos minutos después habían retirado el cadáver y se fueron esparciendo los presentes; el mendigo continuaba en actitud de espera. El asaltante se acercó sigilosamente a él y le preguntó si conocía al difunto. El loco se incorporó. Lo miró desde un tiempo distante, volvió a sonreír extrañamente y le dijo: “¿A dónde irá mi hermano sin vida y sin zapatos?”

Del libro Historias de Sombras

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