JOSÉ PULIDO –

Siempre quise entrevistar a Chevige Guayke. Desde que leí su primer relato, cuando lo anunciaron como ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional hace un montón de años. No se me grabó su cara y no recuerdo si su fotografía apareció en la prensa para que se me grabara. Traté de ubicarlo, pero nunca lo vi, ni lo encontré en alguna reunión de escritores. Todo el tiempo me preguntaba ¿cómo hace uno para entrevistar a alguien cuyo paradero es tan difícil de conocer? Yo lo encontraba difícil, pero la verdad es que sólo debía irme unos días hacia el oriente venezolano donde no sería problemático dar con él. Pero nunca lo hice. Un día, me dieron el teléfono de un amigo que tenemos en común y este amigo dijo que él podría conseguir que Chevige respondiera unas preguntas por correo. Al parecer Chevige no tiene computadora, pero se pudo lograr el cometido. Escribió en su máquina y el buen amigo común me envió las respuestas. Que son tan buenas y originales como las quise siempre.

¿Sus cuentos y poemas se nutren de las memorias de su infancia?

-En buena parte, sí. En mucho de lo que escribo siempre aparecen Ritakrista y los dos callejones donde pasé toda mi infancia y mi adolescencia, es decir La Perla y El Bruzual. En esas memorias están incluidos mis amigos, mis perros, que fueron unos cuantos, principiando por Ricardo y La China; igualmente están varias de las personas que cobijaron aquellos tiempos míos y, por supuesto, también está la mar «inmenso camarada de mis primeros años», como diría el poeta Francisco Lárez Granado…

-¿Y qué hacía usted en la mar y en el mar?

-Por sus playas caminaba casi todos los días, sobre todo en las mañanas… iba a recoger aquellos caracoles que fueron los únicos juguetes que tuve en mi infancia. No concibo la literatura sin la presencia de aquella atmósfera llena de carencias y desamparos que fue mi vida junto a mi madre, junto a Kréspulo, junto a muchos seres que ahora están en el cementerio viejo del puerto… también sin un padre que se negó a conocerme porque no le gustó el nombre que me puso Ritakrista, y se perdió en las callaturnas sombras de Tucusiapón, después de filmar una película basada en Carta al padre, de Franz Kafka,

¿Cómo fue esa infancia en Juan Griego?

-En ese puerto hallé todo el tamaño de mi soledad, de mi soledumbre. Tenía amigos, pero era un carajito muy solo. Llegaba a la casa y ahí sólo hallaba a Ritakrista tostando maní en el fogón, y a mi perro Ricardo durmiendo parado, porque tenía treinta años y ya hasta le daba flojera acostarse… ya ni ladraba… pero él me quería mucho… más que mi padre, y cuando me lo envenenaron, pasé más de quince días llorándolo y me puse una tirita de luto en mi franela. Mi infancia estuvo poblada de miedos. A todo le tenía miedo, sobre todo a los duendes que aparecían en La Salina, junto al Betún. Pasaba casi todo el día en la calle como un mismo bolero… siempre desnudo… y si llovía, mejor para mí… Enrique María Mona era el amigo que siempre me acompañaba… cada quien regresaba a su casa cuando el reloj de la iglesia daba las seis de la tarde, siempre sin nada en el estómago, pero cansados de bolerear.

Chevige Guayke, enfermo de inspiración-Y en su casa ¿qué le decían?

-Lo bueno era que Ritakrista nunca me regañaba, nunca me decía nada y mucho menos me pegaba… jamás lo hizo. Desde las tres y media de la tarde iba y me sentaba en el tajamar para esperar la aparición del crepúsculo y para tratar de adivinar los nombres de los barcos que se veían en el horizonte. A las siete de la noche tenía que acostarme porque entonces las ánimas salían muy temprano y no quería encontrarme con ellas en la calle. Bueno, un gran poeta dijo que «la patria es la infancia».

-¿Qué recuerda con más detalle: las calles o a la gente?

-Siempre me he fijado en las calles, en las personas y en los perros. La calle Aurora fue la primera que me impresionó, por ahí nunca había nadie, y de noche era peor, aparte de la soledad y el silencio, se llenaba de duendes, encapotados y animales extraños que según Icha venían de Gulikelia. De día todo el sol se metía de pies a cabeza en esa calle que era la más pequeña de La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca de la Nueva Creta. Bueno, que digo yo, y si a alguna persona se le ocurría pasar por ahí, quedaba ciega por unos quince días y sólo podía curarse con unas gotas de Cilorio mezcladas con guaritoto. Por cierto, a la una y cuarenta y cinco de la madrugada ahí aparecía el diablo… se le apareció una vez a Cheperico que era un señor con un reloj de carne en la muñeca izquierda, y cuando se echaba a perder el reloj de la iglesia San Marcos, la gente se veía obligada a preguntarle la hora a Cheperico, y siempre era exacta. En esa calle Aurora únicamente vivía Chico Capitán… luego que dejó de navegar en un vapor que iba a todas partes del mundo, vino y se quedó viviendo en una casa totalmente roja… fue pintada así con una pintura que sacaron del cerro de La Caparrosa, también llamado de El Vigía, también de Las Señales…

-La gente siempre habla de ese cerro… qué cosa con ese cerro ¿verdad?

-Se cuenta que, en tiempos de Joan el Griego, poeta, pirata y copuchento, ese cerro había sido un volcán y según el sabio Francisco Antonio Rísquez bajo ese cerro había petróleo, cuestión que igualmente dice Julio Verne en El soberbio Orinoco, y por si fuera poco, también lo señala Humboldt en la página 333 de su obra Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. De tanto viajar, Chico Capitán aprendió varios idiomas… se cuenta que fue él quien le enseñó el francés y el alemán al poeta Ramos Sucre. El rostro de dicho navegante parecía una geografía del mundo así en miniatura… fue por eso que el fotógrafo Sebastián Garrido lo buscó y lo fotografió hasta que le desvió algunos riachuelos que se veían en su rostro… esas fotos aparecieron en Oriente Universitario y también en Geomundo… Es bueno agregar que en El Cojo Ilustrado fueron publicadas tres fotos que le tomara Henrique Avril la vez que estuvo en La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca de la Nueva Creta.

-Usted recuerda todas las calles que han existido…

-Otra calle que desde niño me llamó la atención fue la de la iglesia que llegaba desde La Casa Parroquial, desde la plaza del cura, hasta la punta del muelle de madera… y por cierto, el general Pérez Jiménez ordenó que la extendieran hasta Machira y nadie le hizo caso porque unos congrios monstruosos que vivían bajo el muelle, vinieron y espantaron a los obreros. En esa calle se reunían todas las noches las ánimas del purgatorio, y más que todo el día de los fieles difuntos… como eran muy escandalosas, el señor Armando Bor, padre de Modesta Bor, que vivía casi casi en la iglesia, les echó pólvora voladora y capricho chino y las pobres tuvieron que mudarse para Gulike… entre ellas estaba mi abuela Vita de La Pesada Cruz. El prefecto de entonces, un tal Dagoberto Luis Bonive Ladrón de Guevara, prohibió que ánimas de otros lugares vinieran a deambular por la calle de la iglesia o calle Bolívar. La otra calle que tuvo mucho significado para mí fue la calle de Los Muertos, que también se llama de La Alegría, Marcano… y tiene otro nombre que ahora no recuerdo… era que antes las calles del puerto tenían cuatro y hasta cinco nombres, también las personas tenían varios nombres y uno de esos nombres únicamente lo sabían los padrinos de agua de la persona.

-Ese nombre: calle de Los Muertos… ¿a qué se debió?

-La calle de Los Muertos era llamada así porque por ahí pasaban los difuntos y llegaban exactamente al cementerio viejo. Por cierto, en esa calle se cayó una vez San Marcos y se le rompió el dedo índice de la mano derecha y por recomendación de Las Hijas de María fue curado por el doctor Pierre Bougrat. Ah, en dicha calle también nació Alberto Lovera, al lado del cine del señor Armando Bor. Hubo en ese puerto un personaje conocido como El marqués de Oliveira… se dijo que era el único venezolano que hablaba arameo. Salvador Garmendia habló muy bien de él en un artículo que publicó en El Nacional. El profesor Nelson Osorio lo conoció en Chile, y Jesús Rosas Marcano decía que hablaba muy bien el francés, sobre todo cuando estaba ebrio. Nació en Las Piedras, cerca de Los Sopladores, más acá de la playa de María Libre o El Remate. Anjá anjanjá anjá, también es de La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de la Tuna de la Nueva Creta, el escritor Rafael Velásquez Rivas, quien se adelantó a Jaime Ballestas con el libro Esta belleza que llamamos mundo.

-¿Qué libros iluminaron su infancia?

-Ninguno. En mi casa no hubo libros y para completar Ritakrista era analfabeta. En mi infancia no hubo libros. Mis libros eran los cuentos que inventaba Icha y nos contaba en el caney de su casa… ella era analfabeta pero era una fabuladora, una invencionera… siempre que hablaba era para inventar alguna historia… siempre dijo que conservaba una carta que le había enviado Carlos Gardel… se la pasaba cantando tangos, sobre todo Cambalache… también decía que Arturo de Córdova se había alojado en su casa la vez que llegó al puerto para filmar La balandra Isabel llegó esta tarde. Ella y Cruz Rivera Calzadilla, pariente de Juan Calzadilla, fueron los más extraordinarios copuchentos nacidos en La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta. Ah, y Ritakrista me contaba siempre, antes de medio almorzar, la historia de Ratón Pérez y la Cucarachita Martínez. Los libros eran lo que oía, lo que veía diariamente… mis libros fueron el paisaje, la tristeza, la mucha soledad, la miseria, el andar buscando posada porque no teníamos casa… mis libros fueron los fabuladores orales…

Y la escritura, ¿cuándo comenzó a poblar las horas y los días de su vida?

-Lo primero que escribí fue algo referente a la lluvia… estaba lloviendo y me dio por escribir algo y lo hice en mi libro de geografía de quinto grado… Estaba solito en la casa de Papachú y de alguna casa llegaba la voz de Miguel Aceves Mejía cantando un huapango. Unos días después le escribí unos versos a un azulejo ciego:

En una hermosa mañana
sumido en mis pensamientos
vi posarse en una rama
a cual precioso azulejo.
 
El pobrecito era ciego
qué desconsuelo tan grande
recorrer el mundo entero
sin el amparo de nadie.

En esos tiempos seguí escribiendo canciones, era cuando estudiaba en el Grupo Escolar Antonio Díaz… ahí tuve mi primera pelea… fue con Pedro Serenata, un zurdo que tenía azotados a todos los carajitos de la escuela… después que él me dio el primer golpe, vine y lo agarré y le eché la llave 666, que no recuerdo quién me la había enseñado… luego Pedro Serenata quedó viendo hacia atrás. Escribí una canción que grabó Francisco Mata en su primer larga duración… y creo que un año más tarde, Daniel Marcano me grabó otra con el conjunto de Chelique Sarabia. Luego escribí décimas, aguinaldos… algunas de esas décimas las leyeron por Radiodifusora Venezuela. También escribí un montón de poemas y se los mandé al poeta Francisco Lárez Granado… al mes me devolvió el cuaderno con esta recomendación «entierra esos poemas y olvídate de la poesía»… siempre lo admiré porque todas las tardes estaba en el muelle de madera sólo para ver el crepúsculo, mejor dicho, para mirarlo.

-Pero ¿cuándo comenzó a escribir cuentos?

-Luego mis amigos me buscaban para que les escribiera las cartas que les mandarían a sus novias. No recuerdo cuándo empecé a escribir relatos. Los primeros que escribí me los publicaron en El Isleño, un periódico que sacábamos los muchachos del Club Cultural del puerto… casi todos éramos comunistas. Uno se llamaba Grito de rebeldía y otro El regreso. No tengo copia de ninguno de los dos, pero ambos eran muy malos… es lo que recuerdo. Insistí con la poesía, ya en bachillerato, y me publicaron un folletico llamado Filípica… eran unos versos que intentaban ser «rebeldes». Más tarde me publicaron otro folleto llamado Edad subterránea… ahí incluí un texto llamado Dios en mi mano derecha, el cual se refería a la peneñeta, y el poeta Lárez Granado dijo en todo el puerto que yo era un coprolálico, y tuve que pedir prestado un diccionario para saber qué significaba esa palabra.

-Ajá: ya estoy entendiendo el proceso que lo llevó a escribir más largo…

-Años después me dio por escribir una novela llamada Caga ese miedo, carajo. Me la pasaba encerrado en un cuarto y Ritakrista pensó que estaba embrujado y llevó a una señora llamada Natalia para que me santiguara, y cuando la doña me vio, exclamó «¡Diantre, este muchacho está enfermo de inspiración!” y Ritakrista, más llorando que hablando, le preguntó que qué era eso, que si era grave para ir a llevarme al doctor Bougrat, y Natalia dijo que eso no tenía cura y que de eso no se moría nadie, pero que podía volverme sarasa y sin saber qué significaba esa palabra, Ritakrista dijo «eso es peor que morirse», y Natalia agrega «creo que ese destino se lo mandó el propio Dios», y Ritakrista, ya tranquila, reflexionó «ah, si es así, está bien… Dios sabe lo que hace». Bueno, de Caga ese miedo, carajo, saqué yo Paique, el cuento con el que gané el concurso de cuentos de El Nacional, creo que en el 74. Antes de irse, la señora le dijo a Ritakrista: «de todos modos, mujer, dale un guarapito de guaritoto, mezclado con manzanillo y pólvora voladora para ver si por un milagro del Santico del Caracol se le quita eso de la inspiración… que te repito, es una enfermedad peorra».

-¿Enamoró alguna vez a una muchacha con algún escrito?

-Yo enamoraba con versos de otros. Por ejemplo, a la Rosales principié a enamorarla con versos de Pablo Neruda, sobre todo con Los versos del capitán… y con algunos de Crepusculario. También enamoré a otra muchacha con versos de José Ángel Bueza… le recitaba poema de la culpa, poema del adiós. A otra que le gustaba la poesía de Nicolás Guillén la conquisté declamándole No sé por qué piensas tú. Después enamoraba con mi sonrisa… En La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta, decían que mi sonrisa era exacta a la de Marlon Brando. Una que leyó unos relatos míos lo que hizo fue odiarme porque lloró mucho por las cosas tan tristes que decía de Ritakrista.

-Me han comentado que usted era una lanza escribiendo cartas amorosas…

-Escribía unas cartas larguísimas… lo hacía para las muchachas que yo intuía, imaginaba, que gustaban de mí o que me sacaban cuadro. Pero lo menos que hacía en esas cartas era hablar de amor, del corazón. Me dedicaba a especular sobre la muerte y sobre la verdad relativa y la verdad absoluta. Y después que las leían, me decían que les dijera así de boca lo que quería decirles porque la cabeza no les daba para entender esas cuestiones que parecían dichas por un filósofo. Y con una tuve un noviazgo estrictamente epistolar… sólo nos veíamos para entregarnos las cartas… nos veíamos en una esquina, en el muelle, en el parque infantil Chalía Mata, o había un sigüí que se encargaba de eso. Nunca nos tocamos, nunca estuvimos juntos en la plaza Arismendi, en las procesiones… era un amor más que platónico, pendejo, medio vergajo.

Chevige Guayke, enfermo de inspiración¿Cuánto tiempo le toma conformar un libro?

-No he sacado esa cuenta de lo que cuento. Yo voy escribiendo y voy guardando los manuscritos en unas bolsas negras numeradas, de esas que se usan para la basura… por eso el aseo urbano me ha botado varias de esas bolsas. Y creo que alguno de los que van a registrar en los basureros ha conseguido alguna de esas bolsas, porque he leído por ahí varias cosas que son muy parecidas a las que iban en esas bolsas. Yo demoro mucho para escribir, porque me cuesta, me falta butría para eso. De joven me sobraba la inspiración, pero Ritakrista me la eliminó con una brujería. Otra cuestión, cuando nací, la señora que acompañaba a mi madre, exclamó «¡cónfiro, este carajito se ve como desabrido, como sin gracia, como sin alma… éste nunca podrá ser un poeta así como lo es Lárez Granado… y para completar, es más feo que Renguengue el de Guiriguire, ése que hicieron más de cera que de carne». Y si escribo es porque se me pegó de un amigo que era poeta… él murió muy joven… era un muchacho… se envenenó. Alberto tenía la sonrisa más triste que yo he visto en mi vida, en esta larga existencia de más de ochenta años. Él escribía unos sonetos muy fúnebres… todos tenían que ver con la muerte. También es cierto que no soy disciplinado para escribir. A mí lo que me gusta es cantar y pensar… aún canto, pero dejé de pensar tanto porque la cabeza se me fue inflando, hinchando y el doctor Bougrat dijo que eso era por mis muchos pensamientos. Cuando el tenor Enrico Caruso estuvo, en La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta, Ritakrista me llevó para que él me oyera cantar, y el tenor quedó más que asombrado cuando interpreté una aria de la ópera Rigoletto. Caruso quedó mudo por unos quince minutos y 59 segundos, y hubo que darle las gotas de Cilorio para que volviera a hablar. Por cierto que se llevó varios frascos de esas gotas que había patentado el boticario Tomás Rejón. Bueno, el artista dijo que de seguir así llegaría a ser uno de los mejores tenores del municipio donde nací. Él me dejó su dirección, y cuando lo visité en Italia me enseñó cómo dar un perfecto Do de Pecho.

-Qué vida… usted que es uno de los escritores más originales que ha conocido el país y América Latina… no sé por qué no lo han reconocido como merece.

-Debo decir que también escribo algunas cosas y vengo y se las regalo a los amigos y ellos vienen y las publican con sus nombres. Disculpa, qué broma, el tenor a quien me refería no era a Caruso, era Alfredo Sadel. Él me pidió que cantara Granada y sin darme cuenta la canté en inglés, aún no sé cómo ocurrió eso, puesto que yo no sabía ninguna palabra en inglés, y si Sadel se asombró, Ritakrista se asombró siete veces más que él, y cuando veníamos de regreso, por ahí por La Venecia, por el Puente de las Bolas, ella vino y me dijo «¡diantre, muchacho! ¿y cuándo diablos aprendiste tú inglés? ¿O fue que te enseñó Chico Capitán?», y sólo me quedó decirle qué sé yo, sería que algún espíritu se me metió en el cuerpo, porque en La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada. Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta, eso era muy fácil y frecuente y casi todos los habitantes del puerto andaban, vivían con dos espíritus de particulares en sus cuerpos. Definitivamente, no sé cuánto tiempo demoro en armar, en estructurar un libro. Eso no depende de mí, tiene que ver con las circunstancias, con cómo amanezca el día, si hay luna creciente o menguante, si el año es bisiesto, si antepongo las ganas de escribir a las ganas de estar callaturno, viéndole el futriaco a Charles Darwin Jehová.

-¿Cómo afronta  los plagios que han realizado de su obra?

-Sólo sé de una escritora que me plagió en España. Para mí eso no es más que una anécdota, una ocurrencia, una mojiganga. Pero fíjate que Argenis Rodríguez dijo que Paique era un plagio de su novela Gritando su agonía. Adriano González León dijo que era un plagio de País portátil, y el poeta Ángel Félix Gómez dijo que era un plagio de su cuento Las inconexiones del miedo… ah, y un teórico de la literatura comparada me dijo que era un plagio de El guardaespaldas, cuento de un uruguayo… creo que su autor es Nelson Marras… no recuerdo bien. De un cuento que me publicaron en Últimas Noticias alguien dijo que era un plagio de Macario, el cuento de Rulfo. Y de un cuento mío llamado Humos un poeta dijo que me lo había plagiado de Faulkner. Bueno, si eso que dicen de Paique es verdad, entonces cada quien se plagió a cada quien. Muchos han dicho que Cien años de soledad es un plagio… igual dicen de El túnel… y creo que Jesús Sanoja Hernández decía que Úslar Pietri se había plagiado un cuento de un alemán. ¿Y no han dicho también que Rafael Cadenas se plagió Derrota de Poema en línea recta de Pessoa? Bueno, el Conde de Lautréamont decía que «el plagio es necesario». Dejemos la cacería de brujas a la señora Natalia, la misma que descubrió que yo estaba enfermo de inspiración. Para ser franco, sincero, sólo me he plagiado una vez… fue cuando estudiaba primaria… me copié unas cosas de una revista religiosa, y cuando la maestra de sexto grado las leyó tuvo que aguantarse de un pupitre para no caerse y hasta perdió el habla… pero cuando recuperó la voz, gracias a las gotas de Cilorio, vino y me dijo «¡Diantre, mijito, tú escribes igualitico a San Juan Evangelista!».

¿Le sientan bien los homenajes?

-No me gustan y no los busco. Me escondo cuando me siento amenazado por esa cuestión. Me declararon Hijo Ilustre de La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta, y me enfermé de embuste para no ir a recibir la placa y el diploma y para no escuchar las alabanzas de un arquitecto que no sabía nada de mí. Igualmente un gobernador me llamó para condecorarme, y el poeta Fidel Flores fue por mí y no recuerdo si me entregó la dicha condecoración.

-¿Cuál es el origen de su nombre y su apellido?

-Creo que es la primera vez que voy a responder esa pregunta. Mi primer nombre hizo que mi padre, el actor Eduardo Dujardin Vallenilla, rompiera, terminara con Ritakrista, cuando ella le dijo miedosamente el nombre que me había puesto: el tachirense de San Cristóbal se sentó en un ture subdestartalado y obrado de gallinas, y casi sin lágrimas soltó el llanto. Según y que dijo «¡qué nombre tan doblemente feo para un niño, para un hijo mío!». Él aún no me había visto y aún yo estaba con el cordón umbilical casi pegado del maruto, acostado en unos trapos, ahí en el suelo… y el hombre no quiso verme… no tuvo necesidad de abrir la ñinga de puerta porque la había dejado abierta, y se fue sin decir para dónde y vinimos a saber de él un montón de años después, cuando otro actor amigo de él vino a decirnos que mi padre había muerto de decepción… no tenía ninguna enfermedad… lo mató mi nombre. Es la verdad. Entonces Ritakrista por primera vez en su existencia se hizo una pregunta: «¿Y qué tiene de malo ese nombre? Eduviges es un nombre muy bonito… yo le encomendé mi hijo a esa santa desde que la conocí en la iglesia San Marcos… y en agradecimiento le puse ese nombre… y también porque en La Villa de Krepuscolia de la Bendita y muy Sagrada Santa Ciciaca del Anónimo Cristo de Tuna de la Nueva Creta, más nadie se llamaba así. Lo que pasa es que como él viene de un lugar donde los nombres parecen más bien unos garabatos de lo enredado que son y que casi nadie los entiende… a lo mejor él quería que le pusiera uno de esos nombres torcidos y bien difíciles».

Chevige Guayke-Me estoy enredando…

-La verdad sea dicha y pasado bastante tiempo, tanto que ya no vivíamos en la calle de Los Muertos porque nos pidieron que desocupáramos la casa y principiamos a vivir en otra que nos prestaron en el callejón La Perla, tan cerquitica de La Salina que los capucos casi me mordían los pies. Bueno, ahí tuve un sueño con Francisco Fajardo y él me recomendó que principiara a usar el nombre de Chevige Guayke, que el que me había puesto mi madre estaba empavado y principalmente porque era de mujer y en la escuela iban a vivir burlándose de mí. Entonces me levanté bien tempranito, antes de que cantara el gallo trinitario de Iginia, la dueña de El Betún… Como te venía diciendo, me levanté y fui y desperté a Ritakrista y le conté lo que había soñado y ella me dijo, con los ojos llenos de lagañas, que si Fajardo me había recomendado eso «entonces principia a llamarte así… Ojalá y El Santico del Caracol también te favorezca y principies a ser sortario en la vida… además, el otro nombre asesinó a tu padre, a quien San Cilorio tenga en La Gloria». Apenas Ritakrista dijo la última palabra, principié a llamarme Chevige Guayke.

-¿Es verdad que ha conocido a muchos otros autores famosos, sin moverse de su lugar?

-Debo decirte que García Márquez estuvo hace añales en la Nueva Creta, y también estuvo Pablo Neruda… bueno, el Gabo fue expresamente a ver el crepúsculo que ya era mencionado en el diccionario de curiosidades y rarezas. Aún tenía mi otro nombre y estaba sentado en la punta del muelle de madera, y él se acercó y me preguntó que cómo me llamaba y yo le dije Eduviges José González, y el novelista se volteó y le dijo a su mujer «me gusta ese nombre para meterlo en una novela», y lo metió en La hojarasca. No he publicado ninguna novela, pero como Chevige Guayke aparezco en varias… por ejemplo, en El Arca de Daniel, de Eduardo Casanova, en La mirada entre los muros, de Asdrúbal Villegas, en una de Eduardo Palacios sobre Simón Bolívar, y en una de Ángel Félix Gómez llamada De cómo yo, Gaspar Hernando… ah, y Armando José Sequera está escribiendo una biografía novelada sobre este ñero que conversa contigo. Déjame agregar que de mi padre saqué lo de mis condiciones casi favorables para la actuación… siendo muy niño llegaron a La Villa de Krepuscolia Arturo de Córdova y otras personas para filmar La balandra Isabel llegó esta tarde, y apenas me vio el actor vino y habló conmigo y me metió en la película… aparezco en el mar, junto a un botecito. Arturo quiso llevarme para México, pero Ritakrista le oró a Las Tres Cruces de La Galera y entre las tres hicieron que me quedara en el puerto, coleccionando crepúsculos, caracoles y recuerdos… Te pido disculpas otra vez, no fue García Márquez quien estuvo en La Villa de Krepuscópolis, fue Juan Rulfo y él me metió en su novela Pedro Páramo, como Doña Eduviges…

José Pulido, poeta y periodista venezolano. Reside en Génova, ciudad de Italia.

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.