ANDREINA MUJICA/París (textos y fotos)
Genevieve Garrido, una francesa con 15 años de actividad en Amnistía Internacional, critica la actitud de quienes pretenden ignorar las injusticias y viven en un mundo cada vez más reducido. “Cuando salgan del gueto será demasiado tarde, porque eso que no han querido ver a su alrededor serán los últimos y no tendrán quién los defienda”

 

La farmacéutica Genevieve Garrido recuerda que siempre estuvo invitada a hacer algo por los otros, más allá de curarlos, protegerlos y darles siquiera una voz. Eso explique que esta parisina que reside en París se haya alistado, sin cansancio ni quejas, a la misión de Amnistía Internacional durante quince años, ocho como presidenta y los últimos siete como la responsable de la región de voluntarias en Américas de Amnistía Internacional.

«Tal vez lo que hago no vaya cambiar el mundo, quisiera hacer más, pero al menos ya no tengo pesadillas”.

Genevieve (Genevieve es el nombre de la Patrona de París) cuenta que de muy pequeña salía a jugar a un parque frente a un cementerio, se le escapaba a sus primas y se internaba en el camposanto. Nunca tuvo miedo de los muertos, pero había algo que le molestaba: la desigualdad. Algunas tumbas lo tenían todo, otras se veían desoladas, como abandonadas, así que repartía fotos, decoraciones, flores entre las tumbas que nada tenían y las que si. Asunto solucionado, aunque con ciertos reclamos por parte de los deudos. Desde entonces las injusticias le han parecido a insoportable a Genevieve Garrido, quien vivió entre 1964 y 1974 en Argentina, época donde pasaron con bota de hierro tres dictaduras militares sucesivas y que ella recuerda con un sentimiento de horror. “Tenías tantas prohibiciones y miedo de que en cualquier momento te desaparecieran en una calle”, evoca.

Tocó a emigrar de nuevo y regresar a Francia. “Cuando llegué quería empezar de cero y olvidarlo todo. Quería ser feliz, estudié y tuve a mi hija. Sin embargo llegó un momento que no podía dormir, tenía pesadillas, la gente moría, gritaba cada noche en mis sueños”.  Fue así como, en lugar de ir a un siquiatra prefirió ingresar a Amnistía Internacional. “Honestamente, tal vez lo que hago no vaya cambiar el mundo, quisiera hacer más, pero al menos ya no tengo pesadillas”.

EL MUNDO, UN ESCENARIO DE INJUSTICIAS

«En este momento hay gente que está siendo torturada, hay gente que llora como niños por lo que les están haciendo. No podemos simplemente ignorarlos».

A juicio de Garrido, la lucha contra la impunidad sirve no sólo como castigo contra los que matan y torturan, sino que alienta a para prevenir los crímenes que otros están por cometer. “La gente no quiere saber lo que pasa en el mundo, buscan protegerse, y no quieren emigrantes ni refugiados; la idea es vivir en un gueto al revés. Pero es un hecho incontestable que la gente muere a diario, decenas son asesinados, niños que se ahogan en el Mediterráneo, los bombardeos contra los terroristas matan a gente inocente; violan a mujeres y aún así hacemos un esfuerzo enorme para ignorarlo. Tampoco queremos siquiera ver lo que pasa en los barrios, la gente que pasa hambre, que no tiene empleo, que no tiene con qué abrigarse, como si por no verlos no existieran”.

-¿A dónde nos lleva esta situación de sufrimiento e injusticias?
-El mundo en el que estas personas que pretenden ignorar lo que ocurre a su alrededor, está cada vez más pequeño, cada vez más reducido. Cuando salgan del gueto será demasiado tarde: Esos que no han querido ver a su alrededor serán los últimos y no tendrán quién los defienda.

-¿Qué es lo primero que hay que hacer?
-La primera forma de resistencia es “saber” qué es lo que pasa en el mundo. El hecho de saber, de decidir no quedarte en la ignorancia, es ya un gran paso. Cada día se suman más a esa labor y eso es muy importante. Cuando escuchas a gente que se expresa con un discurso racista, la forma de resistencia es decirle “no estoy de acuerdo con eso” y no quedarse callados. Jamás quedarse callados.

-Con esa experiencia ¿cuál es el viaje o misión que más te ha impactado?
-Son muchos. Venezuela y México han sido muy duros, pero sobre todo recuerdo un viaje a Jordania, donde escuché a un chico que lograron sacarlo de Siria una noche, y había quedado tetrapléjico gracias a un snappers, no querían matar a la gente, querían dejarlos paralíticos y así tener mayor visibilidad. El chico tan sólo podía mover un dedo. Le dije “estoy aquí sólo para escuchar tu historia, siento que no puedo hacer nada más por ti. Y él me respondió “Yo lo sé. Sólo te pido que le mundo sepa lo que yo viví, lo que vivimos”. Es en ese momento cuando te das cuenta de la importancia de abrir los ojos. En este momento hay gente que está siendo torturada, hay gente que llora como niños por lo que les están haciendo. No podemos simplemente ignorarlos.

-¿Cuál es su opinión de lo que pasa hoy en Venezuela?
-Hago todo lo que puedo y sé que hay que hacer más. Yo no estoy aquí para juzgar las políticas económicas del gobierno de Nicolás Maduro. Tampoco es mi función juzgar la política de la oposición, ni para decir qué tienen que hacer, pero si me considero absolutamente legitimada para decirle al gobierno : No tienes derecho de matar, de acosar; no tienes derecho a torturar, no tienes derecho a negar una crisis humanitaria cuando la gente se muere por falta de comida y de medicinas. Repito, yo no me ocupo de la geopolítica, no tengo que ocuparme de ello, no soy especialista en eso. Mi legitimidad es la misma de un ser humano como cualquier otro, ese es mi derecho a decir lo que veo y siento.

@andreinamujica

 

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