OMAR PINEDA. Acurrucado. Yo dormía plácidamente en el rincón preferido de mi cama. Ese lindero que habitan los gratos sueños y donde, si hago un movimiento brusco, me caigo como pendejo y luego, en el piso, sobresaltado, me pregunto ¿qué pasó? De pana que solo retengo la imagen que me quedó fija para siempre. Yo visitaba con mis dos hermanos y mamá la tumba del viejo y, aunque uno sabe que no es sitio para estar retozando, Sandra, Manuel y yo nos tripeábamos ese aire balsámico de los sábados mañaneros en el Cementerio del Este, a esa hora cuando solo van las viudas que no han podido conciliar el sueño o la cuadrilla de obreros que pasan montados en un camión para cavar una tumba, ya que otro muerto está por venir. Gravitaba, pues, en ese estado de plenitud cuando tocaron a la puerta, no con los nudillos sino con la palma de la mano, como si quisieran derribarla. Yo me dije “verga, chamo, ¿quién así y a esta hora?”, y me quedé atento a que lo hicieran de nuevo pero la espera no duró ni dos minutos porque después del eco del silencio en el pasillo cuando me disponía a volver al instante feliz con mis hermanos la puerta saltó disparada, volando en pedazos, por el impacto de una patada seguro de esos desgraciados que debieron como es debido tocar por segunda vez y yo con los modales apropiados les hubiera abierto. Pero, no. Lo siguiente que oí fue un “¡vístete, mamaguebo!” una orden que siempre he pensado que le faltó el predicado, una oración copulativa incompleta, que diera conclusión al mandato. Decir por ejemplo, “vístete, mamaguebo… que vas preso” o “que el jefe quiere saber dónde escondiste la mercancía”. Pero esto no era una mini serie y para ahorrar tiempo un tipo grandulón, de traje negro y tirantes, la barriga hinchada de comer perrocalientes con cocacola, supongo yo, me alzó por los hombros mientras los otros se divertían dándole patadas de kárate a los muebles, a la mesita de la sala, a esa pequeña biblioteca que tanto me costó arreglar, y el equipo de sonido del hermano de Magdalena que me pidió se lo devolviera. Ahí, ves, no hubo vecinos de al lado que protestaran “dejen dormir” ni directivos de la junta de condominio que se apersonaran para saber por favor qué ocurría. Estaba yo solo, asustado, sin entender en qué lío me había metido y a punto de entrar en mi tragedia. Me dije “Leo, la vida oscura empieza”.

 

Por suerte, Magdalena se había arrechado conmigo en la tarde cuando le conté que puse en su lugar a la hija del ministro de Infraestruturas después que salimos de la clase de proyectos porque la jevita esa se abroncó con una chama esmirriada que en vez de defenderse lo que hizo fue ponerse a llorar. De bolas que la insulté y le dije ¿qué te crees tú, carajita? Tú piensas que porque eres hija de ese mafioso ministro de Chávez vas a venir amedrentar a los demás. Se lo dije y le di la espalda. Cuando terminé de contárselo a la pobre Magdalena le temblaron las piernas y después los labios en la medida que le narraba cómo la hija del diablo intentó sin éxito llamar por celular y que Eduardo, que hasta ese día nos íbamos juntos en las camioneticas, me aconsejó medio cagao que huyera por la otra salida porque a esa chama la vienen a buscar siempre unos matones en una camioneta negra. Era lógico que Magdalena también se asustara y dijera “tu lo que eres es un perfecto guevón, un pedazo e loco… ¿quién te crees, Superman? ¿No ves que estoy tratando de entrar a trabajar en el Seniat?”. Me miró con rabia, ni siquiera me obsequió un instante de misericordia o de solidaridad. Agarró sus carpetas, metió la ropa en la mochila, cogió su frasco de Carolina Herrera, el desodorante, el lápiz de cejas y su pintalabios y echó un portazo tan estruendoso como la de esos matones lo hicieron después. Así, sin decirme “me voy pal coño… y no me busques más”, que es como más o menos acaban los noviazgos. Esa tarde empecé a repasar escena por escena la película que había protagonizado en la Santa María y aunque ya parecía un hecho que no aparecería por un tiempo en la universidad, entré sin advertirlo en el túnel de la paranoia y el miedo. A quien llamaba para contarle el rollo y pedirle consejos, o no estaban o no querían coger el teléfono. Fue tanta la desesperación paulatina que te paralizas. Como cuando esperas una sentencia del alto tribunal. Ni siquiera me acordé que tenía hambre y fui directo a la media botella de Gran Reserva que se quedó solitaria de la fiesta del sábado y me la zampé. Por eso fue que cuando el gordo de los tirantes y el traje negro me ordenó que me levantara no solo espantó las correrías con mis hermanos alrededor de las tumbas sino que me cambió la vida, y aquí estoy, contándole a usted esta pequeña tragedia a la que me he sobrepuesto porque el tiempo sabe labrar en las noches y porque finalmente conseguí trabajo un mes después de llegar a Zaragoza y trabar amistad con Heriberto, ahora mi cuñado, el hermano de la que hoy es mi esposa y madre de mis dos niños.

Mejor pregúntame qué no me hicieron. Me quitaron la capucha, abrí los ojos y sentí que todavía faltaba luz. Concluí que estaba en un sótano de algún lugar donde detecté que todo parecía girar en torno a mí. Empezaba el mes de diciembre y tenía planes para llevar una vida feliz con Magdalena. “O seas, que te crees muy macho ofendiendo a las niñas, maricón”, dijo el sujeto. No fue una pregunta sino una frase que vino adherida a una salvaje paliza que inauguró el gordo de los tirantes, y hasta me dieron ganas de decirles, en vez de disculparme, “coño, yo sabía que esto iba a pasar”. Pero, dígame usted señor, ¿quién puede emitir una palabra en el momento en que le están dando patadas y cachazos en la cabeza con esas pistolas tan pesadas? Míreme, perdí estos dos dientes y este ojo usted lo verá como apagado del patadón que me dio un joven policía, aprendiz de guardaespalda, que estoy seguro lo estaban poniendo a pruebas en la materia Torturas. Creo que pasó la asignatura. Volvió hablar el gordo de los tirantes, que a esa hora no tuve dudas era el jefe. No más trancó el teléfono dijo ¡desaparécelo!. Nos dio la espalda y subió por una escalera semicircular. Volvieron con la tanda de patadas y coñazos, quedé inconsciente y cuando desperté era de noche y me tambaleaba en la parte alta de El Junquito. Nada más con abrir los ojos me dieron ganas de vomitar porque a mis pies me saludaba un precipicio. Escuché clarito cuando uno le dijo al otro, “le disparas en la cabeza y lo tiras por ese barranco”. Era el aprendiz a torturador. Los tipos subieron a la camioneta y arrancaron. Le prometieron que regresarían cuando hiciera el trabajo. Entonces el chamo, con los labios que le temblaban (me acordé de Magdalena) me miró fijamente y me preguntó la edad. “Verga, 23… igual que yo”, dijo como disculpándose. Hizo un disparo al aire y cumplió con la mitad de la tarea: me dio un empujón que rodé por el barranco no sé cuánto tiempo. Ni mamá, ni mis hermanos, ni el pana que se iba conmigo en la camionetica, ni Magdalena llegaron a saber más de mí.

Omar Pineda. Periodista venezolano. Reside en Barcelona, España.

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