SEBASTIÁN DE LA NUEZ –

Por ahí han salido artículos sobre las diferencias que comienzan a sentirse entre los venezolanos que se van y los que se quedan. Unos y otros deberían saber que hay elementos de la venezolanidad que ni se quedan ni se van: solo siguen, están ahí, formando una sustancia etérea, aun adormecidos; pero ahora se han abierto caminos antes insospechados donde la fuerza moral y la heroicidad entran en juego

Había una canción de Víctor Manuel que decía “sé bien dónde están mis amigos, nunca piden nada y siempre dan”. Manuel, marido de Ana Belén, es un compositor español con un refinado sentido musical y sensibilidad lírica.

Se aprende de los amigos y de los compositores. De los amigos venezolanos cabe esperar, siempre, un embarque. De los amigos venezolanos cabe esperar, además, que se pongan belicosos con los tragos y se metan en líos con alguien más en La Bajada o en cualquier cervecería. Que te pidan prestado un libro y jamás te lo devuelvan; que se hagan los locos al llegar la cuenta, que digan, con el mayor desparpajo, que se les olvidó la cartera en casa.

Una vez me pasó esto: trabajaba como vendedor en Kulkoni, una comercializadora de máquinas de escribir Smith-Corona, fotocopiadoras y material de oficina en Bello Monte, detrás de lo que antes fue Sears. Tenía un jefe, Luis Delgado, que se fue de allí por un problema que no supe cuál fue. Un día volvió, me lo encontré fuera de la oficina, al volante de su carro, uno de esos 8 cilindros enormes de los años setenta, un Dodge de dos puertas. Cuando era jefe mío, íbamos juntos a repartir máquinas o a visitar clientes. Esa tarde, como era mi costumbre, salí a comerme un cachito en la cafetería de al lado y lo vi en su carro, atravesado ante la entrada del estacionamiento, justo entre el edificio de Kulkoni y la cafetería. Me compré el cachito y el refresco y me senté en su carro, a conversar. Estaba medio hosco, cosa rara porque Luis era la persona más parlanchina y jodedora que cabría esperar. De Maracay, me parece. Me seguía la corriente en mis bromas pero vi que algo lo tenía molesto. No me importó. En eso salió el administrador de Kulkoni, y creo que socio, a por su merienda en la cafetería. Un gordo de algún país del este de Europa cuyo nombre no recuerdo. El hombre iba cruzando la entrada al estacionamiento cuando Luis arrancó su Dodge y se lo tiró encima. El gordo cayó de lado pero resultó ileso. Luis se bajó, le mentó la madre y le dijo que le pagara su vaina como era porque, si no, lo iba a joder. Yo me atraganté con el cachito.

No sé en qué terminó el pleito pero mi aprecio por Luis Delgado se mantuvo igual, el hecho que había presenciado no cambiaba en absoluto mi percepción sobre él. Supe, siempre, que le molestaban las injusticias. Estuve seguro, por la forma en que arrancó y frenó el carro apenas al golpear al hombre, que su intención era solo esa, tumbarlo, darle un buen susto.

No hay mayor tesoro que un amigo venezolano zarataco, a quien la bebida todavía no lo ha derribado pero anda ahí-ahí, a punto de melcocha. Uno solía decir que me había incorporado a su declaración anual de Hacienda como “carga familiar” pues siempre me pagaba los tragos. Era verdad, siempre pagaba porque él ganaba bien y yo no tanto. Con este mismo estuve una vez en una playa del litoral guaireño. Bebió desde temprano ron con coco hasta que ya. A golpe de tres de la tarde llegó su madre, una señora por encima de los 80 años. El pana, que venía tambaleándose por la arena desde hacía rato, fue derechito al encuentro de su mamá y le dio la mano, firme, para que bajara los escalones que conducían a la playa propiamente dicha. Nadie hubiese podido decir, en ese momento, que aquel atento hijo tuviese tres cuartos de Cacique adentro.

El amigo venezolano te dirá, en algún momento o en muchos momentos, “¡qué bolas tienes tú!” y ni sabrás la razón. Simplemente quedará ahí, en qué bolas tienes tú. Deberás adivinar el resto. No te aconsejará nada ni te dirá, cuando le cuentes un problema, “yo en tu lugar…”, sino que automáticamente soltará “esa coñoemadre, qué bolas tiene…” (en caso de que el problema que le hayas contado sea de índole conyugal), “qué hijoeputa ese carajo, vamos a darle una coñaza” (si el problema es de carácter laboral) o “coño, mano, la vida es una mierda” (si el problema es relativo a tu salud).

No esperes más. Pero sabrás que allí estará, siempre, a la hora indicada.

Sin embargo, la actualidad del venezolano está signada por la sobrevivencia. En ese marco se juega su fuerza moral, su capacidad para improvisar soluciones. Colocado en situaciones-límite, sus esperanzas frustradas, quizás sufriendo desarraigo y soledad, aquellos comportamientos usuales, costumbristas, propios de una sociedad que vivía bajo una ilusión de armonía, dejan de tener sentido. Su lucha en la diáspora o dentro del terruño adquiere visos de heroicidad. Se ha vuelto vulnerable. La heroicidad está en el joven profesional que ha llegado a España y se puso a cocinar hamburguesas en un restaurant de comida rápida o en los periodistas de El Pitazo, jaqueados una y otra vez por la maldición chavista, empeñados en su objetivo.

Es otro tema, completamente aparte, el de la maldición chavista: entre los amigos venezolanos de uno, de muchos, hay chavistas que siguen atados a esa cloaca y uno jamás los entenderá. Se han convertido en marcianos. Aun habiendo sido auténticos amigos venezolanos, de los que le dan la mano firme a su madre aunque se estén arrastrando de la borrachera, ahora se nos aparecen de madrugada para espantarnos. Anoche me contaba un historiador español —no es un amigo, no tengo amigos españoles hasta donde sé— que no todos los crímenes del franquismo son atribuibles a Franco. Había falangistas o amigos de falangistas con el poder suficiente como para asesinar a republicanos por su propia cuenta y no ser castigados por ello. Simplemente, pensaban que les debían algo y procedían a cobrarles esas cuentas por pagar.

Ojalá no pase algo semejante en Venezuela. Así como las dictaduras de hoy ya no son como las de antes (ahora hacen, incluso, elecciones cada dos por tres), tampoco las guerras civiles tienen por qué adoptar las mismas formas.

Sebastián de la Nuez, periodista hispano-venezolano, residente en Madrid, España.

 

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