LUIS GÓMEZ VERACIERTA –

Luis Gómez Veracierta es ingeniero industrial por la Universidad de Oriente, con más de 17 años de experiencia en ingeniería de fluidos (en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina). Entre 2004 y 2007 estuvo al frente de la empresa nacional Puertos de Anzoátegui. En este capítulo de su libro Así va la noche narra los motivos de su renuncia al cargo, debido a una serie de hechos y circunstancias que lo llevaron a distanciarse de la primera gestión del exgobernador Tarek William Saab (hoy Fiscal General) y de muchos de sus compañeros y amigos, al no aceptar plegarse a los intereses e intenciones de estos en su particular forma de gobierno. Desde hace dos años y medio reside en Argentina. Así va la noche está disponible en Amazon.com

Así va la noche, novelaCapítulo 8

Había comenzado mi desencanto. Sentía que mi tiempo en Puertos de Anzoátegui no daba para mucho más y cada día que permanecía allí era toda una lucha tratando de demostrarme que aún las cosas podían tener algún sentido, pero a la realidad no era tan fácil de engatusarla. Cada mañana se me presentaba como una empinada cuesta en la que debía lidiar con mis propios conflictos internos. La apatía y todo un panorama desolador conspiraban y me costaba identificarme con el gobierno regional y más aún con el gobernador. Pocos meses antes de mi salida de Puertos de Anzoátegui se presentó un incidente bastante desagradable relacionado con un trabajador al que se le estaba siguiendo un procedimiento de despido por señalamientos de acoso y hostigamiento, que pudiera caer en el plano sexual en contra de una de sus compañeras de trabajo. El caso estaba sólidamente fundamentado y existían también otras dos empleadas que después de conocerse esta acusación, igualmente hicieron algunos señalamientos en contra del trabajador y pasaron a formar parte del expediente. Para mi sorpresa, cierta tarde recibí la llamada del gobernador comentándome que se encontraba reunido con un concejal de Puerto la Cruz y que este le pedía que se desistiera de las gestiones de despido que se estaban llevando adelante con este empleado. Le expliqué los pormenores del caso y que era un completo exabrupto echar a un lado las acusaciones en contra del empleado y obviar los procedimientos, que algo así sería un grave precedente y minaría la confianza de los empleados en los representantes de la institución, pero desoyó mis explicaciones y se empeñó en reafirmar que no siguiera adelante con todo aquello y pusiera a un lado toda esa documentación. Me quedé de una pieza, no podía dar crédito a lo que estaba pasando.

Desde un primer momento de mi llegada a Puertos de Anzoátegui, sentí que la institución estaba bajo el radar acucioso de quienes estaban encargados de los asuntos financieros y económicos de la gobernación. Debo reconocer que al principio tuve en cierta forma como un período de gracia donde en ningún momento se le exigió recursos a la institución. Pero todo tiene su tiempo y su momento. Roberto Paigott y Neptalí Quiaro eran quienes estaban a cargo de la parte financiera y presupuestaria en la gobernación. Paigott como director de administración y finanzas, y Quiaro como director de presupuesto. Ellos, como es lógico suponer, seguían las directrices de Tarek William en todo lo referente a ese tema. Tenía entendido que eran profesionales con muchísima experiencia y creo que ambos habían hecho toda su carrera profesional en la administración pública. Esto quizás era muy bueno, pero lo que creía que no era muy bueno es que creyeran que todo debía manejarse de acuerdo a sus criterios, en los que no diferenciaban a una empresa pública que funcionaba como una sociedad anónima, tal el caso de Puertos de Anzoátegui, y que debía generar sus propios recursos para mantenerse operativa, a diferencia de los recursos que ingresaban a la gobernación en donde los aportes en su totalidad provenían del gobierno central y tasas impositivas regionales. En resumidas cuentas, era distribuir y gastar de la mejor manera los recursos económicos que se les daban. También creía en base a lo que ellos me estaban dejando ver que nunca se habían asomado a ver los balances administrativos o el funcionamiento de una empresa privada, que en cierta forma tenía muchas semejanzas con Puertos de Anzoátegui.

Luis Gómez VeraciertaCreo que fue a mediados del año 2006 cuando se dispararon las alarmas y comenzaron Paigott y Quiaro a reclamar de Puertos de Anzoátegui aportes de recursos económicos para la gobernación del estado. Argumentaban que en los casi dos años de gestión, el puerto de Guanta aún no había aportado ni tan solo un centavo a las arcas de la gobernación. Esta afirmación no dejaba de ser osada. Por un lado, era evidente que no revisaban las cuentas del puerto, y no es que tuvieran la obligación de hacerlo, pero en ellas estaba documentado el uso que se le daba a los ingresos que generaba la institución. Es menester traer a colación que al comienzo de cada año se hacía un resumen de todas las acciones y operaciones realizadas durante el año que acababa de concluir, y posteriormente ese legajo era enviado a la gobernación para su consideración. Pero volviendo al tema de los aportes del puerto, parecía ser que para ellos las obras que el ente llevaba adelante en apoyo a la gobernación no tenía que ser considerado como un aporte, porque en realidad no era dinero que ingresaba a la gobernación del estado. Para ellos no contaba la construcción de dos salas de rehabilitación integral llevadas adelante a petición expresa del gobernador. Igualmente, el compromiso de la sala situacional de la Copa América y muchos otros aportes en distintos eventos de la gobernación en donde se le pedía a Puertos de Anzoátegui su colaboración. Ninguna de estas acciones parecía contar para Paigott y Quiaro de allí que siempre estuvieran prestos a meter la mano en los bolsillos del puerto, si se les permitía.

El problema con la consolidación y modernización del puerto de Guanta es el manejo que los políticos quieren darle a los recursos que desde allí se generaban. Era un puerto relativamente pequeño con un atractivo movimiento de carga que en los meses que llevábamos allí había estado incrementándose paulatinamente. En él hacían vida algunas de las almacenadoras más importantes del país y algunos de los patios y almacenes que estaban desocupados fueron del interés de otras que apostaban fuerte con su presencia en la región. Lamentablemente ante las exigencias de los directores de administración y presupuesto de la gobernación, venía a caer en cuenta que las cosas no eran del todo diferentes a las administraciones anteriores y tocaría lidiar con esta situación. Las prácticas clientelares seguían estando allí y por mucho que quisiera hacerme el desentendido o voltear hacia el otro lado no iban a dejar de existir. En definitiva, el período de gracia había terminado y tocaba lidiar con lo que se venía.

Así que aquí estaba, dándome un portazo con la realidad, ir por los recursos que generaba el puerto de Guanta había sido solo cuestión de tiempo y, a decir verdad, creo que habían tardado mucho. La agresiva política comunicacional de la Dirección de Comunicación y Prensa de la gobernación, supongo que debido a las exigencias del propio gobernador para mantener su presencia continuamente en los distintos medios tanto regionales como nacionales había provocado una considerable deuda, que por lo que parecía traía de cabeza a Paigott y Quiaro al no encontrar la forma de pagarla por no disponer de los recursos. Esto, indefectiblemente, hizo que pusieran sus ojos en Puertos de Anzoátegui y en eso contaron con la aprobación de Tarek William Saab. Me llamaron a una reunión en la gobernación y allí me plantearon sus problemas de caja, por lo tanto necesitaban que el puerto les auxiliara. En ese primer contacto no se discutió ningún monto en particular y lo que pude responderles fue que iba a revisar los aspectos legales y administrativos sobre cómo se debía proceder debido a la constitución legal de Puertos de Anzoátegui como sociedad anónima.

Convoqué una reunión con las gerencias de Administración, Asuntos Legales y con la contralora de la institución y les planteé la situación que se estaba presentando. Allí prácticamente fue unánime la opinión de que no era recomendable proceder de esa manera para transferir recursos a la gobernación porque Puertos de Anzoátegui, al ser una sociedad anónima, solo debía hacerlo al final del cierre fiscal en la forma de dividendos en caso que los hubiere. Existía una alternativa y era con la convocatoria de la junta directiva y presentarle la argumentación respectiva y la moción para su aprobación en la forma de transferencias de recursos al accionista principal. Se llegó a la conclusión en que esta podría ser la vía y el gerente de Administración establecería los contactos con la dirección de Administración de la gobernación para coordinar los pasos a seguir.

Se establecieron los contactos respectivos y el gerente de Administración sostuvo una reunión con Roberto Paigott en su oficina en la gobernación. Al regresar, vino a reunirse conmigo para exponerme sus consideraciones y puntos de vista sobre las gestiones que se estaban llevando a cabo. Los aspectos administrativos eran tal cual se los había planteado, pero donde sentía cierta aprehensión era con el monto solicitado, cerca de tres mil millones de bolívares. Cuando le escuché decir la cantidad de dinero que estaban pidiendo pensé que estaba bromeando, le pedí que lo repitiera y así mismo lo hizo: tres mil millones de bolívares, esa cantidad era para aquel momento cerca de 600.000 dólares al cambio del mercado paralelo y casi 1.400.000 dólares al cambio oficial del Banco Central. Esto no podía ser cierto, era lo que se me ocurría pensar. ¿Es que acaso Quiaro y Paigott sabían lo que estaban haciendo? ¿Será que alguna vez se habrán tomado el esfuerzo de revisar los balances de Puertos de Anzoátegui y allí constatar la realidad de lo que la institución generaba? Esa cantidad de dinero era aproximadamente cuatro meses de operación del puerto sin que este gastara un solo centavo en su funcionamiento. Definitivamente estaban chalados, yo no pensaba cortarle la yugular al puerto para que financieramente se desangrara y comenzara a padecer problemas de operatividad y mantenimiento. De eso estaba completamente seguro en ese momento. Acordé con el gerente de Administración que cualquier comunicación que pudiera tener con la gobernación tratara de ganar tiempo y comentarle que se estaba en la revisión de los procedimientos, que les comunicara que era un asunto que había que blindar administrativa y legalmente.

Algún tiempo atrás habíamos sido convocados para una reunión de gabinete fijada como siempre para primeras horas de la noche, pero que recién venía a comenzar cerca de la medianoche que era la hora en que el gobernador habitualmente llegaba cuando se trataba de este tipo de convocatorias. En ella debíamos estar casi todos los directores, quizás habría una que otra ausencia en particular, pero esto podría tener claramente una explicación con las distintas responsabilidades que se tenían y muy a menudo alguno podía estar fuera de la zona. Esa noche hubo una ausencia muy singular que con el paso de los minutos se iba a explicar por sí misma. No estaba Teodoro Evanoff, el director de la Corporación de Vialidad e Infraestructura del Estado (Covinea).

Tarek William comenzó su reunión explayándose como siempre con sus repetidas disertaciones acerca de los fragores de sus luchas y las muchas renuncias y comodidades a las que tuvo que sacrificar para establecerse en Anzoátegui y encargarse de la gobernación. Luego comenzaría a esbozar el hilo argumental de la reunión empezando por manifestar su preocupación sobre ciertas situaciones que se habían estado presentando en Covinea, y allí hacía señalamientos directos sobre Teodoro Evanoff y su entorno más cercano. Aquello comenzó a desagradarme un poco y, en realidad, no me daba buenas sensaciones. Creo que intervinieron dos o tres directores para apoyar la tesis del gobernador señalando algunos eventos de los que tenían conocimiento. El ambiente comenzaba a tornarse pesado y a la mayoría de los que allí estábamos solo nos quedaba mirarnos las caras sin saber muy bien a qué atenernos y preguntándonos por qué habíamos sido convocados a un acto de esta naturaleza. Tarek William preguntaba sobre qué acciones tomar ante la evidente y supuesta falta de Evanoff y equipo de confianza. Allí volvían nuevamente aquellas dos o tres voces a balbucear algunas sugerencias mientras el gobernador les prestaba fingida atención. Esto parecía más bien una grosera ejecución en ausencia de la víctima sin importar si Evanoff era inocente o no, y no le estaban dando la más mínima oportunidad de exponer sus argumentos. Así como tampoco este no era el lugar para venir a ventilar esta serie de señalamientos y emitir a priori juicios de valor sin ningún tipo de consideración. Algo no olía bien aquí, pero estaba muy lejos de saber las razones de esta suerte de picaresca que había sido montada y ejecutada. Detrás de toda esta trama veía un mensaje implícito a quienes allí estábamos sobre la forma en que seríamos tratados si no nos adecuábamos a los deseos y caprichos del gobernador. Volvía nuevamente el lenguaje de los símbolos, allí es donde deberíamos buscar el significado. La decisión que tomaron esa noche fue enviar comisiones policiales a esa hora a tomar las instalaciones y oficinas principales y no permitirle a Evanoff ni a sus funcionarios la entrada a esas dependencias cuando se acercara la mañana de aquel nuevo día. ¿Qué hizo o no hizo Evanoff para ser merecedor de este juicio a puertas cerradas con solo una parte acusadora y algunos cuantos haciendo de público neutral? Nunca lo supe, pero lo que sí sabía es que debía tomar muy en cuenta este acto como una suerte de aviso para todo aquel que contradijera las decisiones y deseos de Tarek William. Después de aquello no trascendió sobre alguna acusación formal o algún acto legal o administrativo en contra de Teodoro Evanoff o alguno de sus principales colaboradores. Lo que llegaría a saber un tiempo después es que había retomado las actividades profesionales que ejercía antes de dirigir Covinea.

Algo parecido pasó también con el arquitecto Roberto Armas Alfonzo quien fungió como presidente de FundaAnzoátegui un cierto tiempo. FundaAnzoátegui era un ente adscrito a la gobernación del estado encargada de apuntalar y engranar proyectos para el desarrollo y modernización del estado. Armas Alfonzo era hermano del fallecido escritor Alfredo Armas Alfonzo quien había sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1969 y, de acuerdo a la crítica literaria, poseedor de una excelente y original obra. Roberto Armas Alfonzo también era muy reconocido en todo el estado por su desempeño como arquitecto, al que acompañaba con muchas iniciativas que buscaban mejorar la calidad de vida en nuestras ciudades. Para el momento en que asume la presidencia de FundaAnzoátegui era una persona que ya superaba los 70 años de edad. Las veces que coincidimos en las diferentes reuniones que pudieron llevarse a cabo o en algún evento regional, disfruté mucho de las conversaciones que mantuve con él porque era un gran ser humano con un extraordinario nivel cultural además de un idealista empedernido. Viene a mi memoria una reunión en la que estaba él y el poeta Freddy Hernández Álvarez quien, para aquel momento, era el director de Planificación y Desarrollo de la gobernación. En dicha ocasión además de poesía y de literatura hablamos y trazábamos estrategias sobre las potencialidades que se tenían en el estado usando al puerto de Guanta como una baza imprescindible en todo aquel mosaico de oportunidades que era el norte del estado Anzoátegui.

Pues también hubo una reunión de gabinete donde se denigró y acusó a Armas Alfonzo de ciertas irregularidades al frente de FundaAnzoátegui. Esta vez ampliaron un poco más los detalles y señalaban más que todo a algunos de sus subalternos, que aprovechándose de la confianza que en ellos tenía Armas Alfonzo cometieron algunos excesos e incluso llegó a mencionarse la alteración en los montos en algunos cheques. Aquella noche no se llegó al extremo de enviar las fuerzas policiales hasta las oficinas de FundaAnzoátegui, pero sí marcó la salida de Roberto Armas Alfonzo del ente. Como era de esperar no hubo señalamiento penal o administrativo sobre el ejercicio de sus funciones o sobre algunos de sus subalternos y tranquilamente todo iba quedando a un lado, a merced del tiempo y el olvido.

¿Qué buscaba Tarek William con sacar y defenestrar a alguno de sus directores y exponerlo de esta manera ante todos los demás? ¿Por qué no se reunía en privado con él, le hacía los reclamos que hubiera que hacerle y le pedía su renuncia que era lo más correcto e indicado? Creo que todas estas cosas no eran del todo improvisadas, había un mensaje implícito de por medio en el que quería mostrarles a todos sus subalternos a lo que se exponían si osaban contradecirlo o no seguir sus lineamientos. Ninguno iba a quedar exento a su control y su mirada. Si queríamos evitar una situación como la que habían padecido Evanoff y Armas Alfonzo, pues teníamos que someternos a sus decisiones e intereses sin importar cuanta justificación legal y administrativa tuvieran.

Cuando me detenía a pensar en todas las cosas que habían pasado y las colocaba en perspectiva, no quería mirarme siendo protagonista de una coyuntura parecida. No llegué a conocer mayores detalles de cada uno de los casos y no me había preocupado por saberlo, pero ni a Teodoro Evanoff ni a Roberto Armas Alfonzo se les debió exponer ante nosotros de esa manera. Si habían cometido faltas en el ejercicio de sus funciones, existían los métodos y mecanismos para tomar las acciones requeridas. Esto lo que hacía era ponernos alertas a quienes formábamos parte de la estructura del gobierno regional, o quizás a casi todos porque había un círculo muy cercano y cerrado al gobernador que parecía estar exento de cualquier decisión de este tipo. Y en mi caso particular sabiendo la mucha atención que le prestaba Tarek William a los comentarios de pasillo no quería encontrarme en una mañana cualquiera con el puerto lleno de policías y con el acceso prohibido a las instalaciones.

Todo este cúmulo de situaciones por mucho que quisiera dejarlas a un lado, me era difícil ignorarlas y poco a poco me iban desgastando y haciendo mella en mi estado de ánimo. Me estaba cansando la asistencia obligada al programa de televisión que transmitía cada semana por todas las televisoras y radios del estado y empecé a faltar periódicamente. Hubo ocasiones en que incluso llegué a estacionarme frente al edificio de la gobernación con miras a asistir al programa y no había manera en que bajara del auto y me dirigiera a su interior. Se había convertido en una suerte de suplicio y tortura sicológica que, por unas dos o tres horas, tenía que padecer dando mi consentimiento de lo que allí se hacía o decía. Sabía que pronto estarían pidiéndome explicaciones sobre mis ausencias, debido a que desde las primeras emisiones habían establecido la obligatoriedad de asistir al programa a todos los directores al ver que la asistencia había comenzado a mermar en las primeras semanas. Era obligatorio registrase y firmar una planilla de asistencia al hacer acto de presencia cada vez que se emitía y, por ese medio, llevaban el control de quienes asistían y quiénes no.

El ambiente estaba tomando un cariz totalmente distinto para mí al compararlo con mis primeros días al frente de Puertos de Anzoátegui. Estaba absolutamente convencido de que sí se puede sacar adelante una institución pública como esta, pero siempre que se respetara su independencia administrativa y financiera y no bajo el tutelaje de una gobernación con funcionarios como Roberto Paigott y Neptalí Quiaro, quienes creían que podían disponer de los recursos del puerto de Guanta en la manera que ellos quisieran, y mucho menos con alguien como Tarek de gobernador, que daba muestras de querer saltarse todos los procedimientos amparado en una serie de artilugios legales.

Ocurría entonces lo previsible. La tarde del martes 16 de octubre de 2007 recibía una llamada de Tarek William donde, un poco contrariado, me increpaba por no haber resuelto aún la situación con la transferencia del dinero solicitado por la gobernación del estado.

Me limité a responderle que eran unos procedimientos extremadamente delicados y que no deberían hacerse porque no había forma de justificar el traslado de ese dinero a las arcas de la gobernación. Por otro lado, no se contaba con esa cantidad de dinero, y al final le dije que quien iba a firmar esos documentos era yo, y que mi firma quedaría registrada allí para futuras revisiones y evaluaciones de contraloría, por lo tanto sería el único responsable. Seguidamente, respondió:

─¿Qué se van a estar metiendo contigo? A ustedes nadie los toma en cuenta, a quien le irán a reclamar en todo caso es a mí.

─Pero, insisto, quien firma soy yo ─volvía a argumentar.

─Mira, es una orden, quiero que resuelvas inmediatamente ese asunto, acá te paso a Quiaro para que te reúnas con él y coordinen la transferencia de ese dinero─, fue lo último que dijo y me puso al momento con Quiaro.

Luis Gómez VeraciertaIntercambié unas palabras y saludos con Neptaly, y nos comprometimos a reunirnos en la tarde del siguiente día en sus oficinas de la gobernación. Me quedé sentado allí un rato, solo. Comencé a pensar y recordar la secuencia final de la película Cinema Paradiso, en la escena donde Toto, arrebujado en una pequeña sala, comienza a ver los retazos de cintas que habían sido censurados y cortados en su momento por Alfredo, el proyeccionista, siguiendo las directrices del cura censor, y que luego cuando Toto se había marchado ya del pequeño poblado, se los preparó y legó en un carrete con la convicción y esperanza de que alguna vez los tuviera en sus manos. Y allí estaba él, Toto, apreciándolos en una conmovedora escena.

Mis días en Puertos de Anzoátegui habían terminado. Era inevitable pensar en los muchos momentos que había vivido allí en casi tres años de estadía. No sabía si lo había hecho bien o mal, pero me iba en paz, con mucha tranquilidad. Ya después tocaría hacer inventario de todo este período y, ya distanciado en el tiempo, evaluar toda esa experiencia.

El miércoles 17 llegué temprano al Puerto y me reuní con todos los gerentes. Les comuniqué mi decisión de renunciar a Puertos de Anzoátegui y los dejaba en libertad de tomar sus propias decisiones con respecto al futuro de cada uno de ellos allí. Les pedí que tuvieran todos los documentos administrativos y legales en regla y después comencé a embalar y organizar las pocas pertenencias que tenía en la oficina. Me sentía mucho más tranquilo y aliviado, como si estuviera librándome de un pesado fardo que había estado atormentándome durante meses. A primeras horas de la tarde tenía todo organizado y ya cada gerente trabajaba en la documentación para las gestiones de traspaso. Ya tenía redactada la renuncia formal al cargo y me dirigí al edificio de la gobernación del estado. Subí al despacho del gobernador, pero este no se encontraba en ese momento. Conversé con Rafael Vega, secretario del despacho, y le entregué la carta de renuncia para que la recibiera y firmara. Me preguntó si no prefería hablar con Tarek por teléfono y le respondí que no. Le pedí que le transmitiera mi gratitud por la oportunidad brindada durante todo el tiempo que había estado al frente de Puertos de Anzoátegui y que le agradecía el apoyo que me había dado. Le entregué el teléfono que tenía asignado por la gobernación y me despedí de él también dándole las gracias por el respaldo que había mostrado hacia mí en todo momento. Al salir de la oficina de Vega me encontré con su hermana que trabajaba con él allí y me comentó que al verme entrar sabía que llegaba a presentar mi renuncia porque estuvo presente y había escuchado parte de la conversación del día anterior que había mantenido con el gobernador por teléfono. Solo me quedó sonreírle y corresponderle también a ella por sus buenos gestos y colaboración prestada. Se despidió de mí deseándome la mejor de las suertes en mi camino.

El viernes 19 en la mañana firmé el traspaso del cargo a Antonio Tovar, que hasta ese momento se había estado desempeñando como presidente de la Corporación Rural Integral del Estado Anzoátegui (Cordagro). Lo acompañaban Neptaly Quiaro y Gabriel Kurbaji que era el presidente de la Corporación de Turismo del estado Anzoátegui (Coranztur). No tenía la más mínima idea de qué podría estar haciendo Kurbaji allí, aunque era por todos conocida su estrecha cercanía con Tarek William. Según teníamos entendido, Kurbaji era ─o había sido─ socio de Avior, una aerolínea regional con su centro de operaciones mayormente en el aeropuerto de Barcelona, y también se decía que la avioneta que usaba Tarek para desplazarse por todo el país la ponía a disposición esta aerolínea.»

Así va la noche
Así va la noche / Luis Gómez Veracierta. – Primera edición – Godoy Cruz: Tinta de Luz, 2021. 208 pp; 22 x 14 cm. Mendoza, Argentina.
Ilustración, edición, corrección y diseño: Editorial Tinta de Luz. Impresión: Semilla Creativa.


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