El Dublín de Joyce y el día de Bloom

El Dublín de Joyce y el día de Bloom
MILAGROS MATA GIL –

I.

Desde 1920 había corrido de aquí para allá, huyendo de la pobreza. Y no es poca cosa pasar inviernos en Trieste o en Zurich, con mujer e hijos que tiemblan de frío. Los biógrafos dicen que fue egoísta porque dedicaba la mayor parte de su tiempo a escribir. Seguramente amaba a sus hijos y, positivamente, a Nora Barnacle, quien, además, era enfermera y lazarillo. Pero lo que en verdad amaba más que a si mismo era la palabra justa, la letra, la literatura. En 1920 comenzaron a publicar en The Egoist fragmentos del Ulises, gracias sobre todo a la influencia de Ezra Pound, quien se había propuesto, entre otras cosas, dinamitar la estructura posromántica de la literatura inglesa en esos momentos, con sus enormes vetas victorianas. Fue Pound el que consiguió el apoyo financiero, modesto pero eficaz, que le permitió seguir adelante con la tarea compleja que se había propuesto. Mientras, no lo olvidemos, el mundo festejaba en el carrusel de los alegres 20, que reflejaron también las “Daisy” de Scott Fitzgerald. El baile, el baile. La literatura norteamericana ya se aprestaba para el fin de fiesta. La I Guerra Mundial había terminado y todos creían que no habría más penas. Eso, antes del derrumbe. Pero para él no existía más mundo que el que habitaba en su interior: el Dublín de sus recuerdos, las voces del Dublín de sus recuerdos, el olor de la cerveza de sifón, el murmullo amarillento de los pubs donde, al anochecer, cantaban las voces ebrias “La canción del soldado” y “El Dios de nuestros padres”, ay, San Patricio y las pátinas verdes de Eire. La tierra más verde. Pero, para él, solamente Dublín, donde no vivía y donde jamás del todo vivió.

Así, a pesar de que las cataratas avanzaban indetenibles y la ceguera era cada vez más real, James Alouisos vio la publicación de las 800 páginas del Ulises. Yo recuerdo la emoción conque, al tercer intento, pude comenzar la navegación desde la terraza de la torre donde Buck Mulligan elevaba el cáliz de espuma de afeitar y cantaba con poderosa y burlona voz de irlandés: Introibo ad altare Dei.

Y el 2 de febrero se cumplieron los primeros 100 años de aquella publicación. Y cada 16 de junio es el día de Bloom. En Dublín. En nuestra mente demente. En nuestra fe inquebrantable en el poder de las palabras y la literatura. Cada 16 de junio, rebaños de turistas siguen el recorrido de Stephen y Leopold y pagan con el billete de 5£ que lleva la imagen del demiurgo de una otra Dublín que prolonga en los aires los mil años de su esencia.

El Dublín de Joyce y el día de BloomII.

Vladimir Nabokov dejó dicho:

“En lugar de perpetuar el pretencioso sinsentido de la lectura de capítulos homéricos, cromáticos y viscerales, los instructores deberían preparar mapas de Dublín con los itinerarios entrelazados de Boom y Stephen trazados claramente”.

No hay un libro que contenga una narrativa cartográfica tan marcada como el Ulises. Si alguna vez has leído o escuchado algo del Ulises de James Joyce, sabrás que los personajes van dibujando un mapa de la ciudad de Dublín a lo largo del día que transcurre en el libro. Este mapa es tan preciso que algunos dicen que el Dublín de 1904 se podría reconstruir exactamente utilizando la novela como guía.

Joyce fue un obsesivo de los símbolos y las claves, y como tal, su personaje Leopoldo también lo es. A su paso va nombrado cada calle obsesivamente como si fuera una invitación a escapar de la novela y entrar en el espacio real. Así, cada capítulo funciona como un palimpsesto de la forma de Dublín: sus ríos simbolizan el Hades, las calles del Oeste simbolizan el crepúsculo y la muerte, las glorietas y las esquinas son catálisis que anuncian cambios en la técnica narrativa, y la novela entera es la historia de Irlanda.

Milagros Mata Gil, periodista y narradora venezolana. Reside en El Tigre, Venezuela.

 

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