Más arrecho que Charles Atlas

Charles Atlas
EZIONGEBER ÁLVAREZ –

Pues, sí. Charles Atlas era ya un tipo muy famoso para cuando salía su publicidad en los suplementos aquellos. Tú recuerdas, el asunto con el alfeñique que ridiculizaron en la playa. Bueno, eso en realidad le sucedió a Charles, cuando se llamaba Ángelo Siciliano. Ángelo llegó a Estados Unidos en 1903, contando con solo diez años de edad. Un poco más adelante, ocurrió la golpiza que le cambiaría la vida. El joven insistió en su desarrollo físico hasta diseñar un método infalible con el cual alcanzar la categoría de kilúo, como decían cuando yo era chamo. Y todo en quince días, compa. Lo que no recuerdo es que algún pana o vecino comprara el fulano manual, además de que era muy jodido de cumplir cabalmente. La dieta, demasiado estricta. Pero más demandante era la propuesta de la Tensión Dinámica, el gran secreto de Atlas para ganar musculatura. No preguntes. Además, tenías que dormir temprano y ‘portarte bien’, que era donde se estrellaban los sueños de darle un trompón al más pintao. Portarse bien significaba nada de trasnochos o bebederas de aguardiente y entonces…

Sería una locura pensar que en mi pueblo se puedan cumplir alguna vez los tales designios inapelables del afamado señor Atlas. ¿Cero curda?. No señor, amigo Charles. Olvídese. De todas formas lo nuestro, particularmente, era escarrancharnos a leer suplementos en los que usted por casualidad aparecía. Ahí, repantigados en la cama cualquier tarde de esas bien fastidiosas. Y con el espiral Plagatox, fumando y un ventilador a toda mecha, mejor. Por supuesto que se colaba en la urdimbre de publicaciones, una que otra revistica de mujeres desnudas a full color. Y se hacían cambalaches en la cuadra, pero sin que nadie pretendiera cambios pelo a pelo, si de revistas de adultos se trataba. No, qué va. Una de estas equivalía a cuatro suplementos, pero todavía no era mi tiempo. Aún la lujuria no entrompaba con toda su fuerza y a mi corta edad, ya era bastante confuso que no me disgustara ver a Bugs Bunny en la tele, disfrazado de mujer con aquellas pestañotas y aquel culote. ¡Vamos a estar claros, que eso fue un coñazo, compañero!

Charles AtlasDigamos, que el asunto acá, es que en los suplementos, fuesen de Daniel el Travieso o de la Pequeña Lulú, en todos aparecía el pana Charles Atlas. De hecho, por un rato, lo incorporamos a nuestra jodedera cotidiana y entonces decíamos que fulano se creía “más arrecho que Charles Atlas”. O que Kalimán. Pero notable ciudadano, este Charles. Atestao. Llevaba adelante una labor encomiable, como gustan en decir. Pero por más respetable que fuese, mire, para llevar ese trote de vida consagrada a lo perfecto, había que convertirse en un asceta del fisicoculturismo y justo ahí es donde el celebérrimo manual chocaba contra la realidad. Tomar los votos de Charles era semejante a atravesar las Nieves del Kilimanjaro y regresar a pedal y bomba hasta la casa. Nojoda. Sin caernos a pasiones, a lo más que yo llegaba era a trotar de vez en cuando por la avenida Perimetral y eso, porque Kike, Antonio y Manuel Guerra me sonsacaban, por estar de moda Rocky, otro duro que se desayunaba cinco huevos crudos cada día y directamente del vaso de la licuadora. Eso era bastante respetable. Un domingo, me agarró el computador, como decía Julián Pacheco. Resulta que en la planta baja del edificio Libertella, donde viví por varios meses, si algo había era jodedores como arroz picao. Carajitos comepescao que no cesaban en su hostigamiento contra el nuevo. Firifiritos que no aguantaban un coñazo, según veía, tenían el tupé de meterse conmigo. Yo les respondía tosobrao: “Soplaré y soplaréee y la casa derribaréee”, nojoda, ahí remedando al Lobo Feroz.

Ya, para cuando el pequeño gladiador que me adversaba me había encasquetado un upper y dos ganchos de izquierda, yo estaba convencido de que, de cajón, en esa pelea llevaba las de perder. Ahí, lanzando golpes a lo loco, dado el quiebre de cintura del cumanesito, que todas las pasaba. En esas andábamos: el chamito repartiendo piñas y yo defendiéndome de cualquier manera, hasta que por obra y gracia, se paró frente a nosotros un Plymouth Barracuda nuevecito, del que se bajó a separarnos el León de Cumaná, es decir, el inefable excampeón mundial de peso pluma, Antonio Gómez. Dáte ahí. Después de la consabida reprimenda “porque no todo en la vida se arregla a los vergajazos, micompai”, el señor Antonio, gentilmente invitó a tutirimundache a cruzar la calle para brindarnos en Don Pollito. El tipo se ganaba la vida en un ring de boxeo, pero era más bueno que el pan de piquito. Pollo rostizado, refresco y papa frita patoelmundo y ya casi ninguno de los muchachitos recordaba el agarre que hasta hace poco nos entrelazaba:

– Antonio, Antonio, nosotros estamos en clases de boxeo con Ely Montes.

Eso dijo el mismo coñito, que de vaina no me medio mató hace tan sólo minutos. “Nojuegue, así cualquiera gana”, recuerdo que pensé:

-Ya van. ¿Ustedes toman clases de boxeo en el Gimnasio 26 de Octubre, el que queda aquímismito?, -le pregunté directamente al muchachito.

Y antes de que pudiera responder “debolasquesi”, ya le había tirado el servilletero, que voló en cámara lenta a través de la larga mesa de pantry y que aterrizó en la frente del carricito que me ganó de plano, porque sabía boxear. Y yo leyendo suplementos. ¡Dígalo ahí, Charles Atlas!

A MODO DE EPÍLOGO:

Antonio Gómez pagó la cuenta, prendió su carro y se fue raudo. Al chamito se lo llevaron para agarrarle puntos, y yo me fui a mi casa silbandito. Cantando bajito, que llaman. Esa noche soñé que una multitud de gentes, todas habitantes del barrio Cumanagoto, se reunió frente a mi balcón exigiendo justicia dado el carajazo aquel, pero a mí me defendía el gordito Toby. Si, chamo. Toby, el de la Pequeña Lulú. Toby siempre fue mi personaje preferido. Era un poco huraño y peleón, pero siempre fue buen pana, con todo y su careculismo inveterado. Aquí en el sueño se dirige a la multitud como si fuera un mitin:

-Amigos del glorioso barrio Cumanagoto: Soy Toby, amigo de Lulú y del esperpento este. Desde aquí, desde el balcón, les aclaro que el Chino no sabe nada de boxeo. Es pura finta el condenao. Mírenle la pintica nada más a esta rana platanera. Y coño pormásquesea…

– ¡Epa! No me ayude, compadre, le digo pordebajito.

-…él le tiró esa vaina pa’ descobrase, no le paren ¿pero boxear? tú lo soplas y el Chino se cae solit,o jajaja. No, chico, porecito…

-Bueno, Toby, qué vainaé…

-Te defiendo, tonto. Yo no veo a Tamakún. Aquí no está Supermán. Y el tal Charles Atlas es pura paja. ¿Entonces, qué?

Y así, mientras que Toby me “defendía” de la turba, yo despertaba todavía enculillao y sudao. Siendo lunes, a la escuela. Mi papá se acercaba a la puerta del cuarto para darnos ánimo por la semana que empezaba y siempre armado de un poema:

-Como diría Charles Atlas:

“Que no es culpa de los lunes. Son sus vidas las que apestan”. Anota esa por ahí, mijito, porque si no pain, no game.

-Viejo, eso lo escribió Bukowski…

-Gran vaina. También se llamaba Charles. A paráse toel mundo, es lo que es.

Eziongeber Álvarez, narrador venezolano. Reside en Caracas.

 

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