ROBERTO GIUSTI – 

Si quisiéramos hacer una división simple y seguramente arbitraria de los emigrantes que están dejando atrás a Venezuela, podríamos encontrarnos, en medio de todo tipo de razones, con aquél que se fue pensando en el regreso y este otro que decidió quemar las naves, resuelto a rehacer por completo su vida y la de su familia en el país dentro del cual buscará reacomodo definitivo.

Entre ambos extremos, donde abundan los clase media con formación universitaria y facilidades relativas para insertarse en el país receptor, podríamos ubicar a un tercer tipo (dentro de poco la mayoría) que escapa despavorido de la hambruna y demás calamidades a los países vecinos. Este emigrante, el pobre, sin rumbo definido, ni mucho menos techo, carente de una carrera universitaria, con la familia a cuestas, aparece de la noche a la mañana en los comedores de caridad que improvisan voluntarios colombianos en Cúcuta (Norte de Santander, Colombia) o frente a los semáforos de Boa Vista (norte del Brasil) donde le sacan el cuerpo a la miseria limpiando el vidrio de sus automóviles a los desprevenidos conductores. Para estos, los terceros, su futuro se limita a cómo llenar el estómago a la hora del almuerzo y evitar su retorno a territorio venezolano. Lo demás son lujos impensables.

EL INCIERTO RETORNO

Si bien el socialismo a la venezolana ha golpeado por igual a las diferentes capas sociales, forzando su salida del país, la inmensa mayoría de quienes las conforman , desperdigados por los cinco continentes, se aferran con inamovible persistencia a las raíces de la patria, por muy lejos que esta se encuentre. Esto ha quedado demostrado con manifestaciones masivas como la del 15 de julio, cuando un millón de venezolanos participaron, desde afuera, en la consulta popular organizada por la Unidad Democrática.

¿Quiere decir esto que esa comunidad dispersa, pero firme en sus vínculos con la suerte del país, cree que su destierro será temporal y que el retorno está cerca?

Muchos así lo siguen pensado aun cuando el largo y sostenido esfuerzo de rebelión popular, con su carga de mártires, no haya logrado lo que se perseguía. Seguramente otros se han desilusionado, mientras que para algunos la disposición sicológica para aceptar el exilio como una realidad de largo aliento también se ha convertido en una realidad palpable, si tomamos en cuenta que hay exiliados con diez y más años sin pisar tierra venezolana.

Claro, no se puede vivir años soñando con la caída del chavismo sin apersonarse de que te encuentras en otra sociedad, a cuyas normas y formas de vida debes adaptarte si no quieres permanecer flotando en un micro universo de nostalgia por un país que no existe sino en tus recuerdos y en la frustración que eso te genera porque los malos siguen en el poder y nadie hace nada por evitarlo.

MORIR EN EL EXILIO

Entonces, ¿corren peligro los venezolanos en el exterior de morirse en el exilio esperando el cambio que nunca llega, como ha ocurrido con tantos cubanos?

Pues no. En Venezuela el pueblo está movilizado. Sale a la calle cuando se le llama, se dispone a votar si lo considera necesario y luego de cuatro meses de rebelión y desobediencia logró que el mundo comprendiera, con el apoyo de los venezolanos en el exterior, lo que está ocurriendo en el país. Pero si en algún momento alguien trae a colación la idea de una invasión habrá que refrescarle el episodio de la fallida invasión de la Bahía de Cochinos o de Playa Girón (según como se mire), la crisis de los misiles que vino después y el acuerdo que Nikita Khrushev le arrancó a John F. Kennedy de que nunca se intentaría algo similar.

En todo caso no es improbable que a muchos les ocurra lo que pasó con muchos exiliados chilenos, argentinos y uruguayos de los años 70 y 80, que luego de tantos años fuera de sus países se quedaron en Venezuela, a pesar de que, por fin, podían regresar porque habían echado raíces en el país del cual sus hijos y nietos escapan ahora para el reencuentro con la patria de sus padres y abuelos.

Roberto Giusti, periodista venezolano. Escribe desde Norman, Oklahoma (EEUU).

 

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