EZIONGEBER ÁLVAREZ

En un rato estaré afeitado, duchado y vestiíto, listo para contemplar desde mi pocillo humeante, el paso apurado de las neblinas. Pero ahora mismo no, porque camino a oscuras través de la sala para llegar aparatosamente a la cocina, recordando o planificando cosas, tú sabes, mientras me ajusto para salir al ruedo. La modorra, entretanto, conspira. Me atonta. He contado esto: A veces, no consigo recordar dónde encaleté el café. No de los demás, sino de mí. No recordar las vainas es un inconveniente que, como te imaginarás, irradia otros artículos de mi penar cotidiano. Las llaves, por ejemplo. Combato el asunto mentando madre bajito al mejor estilo de Lindo Pulgoso, el perrito aquel, pero nada que aparece el café. Claro, lo guardo para que me dure un poco más, ya te he dicho, pero ¿es extraño? Mucho. En el fondo, sé que trato de jugarme kikirigüiki con el café, para luego impresionarme de contento al conseguirlo.

—¿Puedes creerlo? Por esta ridícula demencia transitoria y mañanera que a veces padezco, es que pienso en tantas pendejadas, aunque bien podría ser exactamente al revés, añado, dudando a la manera cartesiana. Que no consiga el café me resulta intolerable, pero tengo que decirte: Puedo aguantarme unas medias dispares. Una camisa arrugada. Un desayuno, pana, excesivamente frugal. Y si tengo que machacar hasta la exasperación el tubo dentífrico o aprovechar la pinguita de agua que sale por la canilla, lo hago. Estoy consciente de que los pequeños incordios a los que me enfrento cada día, están claramente estipulados en un manual que casi nadie lee y que se intitula “Proyecto Nacional Simón Bolívar”. Supongo que tendrá otro nombre en Nicaragua. O en el Estado Plurinacional de Bolivia, sea lo que sea que esto signifique. En todo caso, la jauría roja latinoamericana atiende presurosa este llamado, porque no hay ni habrá gobierno latinoamericano —generalmente de izquierda—, que no se sienta tentado, dadas las increíbles ofertas que sólo China puede ofrecer al mejor estilo de las Quintas Leonor. Y ñiqui ñuqui, broder. China, paquenosentendamos, es la nave nodriza de los marcianos malucos del film “Independence Day”. Eso nos sitúa ante el peor escenario de todo el tiempo que tenemos echándole bolas a este planeta, pero el paisaje, que promete una conflagración interestelar por parte de los chinos, eso no lo vemos. No obstante, vuelvo a dudar, porque puedo estar pelao. ¿Para qué una guerra, si estos tipos le pueden comprar la conciencia a toda la América Latina de un solo coñazo? Les resulta más barato que llegarse a la cañona a someternos. Se la ponen bombita a los presidentes del área para que muerdan el anzuelo y lloren de alegría firmando la solemne entrega de sus aguas. De sus selvas. Del futuro del país:

“Qué más da”, me responde el otro que soy yo, que todavía está dormido: “Si igual, los chinos ya se inventaron un sol robótico y autolimpiante, como el horno de esta cocina, nagüevoná. Y termina de montar la pailita del agua, chico”

Beberme el primer café del día. Oh, si. A eso voy. Tú seguramente precisas del novedoso sistema súper high tech, que he diseñado para su elaboración, después de fijarme por años en el desempeño culinario de las mujeres en mi familia. No digo que sea el mejor café del mundo, pero si lo hago yo, es garantía de que vendrá como Dios manda. Es que, igual que para echar pulso, el asunto con colar un buen café, está en la muñeca, decía mi papá, que era experto en hacer guarapos y también en ganarle en pulso a los kilúos del Servicio Panamericano a punta de descuidos y otras engañifas. “Mira, pura muñeca”, les decía mi viejo muy orgulloso y los carajos se reían.

Ahora, el otro punto. Chico, los sueños. Hablar de los sueños, es decir, contar un sueño, es inherente al ser humano, se sabe. Dicen que los animales también sueñan, pero sólo nosotros despertamos de pronto en plena madrugada y nos sentamos en la cama a preocuparnos por la gente que allí vimos o por si el sueño que acabamos de tener, vino en colores o en blanco y negro.

Como tópico principal, cuando nos ponemos hablachentos, que siempre es mi caso, los sueños van de la mano con la muerte, las dictaduras, la libertad, el amor, el sexo, los dolores de barriga y la teoría del caos. Achanta la moña, que ya te explico. Es que acabo de soñar con Putin reunido en el gélido Kremlin con todos sus panas:

—Qué bolas, chamo. Resulta que me llamó Padrino López para contarme chistes de “Cómo se dice en…”. A mí, que soy el dueño y señor de la Tierra y de las Matrioskas.

—¿Cómo cual?

—Como ese chiste, de cómo se dice bailarina en ruso…

—¡Lo conozco! “Sibrinka Sedespetronka”, muajajajaja. Y el otro: ¿Cómo se dice flaca en ruso? ¡Palauskova! ¿Qué te parece, mi panita Putinovich?

— Tú si eres caído del catre, chamo. Mira, manden a este pajúo paun gulag. ¡Pero, yaaaa!

—¡No, por piedad! Usted, mi amo, es más arrecho que Newton, Laplace, Poincaré y Lorenz, juntos. Meten a estos tipos en una licuadora y no le llegan por la cintura.

—…te escucho…

—Es que usted ha resuelto uno de los enigmas más grandes en la historia de las matemáticas, la física, la meteorología, la economía y cuánta vaina, con ese asunto del Caos, de los fractales y del vuelo de la mariposa.

—Si no entiendo lo que me dices en tres segundos, pasarás el resto de vida en chirona, como decía Negrete.

—El Caos dejó de ser una teoría, gracias a nuestro Putin. ¡Usted es el Caos mismo, oh, Ultramán de Siberia! ¿Será posible que teniendo que enfrentar los desvaríos de Ucrania, que no termina de someterse, usted amenace con desplegar su arsenal en Venezuela y en Cuba?

—Se hace lo que se puede.

—Que si tuviera tanto rial como los chinos, no me empato en esa ni de vaina.

—Ajá ¿Y sabe qué distancia hay entre Kiev y Caracas?

—10.000 Kilómetros.

—Ahí tiene. Usted amenaza con meterse en Venezuela, pero anda meneando el carato en las fronteras de Ucrania. La gente se pregunta, que tiene que ver el culo con las pestañas, pero eso a usted no le importa, ¡Oh, Señor de las estepas rusas y Resolvedor de Teorías Enredadas! Usted toma Pim y Maduro hace Pum como en Condorito. Con eso le digo todo.

—Te salvaste, es lo que es.

Ya estoy duchado, afeitado y vestiíto. Y con mi pocillo de café en la mano, y sentado ya en la terraza, noto que las neblinas van más rápido que de costumbre y eso concita una honda y última reflexión. Maduro empeñó nuestro país. O lo vendió al mejor postor sin dolor de su alma, que al cabo es lo mismo. Pensar en eso me abruma. Me aturde. Me siento como el boxeador que va perdiendo por puntos y le queda el último round:

—¡O noqueas o te jodes porque el negro te está dando medio palo!

—Marico, el tipo esquiva todo…

—No sé. Pégale un tiro, invéntate una. Trata de darle un solo carajazo, que perdemos por bastante. Aplica la de Lumumba y tíralo de largo a largo.

—¡Apúrate que nos están dando zapatero!

—Nojoda, zapatero te estarán dando a ti, que estás en la esquina de lo más de pinga. ¡A mí me están dando una coñamentazón!

Eziongeber Álvarez, narrador y humorista venezolano. Reside en Caracas.

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