RAFAEL CRODA/ Proceso
Este año 90 mil venezolanos se han internado en Colombia en busca de un futuro. Se suman al medio millón que hicieron lo mismo en 2017: abandonar el país donde los salarios ínfimos y la escasez o carestía de alimentos ya no les permiten sostener a sus familias

 

Llegan a Colombia con un par de mudas de ropa que cargan en viejas maletas, en costales o en bolsas de plástico. Traen a sus niños en brazos. Algunos han caminado varios días por las peligrosas carreteras del fronterizo estado Táchira, la mayor puerta de salida de los venezolanos que abandonan su país. Miles de ellos llegan cada día a Colombia en busca de trabajo, comida o para seguir a otros destinos. La crítica situación en Venezuela, donde el salario mínimo mensual equivale a tres dólares y los alimentos son escasos o inalcanzables para la mayoría de la población, genera una oleada migratoria que desborda a las autoridades locales. “Esto es una avalancha incontenible. Ya estamos frente a una catástrofe humanitaria. La mayor crisis de refugiados en el mundo se trasladó de Siria a la frontera colombo-venezolana”, dice Francisco Barbosa, abogado y especialista en relaciones internacionales.

Un protagonista de esa crisis es el venezolano Jason Ramírez, quien llegó a Colombia desde Caracas tras seis días de trayecto en autobús y a pie. Vino con su esposa, Katia, y sus hijos de siete y cinco años. “En el último tramo nos robaron, no nos dejaron ni para el bus”, recuerda. Cuenta que estaban durmiendo en una calle en San Cristóbal, Venezuela, a donde habían llegado el 6 de diciembre pasado, cuando dos motociclistas armados les quitaron todo su dinero, unos 50 dólares con los que esperaban llegar a la nororiental ciudad colombiana de Cúcuta. “Tardamos dos días más en llegar a San Antonio del Táchira (donde está el puente internacional para cruzar a Colombia). Nos fuimos caminando, sin nada que comer, sólo cositas que nos regalaban en el camino. Mi esposa se desmayó dos veces. De hambre. A mucha gente le pasa eso, o se le baja la presión por la misma hambre. Hay que darle dulces o panelita para levantarlos”, asegura.

En las plazas, jóvenes venezolanos ofrecen artesanías o dulces caseros a cambio de una ayuda voluntaria.

Jason y su familia pasaron a la ciudad colombiana de Cúcuta por el puente internacional Simón Bolívar, por donde cada día cruzan a Colombia unos 37 mil venezolanos. Algunos van de compras a Cúcuta, a conseguir productos básicos y medicamentos, y el mismo día regresan a su país. Otros, cada vez más, se quedan en Colombia. De acuerdo con Jason, quien lleva mes y medio en Bogotá, decidió irse de Venezuela porque el año pasado cerró el pequeño restaurante de arepas (tortillas de maíz más gruesas que las mexicanas, y por lo general rellenas de queso y carne) en el que trabajaba como mesero.

“Mi situación –afirma– era muy desesperada. Casi no teníamos qué comer, mi esposa y yo hacíamos una comida al día, los niños dos, y no conseguía trabajo. Mi país está quebrado. Mi suegra es diabética y ya le han dado dos comas por falta de insulina”.­

Su suegra le prestó 20 millones de bolívares (la moneda venezolana) que Jason convirtió en 200 dólares en el mercado negro de divisas para viajar a Colombia, donde tiene un hermano que llegó hace dos años. Cuando cruzó legalmente la frontera y estuvo en Cúcuta, llamó a su hermano a Bogotá para que le mandara dinero. Sólo lo pudo hacer a finales de diciembre.

Mientras le llegaba “la platica”, vivió con su familia en una plaza de Cúcuta, junto con otros inmigrantes venezolanos, y pedía dinero en las calles. Con eso comían él y su familia. “Cuando uno come, hermano, lo demás viene solo”, asegura. Jason dice que en Venezuela era pobre y aquí también, “pero en Colombia cuando menos hay comida y hay trabajo”.

Como la familia Ramírez ingresó legalmente y ha seguido el procedimiento de registro migratorio que estableció el gobierno local para los inmigrantes venezolanos, Jason, su esposa y sus hijos tienen acceso gratuito a la salud pública. Los cuatro viven en el departamento de una habitación del hermano de Jason, quien les consiguió trabajo a él y a su esposa como encargados de la limpieza en una clínica odontológica. Un grupo de venezolanos residentes en Colombia los ayuda con una despensa semanal, en lo que acaban de acomodarse.

El matrimonio estima que el mes próximo estará en condiciones de rentar un pequeño departamento en un modesto sector del sur de Bogotá. Mientras, Jason y su familia duermen en la sala del departamento de su hermano Jorge, quien vive con su esposa y sus tres hijos. “Estamos hacinados, pero tenemos techo y, después de vivir en la calle, uno le agradece eso a Dios. No faltan los que discriminan y nos ven mal por ser venezolanos, pero yo estoy agradecido con este país”, señala.

–¿Piensa volver algún día a Venezuela? –se le pregunta.
–No sé. Puede ser que lo haga cuando caiga Maduro.


Según Migración Colombia 40% de los inmigrantes venezolanos está en Bogotá, 9% en Medellín y 7% en Barranquilla.

LA DIÁSPORA
En 2017 unos 525 mil venezolanos ingresaron legalmente a Colombia y se quedaron aquí. En lo que va de este año ya lo han hecho otros 90 mil. Esta cifra es mayor que el número de refugiados sirios y africanos que llegan a Europa en el mismo lapso. Pero si se suman los 500 mil inmigrantes que, según estimaciones extraoficiales, entraron a Colombia en el último año como indocumentados por las casi 300 “trochas” (pequeños caminos de terracería) que hay a lo largo de la extensa frontera común, el número de venezolanos que están en Colombia superaría el millón 100 mil.

“En unos pocos meses aquí vamos a tener a 2 millones de venezolanos. Esto es algo que Colombia no puede enfrentar sola. No hay ninguna capacidad para reaccionar ante esto”, dice Barbosa, profesor de la Universidad Externado de Colombia y quien hace unos días visitó la zona fronteriza. Afirma que lo está ocurriendo allí desborda a todas las autoridades.

“Los inmigrantes están durmiendo en las calles y las plazas de Cúcuta, piden dinero en los semáforos y consiguen trabajos con salarios muy bajos, lo que desplaza a la mano de obra local. Todo esto genera una presión social que puede estallar en cualquier momento. Estamos muy cerca de que esto genere violencia”, asegura.

Esa situación se replica en ciudades colombianas cercanas a la frontera, como Bucaramanga, Pamplona, Arauca y Saravena, donde los alcaldes aseguran que han aumentado el desempleo, la prostitución y la inseguridad. Según la fiscalía colombiana, en enero pasado fueron detenidos 256 venezolanos que cometieron algún delito, cifra superior en 228% a la de enero de 2017.

El alcalde de Cúcuta, César Rojas, dice que unos 3 mil venezolanos ingresan cada día a Colombia –alrededor de 90 mil al mes– con el propósito de quedarse para buscar trabajo o intentar llegar a otras naciones. “Muchos se están quedando en las ciudades fronterizas y eso aumenta la inseguridad. Nosotros tenemos que ayudarles, pero no para que se queden acá. Estamos viendo casos muy dramáticos, como niños abandonados por sus padres en las calles. Atender este problema es muy complicado”, señala.

Según los registros de Migración Colombia (la autoridad de Control Migratorio y de Extranjería del Estado Colombiano), 40% de los inmigrantes venezolanos está en Bogotá, 9% en Medellín y 7% en Barranquilla. Su presencia se nota en todas las ciudades medias y grandes del país. Es común verlos vendiendo baratijas o cantando en los sistemas de transporte público y en las calles. En las plazas, jóvenes venezolanos ofrecen artesanías o dulces caseros a cambio de una ayuda voluntaria.

Miles de ellos trabajan en negocios como salones de belleza, restaurantes y comercios, donde no faltan empleadores que se aprovechan de su necesidad y les pagan salarios por abajo del mínimo legal. También han llegado miles de profesionistas que revalidan sus estudios para incorporarse al mercado laboral colombiano. Hay dentistas, ingenieros, abogados y administradores de empresas preparados en universidades venezolanas de alto nivel. Pero mientras pueden empezar a ejercer en Colombia, deben trabajar en lo que sea.

Freddy Farías, un ingeniero en electrónica de 26 años, llegó en 2016 a Bogotá procedente de Maracaibo y trabaja como repartidor de pizzas en lo que concluye su procedimiento de revalidación de estudios. Pero no todos los inmigrantes venezolanos quieren quedarse en Colombia. Cada mes, unos 54 mil viajan desde este territorio a otros países, principalmente a Perú, Ecuador, Argentina, Chile, Estados Unidos, España, Panamá, México, Brasil y Costa Rica.


El presidente Juan Manuel Santos viajó a Cúcuta para poner en marcha un plan de contingencia que incluye la construcción de un albergue para 2 mil personas,

DEUDA DE GRATITUD
El gobierno colombiano sostiene que es hora de ser solidarios con los venezolanos que llegan expulsados por la severa crisis económica, política y social de su país. Entre los cincuenta y los noventa, millones de colombianos emigraron a Venezuela atraídos por la bonanza petrolera de la nación vecina, que tenía el ingreso per cápita más alto de la región. Eran tiempos difíciles en Colombia, azotada por la violencia y el narcoterrorismo.

Aunque no hay una cifra precisa, en Venezuela se ha llegado a estimar que unos 5 millones de colombianos –por nacionalidad u origen– viven en ese país. Esa cifra equivale a 15% de su población. Muchos de ellos tienen la doble nacionalidad y están regresando en esta oleada migratoria que ahora se mueve en sentido inverso.

El jueves 8, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, viajó a Cúcuta con buena parte de sus ministros para poner en marcha un plan de contingencia que incluye la construcción de un albergue para 2 mil personas, un plan de empleo para los inmigrantes y la ampliación de los servicios públicos de salud y educación primaria en las zonas más críticas. En dicho plan participan la Agencia de la ONU para los Refugiados y la Organización Internacional para las Migraciones.

Santos también anunció el refuerzo de los controles migratorios y el envío de 3 mil nuevos policías y militares a la zona fronteriza, donde además de tráfico y trata de personas se presentan fenómenos delictivos, como el tráfico de drogas y el contrabando a gran escala.

El presidente recordó que Venezuela fue un país muy generoso con los colombianos cuando éstos emigraron en busca de mejores condiciones de vida. “Por eso pido que evitemos la xenofobia y las actitudes hostiles contra los venezolanos”, señaló. Y es que, entre más aumenta la inmigración venezolana, más crece en un sector de la sociedad colombiana la discriminación contra ellos.

El miércoles 14 de febrero Leonardo Márquez, un técnico venezolano en seguridad industrial, cumplió cinco meses en Bogotá y dice que se siente “frustrado” de su experiencia en este país. “Hay mucha xenofobia –asegura–, cada día se siente más. A mí me echaron de una cafetería en la que trabajé un mes como encargado, por ser venezolano. Así me lo dijeron: ‘No queremos trabajar ya con venezolanos’. Siento que aquí se nos cerraron todas las puertas.”

Un factor que no ayuda es que Colombia está inmersa en las campañas electorales para los comicios presidenciales de mayo próximo y algunos candidatos han visto en la inmigración venezolana un tema de uso político.

Germán Vargas Lleras, candidato presidencial derechista que el año pasado llamó “venecos” a los inmigrantes venezolanos, cree que ya hay suficientes dificultades en Colombia como para atender “a la gran masa de gente que demanda salud, educación, vivienda y empleo… y también nos ha llegado gente muy malosa, mucho delincuente”.

Leonardo Márquez, su mujer y sus dos hijos piensan irse a Ecuador. “De Colombia nos vamos a ir con un mal recuerdo. No queremos ser una carga, nos avergüenza ser una carga, y aquí los venezolanos ya son vistos como una carga”, señala.

Desde luego la mala experiencia de Leonardo, quien dice que sus hijos sufren discriminación en la escuela, contrasta con lo que han vivido cientos de miles de venezolanos que encontraron en Colombia nuevas oportunidades de desarrollo.

Jeanette Rodríguez, una caraqueña con una maestría en administración de negocios, logró revalidar sus estudios en una universidad colombiana y hoy tiene una carrera ascendente en una cadena hotelera local. “Colombia me brindó, a mí, a mi familia y a muchos compatriotas que conozco, oportunidades que nunca tuvimos en nuestro propio país. Eso no se olvida”, asegura.

Aunque con menos intensidad que Colombia, Brasil también está resintiendo los efectos de la crisis venezolana. El pasado miércoles 14, el presidente brasileño, Michel Temer, se reunió con sus ministros para diseñar un plan humanitario en la frontera con Venezuela, donde la situación es considerada “muy grave” por el mandatario.

En los últimos meses, unos 40 mil venezolanos han llegado a radicarse en Boa Vista, capital del fronterizo estado brasileño de Roraima, donde por ese efecto la población aumentó de súbito 12%.

Entre los que han llegado hay dentistas, ingenieros, abogados y administradores de empresas egresados en universidades de alto nivel y que terminan trabajando en lo que sea.

DESESPERANZA
El PIB de Venezuela se ha desplomado 40% desde que Nicolás Maduro llegó al poder, en abril de 2013. Este año retrocederá otro 15% y la inflación llegará a 13000% –la cifra más alta del mundo–, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional. Este desastre económico ha elevado los niveles de pobreza a cifras nunca vistas. La Encuesta sobre Condiciones de Vida –que realizan tres prestigiadas universidades– indica que 81.8% de los hogares del país eran pobres en 2016. Y se espera que los resultados de 2017 ronden 90%.

El salario mínimo, de tres dólares mensuales, sólo alcanza para que una familia de cuatro miembros coma una vez al día, siempre y cuando tenga acceso a la dotación de alimentos que proporciona el gobierno con fines clientelares. “Esto es una catástrofe humana sin proporciones. Es probable que el nivel de mortandad de 2017 y 2018 alcance el millón de personas. Hay un aumento alarmante de enfermedades, como difteria y malaria, y los problemas de generación eléctrica, escasez de gasolina y criminalidad se están acentuando. Venezuela ya es un país invivible. Por eso la estampida”, escribió en un artículo Ricardo Hausmann, economista y profesor de la Universidad de Harvard.

Un estudio de la encuestadora venezolana Consultores 21, divulgado el mes pasado, encontró que 29% de los hogares venezolanos tiene, en promedio, dos miembros que han emigrado a otras naciones en los últimos años. Esto quiere decir que 4.1 millones de personas se han ido del país, cifra que equivale a 13% de la población y que sólo es menor en 20% al número de personas que se han ido de Siria por la guerra.

Según datos de Consultores 21, 40% de los venezolanos quiere salir del país en busca de una nueva vida. Maduro sostiene que Venezuela “es un país pujante” y que la falta de alimentos y medicinas “es un cuento falso”. Incluso rechaza la ayuda humanitaria que le han ofrecido con insistencia Colombia, Brasil, la Unión Europea, la ONU y muchos países más.

El director de la ONG Fundación Redes, Javier Tarazona, quien trabaja con inmigrantes venezolanos en la zona fronteriza con Colombia, dice que la negativa de Maduro a recibir ayuda humanitaria “es una perversidad mayor que revela por sí sola la naturaleza del régimen”.

Si Maduro acepta abrir un canal humanitario “sería, en su lógica, reconocer el estrepitoso fracaso de un modelo que se dice socialista pero que es incapaz de proporcionar comida y salud al pueblo, y eso nunca lo va a hacer”. Pero de la misma forma, agrega Tarazona, “al régimen venezolano le queda imposible contener esta tragedia de migrantes que se van del país cargando su desesperanza y su incertidumbre”.

Barboza dice que es urgente realizar una reunión continental para actuar de manera conjunta y coordinada frente a la crisis humanitaria en Venezuela. “Colombia no puede atender sola un problema de esta magnitud. La solidaridad continental tiene que manifestarse”, afirma

Publicado en www.proceso.com.mx

 

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