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Ali vs Frazier, la batalla del odio

 Jesús Cova. Los que la presenciaron, agrupados en la antes llamada meca del boxeo, el Madison Square Garden de la Gran Manzana, y que compraron entradas de 25 dólares, un gran precio para la época, casi repleto en su aforo de unas 22 mil personas, los cerca de 300 millones que la vieron en cines y en circuito cerrado de TV y los cientos de millones que después la han observado en videos, no vacilan en asegurar que nunca hubo, ni habrá jamás, una pelea tan épica, memorable y de mayor interés en la historia, solo parangonable, acaso, a la del propio Ali vs George Foreman el 30 de octubre de 1974, sorprendentemente ganada por KOT en el octavo round por Muhammad Alí.   Nos referimos a aquel combate bautizado por los críticos como la Real Pelea del Siglo XX entre Muhammad Ali, el “Bocazas”, el impactante púgil que se movía incesantemente por todo el ring con los brazos extendidos a un lado del cuerpo, y el recio pegador Joe “Smokin” Frazier, dueño del mejor gancho zurdo que se recuerde, ambos invictos, ambos los mejores pesos completos de su época. Ambos enemigos irreconciliables dentro y fuera del encordado, ambos campeones olímpicos en el aficionado, el primero en Roma-60, el otro en Tokio-64. MÁS QUE UNA PELEA Aquello ocurrió el 8 de marzo de 1971, 53 años atrás en el tiempo. Esa es la historia que hoy recontaremos. A despecho de lo puramente deportivo el encuentro fue una guerra con elevados ribetes de carácter político-social. De un lado estaban los partidarios de Joe Frazier, el “negro bueno”, el dócil y buen ciudadano respetuoso del establishment, un fan de la patria, respaldado por una numerosa porción de sus hermanos de raza y por los blancos supremacistas, sarcásticamente llamado Tío Tom y gorila por su oponente de aquella noche y quien se presentaba a las ruedas de prensa con un gorila de juguete, entre otras muchas burlas para humillarlo y amedrentarlo. Ali, el desafiante, tenía de su lado a la casi total mayoría de sus iguales en piel y de buena parte de los jóvenes blancos antibelicistas, solidarios con él por su férrea negativa a combatir en Vietnam y quien por ello era visto, y en efecto lo era, acérrimo contestatario del orden establecido, desde el momento de su conversión al islamismo cuatro años antes, lo que le dejó sin coronas y en peligro de ir a presidio por 4 años, del que escapó gracias a la habilidad de sus abogados. La posición de su lucha en pro de los derechos civiles y de raza la resumió en una breve frase de la profesora Amira Rose Davis, de la Universidad Estatal de Pensilvania: “Fue (Ali) denigrado por ser franco, denigrado por su oposición a la guerra y denigrado por sus conexiones con la Nación del Islam”, adujo Davis, quien agregó que “Frazier llega a simbolizar una especie de América más complaciente y conservadora.” Por su lado el historiador de boxeo Mike Silver indicó que “la pelea no era solo una batalla por los premios. Tenía otras dimensiones: las dimensiones de la raza, la política, la guerra de Vietnam”. Ese clima tenso, de país dividido, más de corte racial y político que deportivo, repetimos, era el que flotaba en el aire cuando los dos hombres subieron al ring del Madison Square Garden y fue ese el ambiente que privó durante los 15 tramos del mismo, con ambos bandos en permanentes y acaloradas discusiones y hurras de uno y otro lado según lo que pasaba sobre el ring. Naturalmente también debe anotarse que esa luminosa noche encandiló más aun con la presencia de decenas de celebridades del mundo del espectáculo (cine, radio, teatro, televisión), de las finanzas, de la política… Todo aquel con un mínimo de notoriedad quería estar allí. Así, junto a las casi 20 mil personas que coparon el Garden se ubicaron en asientos decenas de personalidades como Diana Ross, Dusty Hoffman, Barbra Streissand, Bob Dylan, Hugh Hefner, Woody Allen, Diane Keaton, el famoso actor Burt Lancaster –quien fungió de comentarista imposible de acallar para un canal de TV al lado de Howard Cosell-, el prestigioso escritor Norman Mailer, autor de una crónica de la pelea y una especialísima personalidad, el actor y cantante Frank Sinatra, “La Voz”, contratado como fotógrafo por la revista Life de fotógrafo, papel que cumplió discretamente en cuanto toca a la calidad de sus gráficas. También se hallaba presente un joven Bob Arum, abogado de los Kennedy y un hoy afamado promotor, y quien años más tarde organizaría unas 12-16 peleas de Ali, de quien fue abogado en el combate. Arum iba a montar la pelea, pero desistió por suponer que no iba a poder cubrir los gastos con entradas a 10 dólares. Él recogió en pocas palabras el clima que rodeaba el evento diciendo que era la reunión “de la ira, la irracionalidad, el odio.” En noviembre del año anterior Ali había retornado al boxeo y a recuperar su tenuemente apagada fama como gladiador. Volvía luego de una ausencia forzosa desde 1967 y de una dura batalla legal, pues el 28 de abril de ese año se había quedado sentado, en dos ocasiones, sin responder al llamado a dar el paso al frente en la sede de conscriptos de Houston, Texas, para ir como soldado a la guerra de Vietnam. Por ello perdió la matrícula de boxeador de la Comisión Atlética de Nueva York y poco más tarde se le despojó de las fajas mundiales AMB-CMB y de The Ring, ahora en poder de Frazier. Ali había conquistado el fajín por primera vez el 25 de febrero de 1964 con poco más de 22 años de edad por KOT en el sexto asalto ante Sonny Liston y contaba con 8 exitosas defensas, 6 resueltas por KO -una de ellas en la revancha a Liston, en el primer round— y se encontraba en óptima condición física. Al regresar luego de tres años y medio inactivo venció a Jerry Quarry en tres vueltas el 26 de octubre 1970 y por KOT en 15 asaltos al argentino Oscar “Ringo” Bonavena el 7 de diciembre del mismo año. Aquel 8 de marzo Ali, 1,91 de estatura, 10 centímetros más que el rival, subió con 212 libras (96,166 kilos), de trusa roja y marca de 31 victorias, 26 por KO, 29 años y 2 meses de edad para chocar con Frazier, 205,5 libras(93,213 kilos), de verde y dorado, 27 años y 2 meses, récord de 26-0-0, 23 nocauts, para exponer sus fajines AMB y CMB que habían sido de ALI y que ganó en 4 rounds frente a Jimmy Ellis el 16 de febrero de 1970. Nunca antes dos invictos habían batallado por el cetro de todos los pesos. Cuando sonó la campana inicial del combate se calcula, como dijimos, que al menos 300 millones de personas estaban en salas de cine o frente al televisor y vieron a Ali dominar los dos primeros tramos antes de ser sacudido y estar a punto de caer en el tercer asalto por uno de los devastadores ganchos izquierdos de Frazier. Las vueltas siguientes fueron una sucesión de fuego graneado de ambas partes con el campeón en ligera aunque clara ventaja. Ali a ratos retrocedía para evadir los recios impactos del rival, quien no cesaba de atacar. En el último asalto, el quince, Frazier atrapó al retador con su letal cruzado zurdo y Ali se desplomó como un saco relleno de aserrín. Aunque se levantó precariamente a los 8 segundos del conteo, ya todo estaba decidido. Bajo el sistema de puntuación por rounds el titular se llevó el fallo por unanimidad: el famoso y legendario árbitro Arthur Mercante dejó 8-6-1 asaltos por Frazier y los jueces Artie Aidala y Bill Retch votaron 9-6 y 11-4, respectivamente, igualmente favorables al campeón. Vale añadir que los contrincantes se prodigaron a tal grado en procura de la victoria que ambos fueron a dar al hospital por un par de semanas, altamente recompensado el percance con la bolsa, impensable para aquellos lejanos días, de 2 millones 500 mil dólares para cada uno, pagados por los promotores Jerry Perenchio y Jack Kent Cooper, este entonces dueño del equipo de basquetbol profesional Los Ángeles Lakers. Los organizadores del combate lograron ganancias superiores a los 11 millones de dólares en venta de entradas y transmisión en cines y en circuito cerrado y abierto en 370 sitios de EU al igual que en África, Asia, Europa. La recaudación global superó los 45 millones de dólares. Poco tiempo después, en un almuerzo con Frazier, el veterano cronista de boxeo Jerry Izemberg contó que en el restaurant un pequeñín se les acercó para decirle al campeón que su papá había dicho en casa que Ali “peleó drogado”. Frazier abrazó paternalmente al muchachito y le dijo que sí, que le dijera a su papá que “Es cierto. Ali peleó drogado… lo drogaron tres ganchos de izquierda”. Tres años después Ali y Frazier se vieron las caras por segunda ocasión, exactamente el 28 de enero de 1974 y el primero tomó desquite en una tediosa pelea fuera de título por decisión unánime en el mismo Madison Square Garden y en una tercera ocasión, el 1 de octubre de 1975, en un combate que comenzó a las 10 y tantos de la mañana y que el promotor Don King bautizó The Thrilla In Manila (Suspenso en Manila) nuevamente Ali terminó con el brazo en alto en el Coliseo Araneta de Ciudad Quezón, Metro Manila, Filipinas, cuando su oponente no pudo responder al tañido de la campana para el penúltimo 14° asalto, rendido por la dramática y violenta refriega y por los 40 grados centígrados de temperatura. Un par de segundos después Ali se desmayó en su rincón. Dijo luego a los periodistas que “nunca había estado tan cercano a la muerte”. Ali, el único que ha ostentado tres veces el cetro de todos los pesos (1964-74-78) cesó la actividad, aureolado por su colosal fama como púgil (jamás igualada, ni de cerca, por ningún otro, hasta hoy) además de infatigable luchador en pro de su raza y de su religión, lo que hizo luego de unos 17 años sobre el ring entre 1960 a 1981, sin contar el obligado retiro por más de tres años. Se fue con récord de 56-5-0, 37 nocauts a favor, uno en contra y falleció en Scottsdale, Arizona, el 3 de junio de 2016 a los 74 años por complicaciones respiratorias agravadas por el Parkinson diagnosticado en 1984. Frazier peleó entre 1965-81 y dejó registro de 32 (27)-4 (3 KO)-1. Nacido en una población de Carolina del Sur, murió de cáncer hepático el 7 de noviembre de 2011 a los 67 de edad en su ciudad de adopción, Filadelfia, Pensilvania. Jamás perdonó a Ali -por quien abogó ante el presidente Ronald Reagan para que le devolvieran la licencia de boxeador— las humillantes ofensas que le infirió.
Jesús Cova. Periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas Venezuela

Oigo una voz que me dice

OMAR PINEDA. Acabábamos de desayunar mandocas, queso blanco rayao y café con leche, que es lo que servía mamá los sábados y domingos. Por ahora dificulto que lo recuerde con exactitud pero mi hermano me entretenía –recostados plácidamente los dos en la pared de la casa– contándome algo erótico que le pasó con una chama del bloque siete cuando, de repente, emerge Ramoncito. Fue un celaje en mitad del camino, presencia insospechada, la caída fortuita e inoportuna que nadie desea dado que Ramón Guevara aparecía en la lista que circulaba de boca a oído dando cuenta del top ten de los más malos del vecindario. Registraba dos homicidios entre otros agravios, según la lista que se citaba en voz baja cuando lo veíamos cruzar la esquina, lo suficiente como para evitarlo cambiando de acera. No eran todavía los años de la droga, y apenas el olor peculiar de la marihuana generaba aislados comentarios. Pero había una razón de más para mosquearse ante Ramón, tipo extraño no tanto porque fuese hermano de otro malo, Alfredo “Superman”, sino porque después de cada fumada detrás del bloque, su cerebro, que ya lo tenía frito, le rechinaba como el desesperado frenazo de un carro antes de estrellarse contra la pared. De tez morena, casi siempre mal vestido, piel gruesa y resbalosa como si sudara las 24 horas y la mirada perdida, Ramón –Ramoncito, lo saludábamos– no encajaba fácil en el paisaje de un barrio donde gravitaba la quietud sino que, al contrario, su presencia traía el ruido que dispersa a la gente en las esquinas. Verlo era apostar a lo peor que estaba por suceder. Por eso cuando emergió como caído del cielo, desde luego que nos encabritamos. Su voz sonaba esquiva, apagada. Dijo sin mirarnos “acabo de escuchar al diablo y me ordenó que me llevara a dos”. Entenderán ahora el brinco de asombro y cómo de forma instantánea Teo y yo emprendimos la huida en direcciones opuestas mientras Ramón sacaba de la cintura un cuchillo, no tan grande pero lo suficientemente filoso como para que este relato no fuese contado. ¿Qué hicimos? Bueno, para quienes no nos conocieron, Teo y yo hacíamos atletismo, en cierto modo para emular a nuestro hermano Arístides. El salto y la carrera simultáneos lo desconcertaron impidiéndole cumplir el llamado de su extraviada mente. Así que se giró hacia todos los lados en busca de alguien pero me olvidé subrayar que eran las ocho de la mañana de un sábado perezoso, de esos que por lo general no se abre al público sino cerca del mediodía. La dulce tibieza de esa mañana se le dificultaba. Hasta que apareció Remigio, un peruano que había alquilado una habitación en casa de los Colmenares y bajaba por la escalera de la letra C quizás rumbo a su trabajo. Pocos lo conocían. Remigio era un hombre discreto, sereno, de unos cuarenta años, delgado, cara fina, precisa, poco conversador. Ignoraba que esa mañana en el callejón oculto de su destino le esperaba Ramoncito buscando con un puñal la abolición de su extravío. Entonces si salieron a curiosear para ver al muerto, y la prisa de la noticia se esparció atrayendo a otros de más lejos. Mientras Ramón era finalmente apresado por la policía y sus manos se asomaban hundidas en sangre, Teo y yo compartimos una mirada de alivio y complicidad. Acordamos no contarle a nadie cómo se fraguó el crimen y si hubo ocasión para evitarlo. Lo archivamos para siempre. Solo volvimos a recrear el suceso en los años setenta cuando sonaba en la radio la salsa “Agúzate”. Entonces, si estábamos cerca, Teo y yo esperábamos que Richie Rey y Bobby Cruz dijeran “siento una voz que me dice agáchate que te están tirando”, nos mirábamos sin pestañear y ahorrándonos las palabras cada cual pensaba en Ramoncito.
Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España
 

60 años de una corona

JESÚS COVA. Este domingo 25 de febrero se cumplen 60 años de la noche en que un joven boxeador nacido en Louisville, Kentucky, de apenas 22 años y 2 meses, y quien cuatro años antes había ganado la medalla de oro en semipesado de los Juegos Olímpicos de Roma (1960), nacido Cassius Marcellus Clay, y cuatro años después llamado Muhammad Ali -tal como lo recuerda el mundo- se coronó por vez primera, de cuatro en su larga y exitosa carrera, como monarca de todos los pesos. Su rival: Sonny Liston, un temido noqueador de 32 años que subió al ring, con el favoritismo de 8-1 para ser ampliamente superado en 6 rounds de aquella que fue promocionada como La Pelea del Año, por un rival que lo aventajó en velocidad y habilidad, con un estilo pocas veces visto en la máxima división y cuyo desenlace dejó boquiabiertos a los poco más de los 2.500 espectadores sentados en el Centro de Convenciones de la playa de Miami, Florida, con un aforo estimado en unos 5 mil espectadores pero que solo atrajo a la mitad de compradores de esas 5 mil entradas puestas en la venta. Apabullado por un contrincante diez años más joven e invicto en 19 peleas desde su debut en 1960 y con 14 nocauts propinados, el hasta entonces campeón, que tenía marca de 36-1-0 y 26 nocauts, arrió la bandera de la rendición 18 minutos después del comienzo de las acciones. Cuando la pelea finalizó las tarjetas del árbitro Barney Félix y de los jueces BunnyLovet y Gus Jacobson marcaban 57-57, 56-58 y 59-56, respectivamente. La derrota dejó a Sonny Liston sin los cinturones de la Asociación Mundial de Boxeo, de la Comisión Atlética de Nueva York y la del recién creado Consejo Mundial de Boxeo. Antes de concretar su triunfo, un incidente estuvo a un tris de cambiar la historia de la pelea y de quien se convertiría en una leyenda viva: al terminar el tercer round Clay (Ali) regresó a su esquina y le pidió al entrenador Angelo Dundee que le quitara los guantes, que abandonaba el combate:”Estoy ciego, no puedo ver. Él tiene algo en los guantes que me irritó los ojos. No puedo seguir peleando”, le dijo. Dundee lo tranquilizó y le pidió que saliera al sonar la campana y que se alejara de Liston. Eso hizo Clay, que apenas lanzó uno que otro golpe en los 3 minutos del cuarto asalto. En el quinto round, ya restablecida la visión, Clay atacó al rival con una ofensiva de ambas manos y Liston volvió a la esquina aturdido, devastado. La ofensiva de Clay en el sexto, de precisas y contundentes izquierdas y derechas, terminaron definitivamente con la resistencia del favorito del corto encuentro. “CLAY ES NOMBRE DE ESCLAVO” En los meses previos a la pelea el vencedor se había burlado sin parar y de todas las maneras posibles del adversario, a quien llamaba “el Oso Feo” mientras que él se autonombraba “el boxeador más guapo del mundo”. Inclusive colocó,en el jardín de la casa que ocupaba, una trampa para osos. Esa noche, en la que verdaderamente nació su leyenda Cassius Clay, luego Ali, se recostó de las cuerdas al final del combate y gritó hacia los cronistas de boxeo: “¡Tráguense sus palabras! Yo soy el más grande. ¡Soy el más grande, y el más bello de todos!”, y otra ristra de hirientes burlas para el vasto sector de la prensa, que lo adversaba por su arrogancia y que lo había bautizado como “Bocazas” por ese incesante parloteo. En aquellos días que antecedieron a su consagración como uno de los más jóvenes campeones mundiales de la división en la historia, también alardeaba de ser el que “picaba como una abeja y flotaba como una mariposa”, una frase que él hizo popular si bien su creador fue Drew “Bundini” Brown, un ingenioso y dicharachero asistente de Angelo Dundee, el principal entrenador del nuevo campeón universal. Para el momento que contamos Ali ya había sido hechizado por el magnetismo personal de Elijah Muhammad, sumo representante de la llamada Nación del Islam, una religión y un movimiento separatista afroamericano distante por su agresividad del muy pacífico de Martin Luther King,en cuanto se refiere a la lucha por los derechos civiles de la población negra de Estados Unidos. Clay había recibido, además, la decisiva influencia religiosa y política de Malcolm X, discípulo favorito de Elijad y más tarde asesinado por razones raciales. Flanqueado por este último, exactamente el 6 de marzo del mismo año de 1964, esto es unos nueve días después de su pelea con Liston, Cassius Clay anunció al mundo que en lo sucesivo se llamaría Muhammad Ali (El Amado de Dios es la traducción) y que abjuraba del Cassius Clay, que rechazaba porque era, afirmaba,un “nombre de esclavo”. Catorce meses después de aquel histórico hecho de la revelación de Ali como seguidor del islamismo, el 25 de mayo 1965, tuvo lugar la pelea de revancha en el Central Maine Civic Center de Lewiston, Idaho. Fue un pleito de corto recorrido: a los 2 minutos y 12 segundos del primer asalto Liston quedó tendido en la lona de cara a las lámparas, por un golpe que la prensa llamó “fantasma” (y también “de ancla”) porque fueron pocos los que lo vieron, si bien el video prueba que sí lo hubo. La foto del final es una de las más conocidas en la añeja historia del boxeo, con Ali desafiante instando en vano a Liston a levantarse. Pero esa es otra interesante historia que relataremos a su debida oportunidad.
Jesús Cova, periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas, Venezuela

Ali y Hopkins en el recuerdo

JESÚS COVA –
Dos iconos del boxeo, de los más grandes de un deporte que según los historiadores presumiblemente nació hace unos siete mil años en Abisinia, hoy Etiopía, vieron por primera vez la luz del mundo en este mes: el ya fallecido Muhammad Alí, “el más grande y el más bello de todos”, como gustaba proclamarse, y Bernard Hopkins, alias The Alien y The Executioner, para muchos el más eximio peso mediano de todos los tiempos, con el permiso de Marvin “Maravilloso” Hagler. Vale la pena recordarlos ahora para las remembranzas de los aficionados de su tiempo que los vieron en acción y también para el conocimiento de los de hoy, a propósito de sus fechas de nacimiento, en estas líneas tejidas apresuradamente acerca de un par de figuras deportivas de tan elevado prestigio, dos monumentos del ensogado. DE KENTUCKY PARA EL MUNDO El primero nació el viernes 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky. Casualmente murió también un viernes, el 3 de junio de 2016 en Scottsdale, Arizona, abatido por el Parkinson, mal contra el cual batalló durante más de tres décadas –con el mismo valor con el que lo hacía en el ring– diagnosticado en 1984, tres años después de su última pelea, que perdió en los puntos con Trevor Berbick, en Nassau, Bahamas, el 11 de diciembre de 1981. Alí fue campeón olímpico en Roma en 1960 en semicompleto y luego soberano en cuatro diferentes etapas en el peso completo en el campo profesional. Se autollamaba «El Más Grande», el que “picaba como una abeja y flotaba como una mariposa”, cultor de un diferente ritmo de pelea del lento y monótono de la generalidad de los pesos completos de antes de él, de estilo en el que bajaba las manos sin parar de bailar en el ring en retroceso y al ataque. Fue conocido en sus inicios como “El Bocón de Louisville” o “El Bocazas” por su incesante parloteo, odiado y amado en sus comienzos por su petulancia y por su censurada y, a partes iguales, celebrada costumbre de pronosticar el round en el que vencería al rival de turno. Peleó entre 1960 y 1981 y ganó 56 de las 61 peleas que afrontó, con 37 KO propinados, cinco reveses, de estos solo uno por KO frente a su exsparring Larry Holmes, en una hoja de servicios en la que confrontó y venció, entre muchos, a rivales de la talla de George Foreman, Joe Frazier, Ken Norton, Henry Cooper, Archie Moore, Oscar “Ringo” Bonavena, Jerry Quarry, por citar solo a esos siete, todos nombres de alta sonoridad en el planeta del boxeo. Alí fue despojado de sus fajas AMB y CMB en 1967 por las autoridades gubernamentales de su país ante su negativa a incorporarse al ejército para ir a combatir en Vietnam, que estaba en guerra con Estados Unidos. El 6 de marzo de 1964, diez días después de haber destronado a Sonny Liston en seis vueltas en una pelea en Miami, había anunciado a los medios de comunicación que formaba parte de la Nación del Islam y que su nombre era Muhammad Alí (el Amado de Dios) y que repudiaba el de Cassius Clay, “un nombre de esclavo”. La decisión de Alí –argumentó ser “objetor de conciencia” y que no iría a Vietnam “a matar a ningún vietcong, porque ningún vietcong me ha llamado negro”–, que fue recibida con beneplácito en numerosos países en el mundo le costó la pérdida de su licencia de púgil y por ello estuvo tres años y medio proscrito del boxeo. Durante ese tiempo dedicó sus esfuerzos a luchar por los derechos civiles de sus hermanos afroamericanos y de religión, rol que le ganó admiradores y seguidores a lo largo y ancho del orbe, gestiones en las que permaneció hasta sus días finales, visto como ejemplar ciudadano del mundo. Retornó al ring en 1970 y, luego de tres victorias al hilo, el 8 de marzo de 1971 perdió el invicto por puntos en 15 rounds ante Joe Frazier, quien sería luego su gran adversario. Pelearon tres veces, con 2-1 en favor de Alí, en la que muchos consideran la real Pelea del Siglo XX, en el Madison Square Garden de Nueva York. Pero el 30 de octubre de 1974, después de sumar una nueva hilera de triunfos recibió la oportunidad de medirse al aparentemente invencible noqueador George Foreman. En el estadio Kinshasa, Zaire, hoy República Democrática del Congo, asombró al mundo del boxeo con un KO en ocho asaltos en una pelea que fue vista por unos 300 millones de espectadores en todo el planeta, un récord de audiencia para un evento deportivo en aquel entonces. HOPKINS, EJEMPLO DE SUPERACIÓN En cuanto a Bernard Hopkins, debe apuntarse que en verdad es un poco común ejemplo de superación. Un descocado, violento y peligroso delincuente juvenil, en el presidio encontró en el boxeo el sendero que lo apartó de los malos pasos y por ello se ganó la admiración de los aficionados del mundo. Hopkins nació el jueves 15 de enero de 1965 en Filadelfia, Pennsylvania. Esto es que acaba de festejar sus 59 años. Fue campeón mundial mediano y semipesado en una carrera que se prolongó entre el 11 de octubre 1988 y 17 de diciembre de 2016. En ese largo camino de 28 años de actividad se impuso en 55 de 67 peleas con 32 KO, perdió 8, empató 2 y en 2 no tuvo decisión. Como campeón mediano reinó de 1995 a 2005, con 20 defensas. Ganó la faja FIB el 16 de julio de 1995 ante el ecuatoriano Segundo Mercado a los puntos y la perdió como campeón indiscutido AMB, FIB, CMB, OMB –el primero en la historia del boxeo en ostentar las cuatro fajas a un mismo tiempo y defenderlas– el 16 de julio de 2005, por decisión frente a su connacional Germain Taylor, en la vigésima defensa. Hopkins es el púgil de más edad en ser campeón del mundo, proeza lograda por vez primera cuando tenía 46 años y 126 días, 24 días más que George Foreman (ahora el segundo más longevo), lo que hizo el 21 de mayo de 2011 cuando en Montreal, Canadá, venció por 115-113, 116-112 y 115-114 al canadiense Jean Pascal. Dos años más tarde se superó a si mismo el 9 de marzo de 2013, fecha en que dominó en el Madison Square Garden de Nueva York a su compatriota Tavoris Cloud, de 31 años, con tarjetas de 117-111 y un doble 116-112, ya con el peso sobre las espaldas de 48 años y 52 días. Por lo pronto dejaremos esta historia hasta aquí. En otra ocasión, lo antes posible, desmenuzaremos los más importantes hitos en la trayectoria sobre el ring y en la vida, fuera de él, de estas dos inmortales figuras del deporte de las 16 cuerdas, la de los golpes entre dos atletas sobre un espacio llamado ring (círculo, en español) que, contradictoriamente, es un cuadrado.
Jesús Cova es periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas, Venezuela

 

“El Molino de Viento de Pittsburgh”

JESUS COVA. Con total y absoluta seguridad el nombre de Harry Greb nada les dirá y, obvio, ni ningún recuerdo puede traerle a los nuevos seguidores del boxeo e Incluso tampoco a la generalidad de aquellos de mayor edad puesto que el personaje en cuestión forma parte de una ya muy remota generación de gladiadores ubicada entre mediada la primera y los fines de la segunda década del siglo XX, esto es, de hace casi un siglo, lo que por supuesto nos lleva a presumir que son contados (solo aquellos ávidos lectores de la historia del boxeo, verbigracia quien escribe, dicho inmodestamente) los que pudieran saber quién fue para el boxeo el apodado “Molino de Viento de Pittsburgh”.
Lo que sí podemos adelantar, antes de proseguir, es que Greb fue un boxeador de esos que aparecen solo de tanto en tanto… Pero sería mejor que sigan leyendo para que sepan un poco más del personaje y de lo que fue en el ring, en la incompleta microbiografía elaborada acerca de él en las líneas que van a continuación:
Harry Greb, a secas y para el común, Edward Henry Greb de nacimiento (Pittsburgh, Pennsylvania, Junio/1894- Atlantic City, New Jersey, 22/octubre de1926), como apuntamos antes llamado “The Pittsburgh Windmill (“El Molino de Viento de Pittsburgh)” fue un excepcional peso mediano a quien los viejos cronistas de la historia del ring colocaron siempre en sus notas históricas en las listas de los más prestigiosos exponentes de la antigua actividad deportiva.
UNA MEMORABLE RIVALIDAD Bastaría con hacer mención a una sola de sus peleas para concederle un puesto de privilegio en la historia a quien figura en el Salón Internacional de Boxeo en Canastota desde 1990 (en 1954 ya había entrado al museo de Nat Fleischer, ya desaparecido o sustituido por el actual de New York).
Aquella famosa batalla con guantes fue el memorable desafío escenificado en “La Gran Manzana” el 23 de mayo de 1922, en la cual Greb enfrentó al legendario Gene Tunney, para la ocasión monarca nacional estadounidense del peso semicompleto. Vale acotar que cuatro años más tarde Tunney destronaría al “Asesino (o Triturador) de Manassa”) Jack Dempsey, campeón de todos los pesos, a quien venció de nuevo en la revancha en la histórica pelea llamada de la “Cuenta Larga” de hace ya 96 años, exactamente el 22 de septiembre de1927, en el Soldiers Field de Chicago, Illinois, ante más de 100 mil espectadores y de la que hemos hecho referencia en otras ocasiones.
En el encuentro contra Greb, el campeón defensor, Tunney, subió con 174 libras (78, 92 kg), 12 más (5,49 kilos) que el “Molino”. Jamás había sido vencido en 53 peleas, mientras que el desafiante rebasaba los 200 pleitos. Para el momento Greb sufría de fallas en la visión por un desprendimiento de la retina, lesión sufrida en un combate del año anterior. Presumiblemente (es lo que se conoce al respecto) para emparejar sus desventajas físicas,
Greb apeló a recursos ilícitos en varios pasajes de la contienda. En el primer asalto, por caso, entre otras marrullerías que repitió en buena parte de las 15 rondas, le dio al campeón un cabezazo y le rompió el tabique nasal. Finalmente cargó con la victoria a los puntos en lo que significó la única frustración en la brillante carrera del exmarine (dejó el ring con 65-1-1 47 nocauts, un exoficial del Ejército de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial, a más de lector infatigable y amante de la música clásica y le arrebató el cinturón semipesado del país.
En febrero del siguiente año, Tunney (con 175 libras, 10 más que Greb, tomó venganza y recuperó la faja en 15 vueltas. En marzo de 1925, Tunney (181 libras, con su encarnizado rival en 167) volvió a imponerse.
Gene Tunney diría, ya retirado, que Greb había sido el más duro oponente en toda su carrera y que no sabía cómo había podido terminar de pie en la primera confrontación. El arrollador, velocísimo y hábil púgil, que se movía en el ring incesantemente y de una valentía inusual, dominó al lote de los medianos entre 1923 y 1926. Ganó el título mundial por decisión frente a Johnny Wilson (31/08/1923) y lo defendió 6 veces favorablemente-todas por vía de las tarjetas- ante Bryan Downey (3/12/1923, en 10); el mismo Wilson (18/01/24, en 15)); Fay Kaiser (24/03/1924, en 12); Ted Moore (26/06/1924, en 15); Mickey Walker /02/07/1925, en 15) y Tony Marullo (13/11/1925, en 15 asaltos).
El 26/02/1926, en NY, otra luminaria de la época y también con su nombre inscrito en el Salón, Theodore (Tiger) Flowers, primer negro campeón mundial de las 160 libras (72, 5574 kg) lo abatió en 15 asaltos y se quedó con el trono. Flowers lo aventajó de nuevo el 19 de agosto de ese año en Nueva York, frustración que forzó a Greb, ya lejos del gran peleador que había sido, a despedirse del ring de manera definitiva.
SU ESTILO, MÉRITOS Y DÍAS FINALES En doce años, entre 1913 y 1926, dejó detrás suyo unos 290 combates, aunque otras estadísticas le otorgan 305, de ellas 46 nocauts, 64 a los puntos, una por foul, 3 tablas, cinco derrotas en las tarjetas y apenas 2 nocauts en contra. Otras 168 aparecen como de No Decisión o sin resultados oficiales, además de un no contest.
Se distinguió por su agresiva manera de combatir sin dejar de lanzar golpes en cada asalto, una verdadera ametralladora con guantes que, aun cuando sin gran poder de nocaut, apabullaba a sus rivales con una pertinaz lluvia de golpes desde todos los ángulos, en constante movilidad de uno a otro lado del ring.
Harry Greb cuenta entre sus méritos, que avalan su grandeza, con distintos reconocimientos por parte de entendidos y de organismos especializados. Entre estos descuellan, por ejemplo, ser el quinto y el cuarto de cualquier tiempo, respectivamente, para el historiador Bert Sugar y el comentarista Max Kellerman; el segundo más grande de todas las eras para The Ring en los últimos 90 años; el quinto más grande de todos los tiempos por Box Rec y el primer mediano, tercer semipesado y el segundo «libra por libra» de la historia para la Organización Internacional de Investigación del Boxeo.
Casi ciego desde un lustro antes de su despedida del cuadrilátero falleció, todavía en plenitud, cuando contaba apenas 32 años en Atlantic City, New Jersey, luego de ser operado de una lesión en el ojo dañado, el 22 de octubre de 1926. Sesenta y cinco (65) días después de su postrera escalada al encordado.
De Harry Greb apuntó un añejo historiador estadounidense que “combinaba la velocidad de Robinson, la consistencia de James J. Jeffries, la vitalidad de Hank Armstrong y la asesina agresividad de Stanley Ketchel, además de tener una voluntad de triunfo sin igual en la historia”. Por su lado Jack Dempsey, quien reinó entre los completos entre 1919-26 dijo del Molino de Viento de Pittsburgh que era “el más rápido boxeador que he visto en mi vida, más rápido incluso que un ligero”.
  Jesús Cova. Periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas, Venezuela  

Danilo Anderson y la vida de Brayan

OMAR PINEDA Hace exactamente 19 años yo revisaba en solitario la edición que sería impresa en la mañana siguiente (TalCual era entonces un periódico vespertino), cuando la coordinadora de Diseño, Laura Pérez, telefoneó alarmada desde su casa para darme el santo y seña de entonces: “¡Pon Globovisión!” Encendí la tele y ahí estaba todo chamuscado el jeep Machito amarillo de Danilo Anderson. A su alrededor decenas de policías que fungían investigar como si fueran agentes de la serie CSI. De este asesinato todavía sin culpables sabemos todos los episodios, menos el capítulo final. Hugo Chávez culpó a la oposición. El fiscal de entonces Isaías Rodríguez lloró (confesaría en VTV que la muerte del fiscal 20 le dolió más que el reciente fallecimiento de su propia madre). Sumida en su asombro, la oposición no tenía explicaciones posibles. Pero entonces aparece el “testigo estrella” Geovanny Vásquez que se suma a los asesinatos a sangre fría del abogado Antonio López Castillo y Juan Carlos Sánchez y la condena sin pruebas a treinta años de cárcel contra los hermanos Guevara. Con el paso del tiempo han circulado teorías diversas. Desde la ejecución del sicariato del presidente colombiano Álvaro Uribe, o la emboscada ordenada por José Vicente Rangel, o por la banda de los Enanos o del mismo gobierno, como denunció un familiar de Anderson, quien luego falleció en extrañas circunstancias. Pero nadie todavía parece estar en condición de responder a la pregunta ¿Quién mató y por qué a Danilo Anderson? Esa noche, a las 11:30, en mitad del suspenso que dejó el suceso, recababa información para dejársela a Javier Conde, quien escribiría la nota de cierre en la mañana cuando, de pronto, alguien llamó. “¿TalCual?”, preguntó de manera dubitativa. Tras mi respuesta, surgió una voz aturdida, como si hubiera absorbido el aire tenso de la calle. Dijo: Mire acaba de fallecer la poeta Esdras Parra, y estoy sola con ella, aquí en la Funeraria Vallés. Seguidamente, como si despertara del letargo preguntó ¿usted la conoce, verdad? Claro que la conocía. Leí sus poemas y supe de su conversión de hombre a mujer un mediodía que se acercó a El Nacional para dejar sus poemas a Luis Alberto Crespo, quien dirigía Papel Literario. Le prometí escribir una nota breve, porque –no se lo dije, aunque ya lo suponía– el asesinato de Anderson era lo que en el periodismo de la vieja usanza llamaban “un perro muerto en la Quinta Avenida de Nueva York” (No sé quién inventó esa máxima pero la escuché en clases: “Es más noticia un perro muerto en la Quinta Avenida de Nueva York que 100 muertos por inundación en China”). Demás está decir que este acontecimiento obligó a rehacer en la mañana la edición del periódico y desafortunadamente la breve la nota sobre Esdras Parra desapareció. Ya en la mañana, con la noticia de Danilo Anderson en boca de todos, me topé en el ascensor con mi vecino Leonidas, un joven taxista, que solo con verme me ordenó “¡Abrázame!” y me dio la noticia: Pana, acaba de nacer Brayan. El vecino había pasado por alto la tragedia que conmovía al país y sólo tenía alegría por el nacimiento de su primer hijo. Me puse filósofo y me dije: alguien muere, otro nace. De Leonidas ni de su hijo Brayan jamás tuve noticias hasta que me asomé a su cuenta de Facebook y leí la nota triste de Leonidas: Brayan fue asesinado en ajuste de cuentas con otro chamo en La Vega. Lo saludé y recordé que Brayan no llegó a los 15 años. Al menos –me dijo Leonidas para su consuelo– habían atrapado al homicida. Danilo Anderson no tuvo esa suerte. No sabemos si sus matadores están en el gobierno o ya se fueron a otro país. Demasiada incertidumbre. Me quedo con una línea de la poeta Esdras Parra, fallecida esa noche y como ella escribió, “aquí bajo este cielo, sin herencia sin alma, aquí sobre esta tierra, sin sueños sin nieve”.
Omar Pineda. Periodista venezolano. Reside en Barcelona, España

Formas extrañas de quitarse el hipo

OMAR PINEDA. Después de tanta lata, Luisa nos convenció de que esa sería la mejor forma de curarlo. De pana que habíamos probado todas las técnicas conocidas empezando por los remedios caseros, como el infalible susto tras ocultarse en las cortinas de la sala, o contener la respiración durante cinco minutos con la boca apresada en una bolsa de papel e incluso los doce vasos de agua deglutidos justo en el instante en que tales espasmos se anuncian por la autopista del diafragma. Pero ninguno sirvió y Juan se desesperaba. Empezaba a inquietarnos también a nosotros porque tales contracciones nada normales de la garganta no solo se hacían ruidosas sino también indominables e invasivas, y lo peor es que las mejillas del pana saltaban del color rosa para inclinarse hacia el morado. Hasta el señor Rosales, el de la farmacia de la esquina, tan atento él y tan comprensivo con las consultas inusuales del barrio, acabó por rendirse luego de que los medicamentos de su estantería y las maniobras paracientíficas que aplicó se estrellaran contra el muro del fracaso. Rendido, Rosales nos aconsejó llevarlo de urgencia al hospital Pérez Carreño, que seguramente ahí lo curaban. Pero no podíamos ingresarlo a ningún hospital como tampoco desfilar con el pobre Juan como si fuese un espectáculo circense, suerte de fenómeno con hipo ambulante porque, sencillamente, a Juan lo buscaba la policía. Está bien, comencemos por echar el cuento si acaso esto cuaja en un relato. No fue por capricho que Luisa y yo nos aislamos del grupo durante el receso de la segunda hora y nos ausentamos en la clase de Química de las dos y cuarenticinco de la tarde ¡Válgame, Dios! con esa inmamable profesora de lentes culo de botella que el año pasado me obligó a repetir la materia. Sencillamente, ese martes once de mayo Luisa Valles rompió el celofán de mi desolada timidez cuando estampó un beso cercano a mi boca mientras jugábamos a beber agua en el filtro de chorrito en el pasillo y me ordenó en clave de agente secreto que no entrara a química porque debíamos vernos debajo del araguaney, cuyas relucientes hojas amarillas simbolizan la identidad de nuestro liceo. Así que, hundido entre la excitación y el remordimiento por ganarme otra vez la reparación de una asignatura de la cual solo conocía a medias la tabla periódica de los elementos acudí a la cita bajo ese sol herrumbroso de las tres de la tarde. A los tres minutos emergió no se de dónde la exhuberante Luisa Valles, reluciente, apasionada, los labios pintados, encendidos y dos años menos que yo pero con título de grandeliga en cuestiones de novios, besos y caricias mientras yo no pasaba de ser un novato prometedor en ascenso. Entonces sencillamente nos agarramos de mano, y susurró “vente… que por aquí hay una casa abandonada y quiero mostrarte algo”. Urgente. Se encendieron todas mis alarmas sexuales hasta entonces adiestradas al abrigo de las revistas Playboy que uno de mis hermanos escondía debajo de su cama. Como para mi la vida siempre ha sido un partido de beisbol sentí una voz que decía Edgardo ponte el uniforme y agarra ese guante Rawling porque que esta tarde vas a lanzar los nueve inning. Entramos lentos, silenciosos, a la deteriorada casa. Puertas desprendidas y ladrillos esparcidos en el suelo nos recibieron. Ya dentro nos envolvió una atmósfera de lujuria. Una vez a salvo de intrusos nos agarramos de las manos, nos miramos de frente y disfrutamos de cada palabra como si tuvieran el sabor de las bolsitas de Kool-Aid granulado que tanto me gustaba. Luisa me observó no se si con algo de compasión. Apretó mi cara con sus manos sedosas que olían a crema Nivea. Mostró su fortaleza ante alguien que lo sabía vulnerable, indeciso y por instante en pleno desconcierto. Cuando cerré los ojos para besarnos sentí una rara vibración como la réplica de un sismo bajo los pies. Nos preparábamos para coronar el Everest cuando al voltear descubrimos que el pendejo de Juan nos estaba espiando desde un recodo de la casa. Mientras yo pensaba cómo bajarme de la nube, ya Luisa Valles, totalmente molesta, despojada de su rol de seductora y convertida en villana le recriminó con sobrada razón a su primo “¿qué coños haces aquí?” O sea, que si seguimos en lo del beisbol lo resumiría así. Me embasé con hit por la banda derecha, pisé la primera, y como noté que había chance porque el jardinero se demoraba en tomar la pelota seguí mi recorrido hacia la segunda base pero el árbitro levantó la mano, tensó el puño, contrajo el cuerpo como si le doliera la barriga, levantó una pierna y gritó ¡out! Si, amigo, como te lo estoy contando: llegué a segunda base pero no sentí la satisfacción de haber pisado la almohadilla porque el pendejo de Juan apareció en mitad del partido como esos espontáneos que invaden el terreno de juego, y antes de que su prima volviera a repetirle la pregunta levantó las manos en señal de me rindo, lloriqueó y exclamando con rictus que me recordó la piedad exclamó “coño, disculpen… pero necesito ayuda… me escapé y me está buscando la policía”. ¿Ahora lo ves? Esto me lleva a pensar que Juan no mató a ningún portugués pero el único que estaba en el bar cuando el señor Joaquín le ordenó que arreglara las gaveras de cerveza en la parte de atrás y regresara con el tobo y el trapo para limpiar la sala lo involucran como el único sospechoso. Era su tercer día como empleado de un bar de mala muerte de la entrada de Antímano, único sitio donde donde aterrizaban frustrados los obreros de la construcción, los que se toman dos cervezas antes de llegar a su casa o los clientes viciosos que esperan que el portu encendiera la televisión para apostar a las carreras de caballos. Se lo contó una y otra vez a los policías de la división de homicidios pero no le creyeron porque ya Juan registraba antecedentes por violencia contra un vecino en Catia y por intento frustrado de robar a una chica en la parada de autobuses. “Claro que te creemos, Juan”, le dije yo olvidándome de lo inoportuno que había sido su aparición en esa vieja casa, como si hubiese sido invitado a subir al estrado. Pero a su prima no le interesaba oir su alegato y se aferró en repetir tantas veces seguidas “¡coño de la madre, Juan!”, lo que no supe si interpretarlo como un lamento al problema legal en el que se había metido el chamo o al simple hecho de desbaratarnos el sueño, lo que para mii sería interrumpir una inolvidable lección de anatomía. No obstante a Juan no le bastó con que apostáramos a su inocencia. El primo relató que aprovechando el despìste de quienes lo trasladaban sin esposas al tribunal para la sesión de vista de los cargos sencillamente saltó de la patrulla, corrió sin mirar atrás y se les perdió a los policías. Ya en este punto Luisa y yo nos olvidamos de escalar el Everest y nos concentramos en cómo ayudarlo. Lo primero: convencerle de que volviera a la policía porque su fuga no hacía más que empeorar las cosas y ahora sí quedaría claro que había sido él quien mató a Joaquín para robarle el dinero que el jefe ocultaba en la caja registradora. “Tienen que creerme… el portu me dijo que me fuera para el fondo, acomodara las cajas vacías de cerveza y volviera para trapear el local. Así que las ordené y cuando pasaban de cuarenta escuché una conversación en voz alta… Con el ruido de la rocola y eso de que Joaquín siempre hablaba por teléfono como gritándole a la gente no le di importancia y seguí en mi trabajo hasta que entré al local y lo vi tirado en el piso con la camisa blanca ensangrentada”. Luisa y yo callamos, nos vimos sin saber cómo reaccionar porque todo flotaba como en una nube de absurdidad. De pronto el primo Juan se retorció como con un espasmo y acabó en un incesante ataque de hipo que, pasados los cinco minutos, comenzó a preocuparnos. Así que dejamos a atrás los besos furtivos sin final, el tema de la fuga de Juan y las conjeturas acerca de quién había despachado al portu porque el hipo de Juan no solo se hacía intermitente sino que nos angustiaba como si fuese la antesala a un infarto. Así, el hipo de Juan se volvió en nuestra única preocupación. Entonces comprenderán porqué evitamos llevarlo al hospital y le tocamos la puerta al señor Rosales que no pudo ayudarnos como tampoco nos sirvieron los trucos caseros. Pero recordé haber leido en un aviso pequeño de Ultimas Noticias acerca de un tal Profesor Lerner que cura dolores de muela y sana hasta los remordimientos con solo apelar a su poder hipnótico. La dirección exacta no la recordaba pero sí retuve que estaba al lado de una cervecería llamada El Sifón, en Antímano. Desesperados con la angustia de quitarle el ataque de hipo a Juan, Luisa y yo cargamos con el primo montándonos al autobús que sube al hospital El Algodonal, donde el conductor afirmó que sabía donde quedaba El Sifón. Nos bajamos y caminamos con ese hipo delator. Después de unos minutos una señora que nos miró con recelo apuntó con su índice a una suerte de casucha verde con el pipote de la basura enfrente a rebosar y cuando volteamos para darle las gracias, la doña había desaparecido. Nos quedó su advertencia: “cuidado con ese brujo que es medio sádico”. Ya frente a la casa Luisa le dio tres golpes a la puerta y salió un sujeto sin camisa, barba desordenada y con dos chancletas dispares. Nos recibió con inusitada agresividad y después del ¿qué quieren? y la explicación nuestra acerca del hipo, el hombre se aquietó un poco, nos hizo pasar y nos ordenó sentarnos en un sofá que olía a orines de gato. Dijo “ya vuelvo y entró a un cuartucho” apenas protegido por una tela que le servía de cortina, y antes de que regresara yo le dije al primo “coño Juan aspira todo este orine de gato para ver si se te pasa el hipo”. Cuando Luisa y yo estábamos a punto de soltar una carcajada reapareció el profesor Lerner con un maletín negro que me recordó, no sé por qué a la imagen de la única foto que los venezolanos conservamos del doctor José Gregorio Hernández. -Esto es un asunto serio, eh, reclamó el viejo y nos informó que la consulta costaría treinta y cinco bolívares. Juan buscó su cartera en el pantalón y antes de sacar la plata, Luisa le puso la mano en el brazo, interceptó la acción y le dijo con voz queda “pagamos al terminar, primo”. Lerner se le quedó mirando a Luisa con arrechera y paseó con la lengua sus labios como si tuviera sed pero rápido advertimos que ciertamente teníamos enfrente a un viejo sádico. -Bueno, vamos al asunto ¿Desde cuando tienes ese hipo?, preguntó sin esperar respuesta y seguidamente elevó una mirada tensa al techo, nos pidió que cerráramos los ojos y apretáramos los puños como señal inequívoca de concentración hipnótica, digo yo. Más que temor esa técnica del profesor me generó incomodidad y desconfianza. -Un momento, profesor, nosotros no tenemos hipo, atajó Luisa y señaló al pendejo de Juan quien, con los ojos cerrados y con el hipo sin parar ya comenzaba a extender las manos y apretar sus puños. -Esto se tiene que hacer bajo requerimientos científicos que yo domino ¿okey?, insistió Lerner con tono desafiante y autoritario. Nos callamos. Cerramos los ojos, extendimos los brazos con los puños cerrados como si intentáramos formar una estrella. Pero el hipo de Juan no cesaba. No dejó de hacerlo mientras estuvimos en el bus, cuando subimos la calle que nos condujo al bar El Sifón y no había razones para que cesara ahora pese al comportamiento extravagante del profesor Lerner. Esta parte no sabría cómo contarla con rigurosidad y exactitud pero tengo la impresión de que entramos de verdad en un estado hipnótico durante tres o cinco minutos cuando por alguna razón en mitad del trance oigo la voz de Luisa como quejándose, entreabro los ojos y descubro que el hijo de puta de Lerner le metía manos e intentaba desvestirla. Desesperado me le abalancé y pude lanzarle dos coñazos, uno acertó y el otro fue a dara a la cara de Juan, a quien parece que ya se le había quitado el hipo pero seguía adormilado. Con el golpe a su cara Lerner enfurecido se me abalanzó, lo esquivé y cayó de bruces en el suelo. En mi angustia recurrí a la imagen de yeso de San Expedito para aplastarle la cabeza. Luisa se armó de algo semejante a un tridente y se lo clavó en el cuello mientras Juan celebraba que había desaparecido el hipo. Con el hombre en el piso, agonizando tratando de decirnos algo, Juan acabó por aplastarle la cabeza con una silla. -Vámonos, antes que nos vea alguien dijo Luisa tratando de vestirse, y sin pensarlo dos veces abandonamos la casa. No estaba la señora que nos previno, de manera que la huida fue silenciosa, sin testigo pero con el corazón en la boca. Pero antes y de la manera más estúpida, el loco de Juan volvió y le sacó el dinero de la cartera al moribundo. Yo intenté impedirle a que siguiera cometiendo estupideces y al entrar vi a Lerner todavía sin ganas de morirse, tratando de decirnos algo pero cerré la puerta y solo nos quedó la ráfaga encendida de su mirada de odio. A los cinco días atraparon a Juan y lo encausaron como primer sospechoso en el homicidio del portugués del bar. Luisa y yo fuimos expulsados por una semana por ausentarnos sin justificación de clases y antes de que se reincorporara sus padres la habían sacado del liceo y la internaron en un colegio en El Paraíso que administraban las monjas. Por eso cuando leo en las noticias que alguien con tal edad o determinada discapacidad logró coronar el Everest no dejo de recordarla y seguidamente me pregunto por la suerte de Juan, de su hipo y de la maldita profesora de quimica que me hizo repetir otra vez la materia haciendo peligrar mi graduación como bachiller. Del profesor Lerner no sé si murió ese día porque me propuse por mucho tiempo no leer más los titulares de sucesos. Todavía sigo sin saber cómo se cura el hipo.
Omar Pineda. Periodista venezolano. Reside en Barcelona, España

Decidimos buscar los libros que no encontrábamos en las librerías

JOSÉ PULIDO –
Álvaro Ríos me escribe: Tengo algo importarte para ti. Y en ese momento me encuentro en un acto con poetas iberoamericanos en Salamanca. Le comento rápidamente la situación. Álvaro me dice: te lo explicaré cuando regreses a Génova. La curiosidad es irresistible. En un momento libre escribo y le pregunto: ¿Qué es lo que me quieres plantear? Tienes que entrevistar a Silvia Bardelás, me dice estilo orden indiscutible. No sé de quién me habla hasta que caigo en cuenta. Silvia Bardelás, la escritora y editora que hizo conocer en español la obra de Jon Fosse, el Premio Nobel de este año. Bendita sea. Por ella descubrí Trilogía y después todo Fosse. Trilogía es una acumulación valiosa de frases que sirven como rezos y son portadoras de poesía. Las busco y las consumo cuando se debilitan las abejas que rehacen mi vieja garganta. Álvaro y yo somos amigos porque escribimos, respetamos a los gatos y nos gustan los mismos autores. Le respondo que entrevistar a Silvia Bardelás sería como una fiesta extraordinaria pero no tengo brújula para encontrarla. Y Álvaro me dice: Te voy a dar su correo. Y entonces yo le escribo a Silvia y ella responde con dulzura y sencillez: “Encantada de que me envíes las preguntas. Un abrazo”. Y le envío las preguntas (muy emocionado). Así se inició una conversación con Silvia Bardelás.

IMAGINAR A SILVIA

He tratado de imaginar cómo se originó la sensibilidad de Silvia Bardelás, esa capacidad de penetrar en la escritura y descubrir la esencia poderosa de una voz creadora, la tarea espiritual prioritaria de un autor, su toque particular, su miel. Sí: he estado pensando en Silvia Bardelás, quien acompañada por su amiga de la infancia y socia de la madurez, Beatriz González, fundó la editorial De Conatus y han editado a unos escritores de asombrosa calidad que parecían estar pasando por debajo de la mesa: Jon Fosse, Joshua Cohen, Percival Everett, Susana Sánchez Arins y Kim de l’Horizon’. Decidimos buscar los libros que no encontrábamos en las librerías Silvia Bardelás es como una conciencia luminosa y sensible, alérgica a lo inhumano; una conciencia que transita en el mundo de las palabras, explorando las páginas de los libros. Ella se alimenta con la escritura resguardada en lo inalcanzable, ella se alimenta con el mejor de los frutos verbales porque sabe descubrirlos a tiempo. Y afortunadamente comparte el descubrimiento: esa es la cuestión. He caído profundo como una piedra en el pozo rítmico y a veces sagrado de Jon Fosse. He caído como una piedra que se ha salido del bolsillo del abrigo de Virginia Woolf. He permanecido como espíritu en carne viva curándose en el pozo profundo y a veces salobre de la escritura de Jon Fosse. Me he curado del temor que me causaba la falta de libertad en ciertos modos de escribir narrativa. Supongo que eso se torna fenómeno colectivo porque Jon Fosse es como un país, un lugar. Quería decir esto, para agradecer a Silvia Bardelás y a Beatriz González, a quienes debo la posibilidad de leer en castellano a ese singular autor. A partir de Fosse busqué muy pronto los otros libros que ha publicado la editorial De Conatus. Y entonces me interesé en lo que escribe Bardelás. Y en consecuencia conocí una de sus novelas y también una tesis que debería ser citada y consultada en las escuelas de Letras. Y no estoy hecho un lío, no estoy vuelto un desorganizado lector: ante los aciertos de Silvia, Beatriz y De Conatus me siento como visitando la maravilla, como cuando leí por primera vez a Kafka, a Rilke, a Virginia, a Borges. Ajá: como cuando entendí que los libros, a veces en fragmentos, a veces en ráfagas de frases, se quedan dentro de uno. Somos su habitación, su biblioteca emocional, su accidente generacional y probablemente fungimos de amoroso cementerio cuando olvidamos alguno y no volvemos a leerlo. Leer el mismo libro varias veces es un hecho tan placentero como trascendente. Y si aparece un libro engendrando emociones nuevas, es absurdo no abrazarlo. Un libro así es un ser amado. Un país. Un lugar. Una fantástica multitud de seres con quienes hablaremos sin abrir la boca.

“LA LITERATURA INVOCA UN MUNDO MEJOR”

-El amor ¿es la esencia que determina una escritura más elevada y fértil? -Se ha dicho muchas veces que los escritores escriben porque necesitan que los quieran. Por ahí anda el amor. Personalmente creo que es la falta de amor, no a uno mismo, sino la falta de amor que se detecta en la sociedad la que lleva a escribir. Es como una especie de sortilegio. Igual que los primeros artistas pintaban animales para invocar una buena caza, la literatura invoca un mundo mejor. Casi siempre se hace desde la crítica pero algunos autores, como Goethe o Cervantes, son capaces de representarlo directamente. Ojalá no hubiera tanto prejuicio en estos momentos a la hora de valorar una literatura más positiva. -El nivel de cada lector ¿crea lecturas diferentes, recorre las tramas a su manera? -Me encanta que hables de niveles de lectura. Se repite mucho la idea de que todas las lecturas son válidas. Un lector puede decir que es malo un buen libro porque la lectura siempre es subjetiva, pero la realidad es que no. Siempre estamos aprendiendo a leer y siempre podemos profundizar cada vez más en nuestras lecturas. Cuando leo un buen libro por tercera vez me entero de muchas más cosas y me parece más impresionante. Mi primera lectura fue válida y tuvo su sentido, mi tercera es mucho más apasionante. -El personaje ideal ¿tiene recuerdos privados y también recuerdos con otros, recuerdos en comunidad? -No creo que haya un personaje ideal, pero sí que a cada autor le interesa un tipo de personaje. En mi caso me interesan los personajes que sienten que viven entre otros, o que de repente se dan cuenta de que viven entre otros. No me interesa el mundo de un yo sufriente y solitario incapaz de ver nada fuera de sí. Creo que hemos vivido un exceso de individualismo y ya está bastante agotado como tema de interés. -¿Es cierto que siempre decía usted que Fosse iba a ganar el Premio Nobel? -Sí, es cierto, estaba completamente segura. Me parece que tiene un nivel literario tan elevado que sabía que tarde o temprano tendrían que reconocerlo. Un autor pasa a la historia cuando descubre la representación de un ámbito de la realidad que no había sido representado antes. Fosse representa la consciencia, ese momento de temblor en el que sentimos la existencia de manera radical. -¿Qué le dio esa idea? ¿qué aspecto de su lectura le hizo descubrir lo fulgurante de ese escritor? -Cuando lo leí por primera vez, mucho antes de fundar la editorial (2018), me quedé impresionada por su estilo. Utilizaba una forma de narrar que te metía en otra dimensión de la existencia, precisamente en el momento de la consciencia, de ser observadores de nosotros mismos y el mundo exterior, de sentir que existimos en el juego de la vida y la muerte. -¿Qué prefiere de Fosse: Teatro, narrativa, poesía? -Narrativa sin duda. Creo que es en Trilogía y Septología donde llega a su gran momento como artista. De hecho, fue decisión suya dejar el teatro y volcarse en la narración. Era algo que necesitaba y eso llegó en su etapa de madurez.

“LO MÁS IMPORTANTE EN EL ARTE ES LO GENUINO”

-¿Cómo se hicieron amigas usted y Beatriz González, qué las acercó tanto? -Somos amigas desde los 9 años y somos amigas de verano, así que teníamos mucho tiempo para hablar y comer pipas, ir al río y pensar. Muchos años más tarde decidimos buscar los libros que no encontrábamos en las librerías y publicarlos. En realidad, somos muy distintas pero complementarias, que es lo importante en una amistad. -Habla usted de emociones desconocidas, de la capacidad que tiene Fosse para crear emociones desconocidas ¿podría ahondar un poco en eso? Me atrajo la frase “deseo infinito” que mencionó. -Yo considero a Fosse un neorromántico en el buen sentido. Creo que se ha entendido muy mal el Romanticismo. Fue un momento totalmente revolucionario en el que además de la ciencia y el cuerpo, empezaba a valorarse lo más primigenio de la experiencia humana, el sentido de la existencia, la posibilidad de lo ilimitado, la caída de las fronteras. Estamos en un momento tan violento, con tantas fronteras, limitaciones, identidades, enfrentamientos, que estoy segura de que muchos seres humanos buscaremos una salida. Ponemos nombres a las emociones, pero por supuesto hay emociones nuevas que podemos sentir por primera vez para las que no hay etiquetas. Eso es lo que me produce en algunos momentos la obra de Fosse. Y eso es lo que creo que es necesario para una revolución en el siglo XXI, un cambio de sensibilidad. -Usted como escritora, traductora, lectora profundas ¿siente que ha adquirido una sensibilidad especial para encontrar la escritura honda, diferente, nueva, si se quiere? -Siempre digo que a escribir se aprende leyendo y a leer escribiendo. Es el mismo proceso. Para mí el lector es un artista que interpreta una partitura. Cuanta más sensibilidad tenga, cuantos más textos buenos haya leído, mejor va a interpretar el texto. Estamos siempre en pleno desarrollo, como escritora y como lectora queda todo por descubrir. Me encantaría que todos tomáramos conciencia de que estamos siempre en un proceso de aumentar nuestra sensibilidad. -¿Cuál es su libro más querido? -No puedo decir uno. En mi tesis sobre la novela leí algunas de las mejores novelas por orden cronológico. Fue una experiencia increíble. Me di cuenta de que la literatura no es individual, es expresión y búsqueda de las lógicas del ser humano, de todos los seres humanos, y se va desarrollando en una retroalimentación constante. De todas formas dejo algunas: Dafnis y Cloe de Longo, Don Quijote de la Mancha de Cervantes, La educación sentimental de Flaubert, Pabellón de cáncer, de Aleksandr Solzhenitsyn, La montaña mágica de Thomas Mann, Las olas de Virginia Woolf, El hombre sin atributos de Musil. Bueno, hay muchísimas. -¿Cuándo supo que deseaba ser escritora? ¿Desde cuándo está atada a la escritura? -Escribo desde pequeña. Leía muchísimo. Cuando era adolescente escribía cosas muy abstractas, poesía muy mala que se mezclaba con preguntas filosóficas y música. Después estudié Filosofía para escribir literatura y estudié Creación literaria para separar la Filosofía de mi necesidad de narrar. También escribí una tesis en Filosofía sobre la novela y escribí cinco novelas aunque publiqué tres. Lo cuento así para entender que para mí Filosofía y Literatura siempre han estado unidas. Muchas veces la literatura se ha adelantado a la Filosofía. Cada autor tiene un impulso genuino que debe seguir aunque no sea lo esperado. Lo más importante en el arte es lo genuino.
Decidimos buscar los libros que no encontrábamos en las librerías
Silvia Bardelás. Foto de Nacho Goberna
-¿Cuál es su sueño más preciado en este tiempo? -Mi sueño es que cambie la sensibilidad de las personas que habitamos el mundo. Que no valoremos la individualidad, las fronteras, los límites. Una nueva sensibilidad sería disfrutar y valorar el nosotros, entender que nos influimos mutuamente a cada instante y que son mucho más apasionantes los logros comunes. -¿Imaginó en sus inicios que iba a tener tanta trascendencia? -No tengo ninguna trascendencia. Voy haciendo lo que siento que tengo que hacer. Ahora mismo, como escritora terminar una novela con un narrador que todavía no entiendo bien, y como editora, cuidar la obra de Jon Fosse, hacer que llegue al mayor número de lectores posible y seguir buscando voces potentes. -¿Cómo fueron los inicios de la editorial? -Muy duros. Como editorial independiente publicamos libros al margen de las leyes del mercado y eso significa que el sistema literario los margina, dando por hecho que nadie los querrá o podrá leer. Eso pasó sobre todo con Jon Fosse. – ¿Qué parte de la vida no puede explicar, qué se le escapa? -Cuanto más sé que no puedo explicar la vida, más la siento y más apasionante se vuelve. Creo que una postura interesante es dejar que la vida hable en lugar de cerrarla en una definición. Quizás no haya que explicarla sino descubrirla. -¿Cómo vivió la etapa de pandemia? -Bien. Leyendo y escribiendo. También cuidando a una persona con Alzheimer que no tenía un sentido claro del tiempo. Quizás estábamos ahí, en de repente descubrir la vida sin esos tiempos desnaturalizados que inventamos. De todas formas, tenía edad para aguantarlo. Los que lo han pasado muy mal han sido los jóvenes. -¿Cuál es el recuerdo más conmovedor de su vida? -Uno de muchos: mi abuelo en la cama, sabiendo que se iba a morir pero todavía en buen estado, disfrutando de una comida riquísima, dándome consejos muy concretos para tener una buena vida. Era conmovedor sentir su ingenuidad todavía, su alegría en el reconocimiento de los otros. -¿Puede hablar del primer recuerdo de su vida? -Es en el colegio, tenía dos años y medio. Estoy en una fuente y las niñas alrededor. Siento el agua cristalina, fresca, la piedra de la fuente. Mi madre me dice siempre que estaba tan contenta que iba consolando a las otras niñas que lloraban y les decía que lo íbamos a pasar fenomenal. Obviamente ese comentario de mi madre ya ha modificado el recuerdo. En realidad, no existen los recuerdos puros, no se puede recuperar el pasado. Lo moldeamos, lo reinventamos. Sólo existe el presente.
José Pulido, periodista y narrador venezolano. Reside en Génova, ciudad de Italia.

 

¡Alí, mátalo!

JESÚS COVA «Ali entendía que para ser grande necesitaba de una fuerza exterior… Si peleas por ti mismo, eres tú contra los demás, y esto te motiva, pero nunca será con la fortaleza que Ali tenía. Muhammad Ali peleaba más que por él mismo. Él peleaba por Dios, su misión era muy grande…” (Un reportero de la revista Sport Illustrated) La historia que recordamos ocurrió hace 49 años, bajo un calor sofocante, entre las 3 y las 4 de la madrugada, hora local del miércoles 30 octubre de 1974 –unas 5-6 horas por delante en relación con la del Este en EEUU y en varios países de América latina, donde eran entre las 9 y 10 de la noche del martes 29– en el estadio 20 de Mayo, de Kinsasha, la exLeopoldville, capital de Zaire, hoy República Democrática del Congo, en África Central. La capacidad del local de unas 60 mil personas fue rebasada por poco menos que el doble, la mayoría de los espectadores integrada por enfervorizados aficionados anhelantes de un triunfo del aspirante de 32 años, Muhammad Ali, de 1,91 de estatura y 216 libras (97,976 kilos), a quien auparon –y con la mayor estridencia en los 23 minutos y 58 segundos de las acciones– en el combate de su ídolo contra el imbatido George Foreman, de igual estatura y 220 libras (99,790 kilos), siete años más joven, campeón mundial del peso completo de la decana Asociación Mundial de Boxeo y del Consejo Mundial, a los gritos en lengua lingala nativa de “¡Ali, bumayé!, ¡Ali, bumayé!” (“¡Alí, mátalo!, ¡Ali, mátalo!”) Recordemos que en aquel ya lejano año se sucedieron diversos acontecimientos de enorme resonancia universal, entre otros el de las secuelas económicas dejadas por la crisis mundial del petróleo originada por la Guerra del Yom Kipur en el Medio Oriente (la guerra de Siria y Egipto contra Israel), la llamada Revolución de los Claveles, en Portugal; la renuncia del canciller alemán Willy Brandt y, por encima de todos esos sucesos, la renuncia el 9 de agosto anterior de Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos, un acontecimiento inédito para la historia política del país, a raíz del sonado y escabroso escándalo Watergate. En cuanto al mundo deportivo, los dos más relevantes eventos fueron, en primer término la realización en junio-julio en Alemania Occidental (como se le llamó cuando el país estuvo separado luego de la II Guerra Mundial) de la Copa Mundial FIFA ganada 2 goles a 1 por la selección local ante el equipo de la Naranja Mecánica, Holanda, de los Países Bajos y, tres meses después la contienda, que es el tema de esta nota, con justicia considerada la auténtica Pelea del Siglo XX y desde entonces registrada como la más famosa y renombrada batalla con guantes de todas las épocas. Además, también, aun cuando parezca una exageración, uno de los más grandes sucesos por su repercusión de la fiesta del deporte ecuménico a lo largo del tiempo. EL TRIUNFO DE LA INTELIGENCIA La concreción de la pelea solo fue posible por la sagacidad de un promotor entonces medianamente conocido y que con el tiempo llegaría a ser mítico, el siempre sonriente Don King, el de la cabellera enmarañada, quien con ese espectáculo boxístico comenzó a hacerse notar para el mundo. Sin un centavo en el bolsillo King se las ingenió para “enganchar” en su proyecto al dictador Mobotu Sesé Seko, en el poder desde 1969 y depuesto en 1997. Mobotu, deslumbrado por la posibilidad de poner a su país ante los ojos del mundo, accedió a ser el financista y aportó $10 millones para los contrincantes, repartidos a partes iguales, una bolsa sin parangón. El campeón de 25 años nunca había perdido en 40 actuaciones, con 23 nocauts en fila y solo 3 triunfos a los puntos. Entre las victorias recientes se contaban una en dos asaltos sobre Joe Frazier (22/01/73), en Kingston, Jamaica, para ponerse el cinturón, y defensas ganadas en dos minutos cada una ante el boricua José “King” Román (01/09/73) en Japón y Ken Norton (26/03/74) en la inauguración del Poliedro de Caracas, Venezuela. Con tal ejecutoria, por supuesto que “Big George”, Foreman, subió al ring con las apuestas abrumadoramente a su favor frente a un retador siete años mayor y condenado a perder, sin remedio, según los expertos, en proporción de 10-1. En cuanto al retador, registraba 47-2-0. Las derrotas fueron una por decisión en 15 vueltas ante Joe Frazier el 8 de marzo de 1971 en el Madison neoyorquino, en un vano intento por recuperar el cetro del que había sido despojado en abril de 1967 al negarse a ir a la guerra de Vietnam –posición que le acarreó pasar tres años y medio sin poder pelear–, y la otra frente a Norton en marzo de 1973. El derecho a subir en 1974 a un encordado de África tras el cinturón, se lo dio un duro triunfo a los puntos sobre Frazier en enero de ese año. Para escribir esta nota regresamos al video frente al televisor, de retorno a octubre de 1974. Recordamos así las viejas escenas jamás borradas. Vimos otra vez a un Foreman de trusa roja saltar como un enfurecido y hambriento león, o como un toro de lidia, e iniciar un estilo y ritmo de pelea nunca modificado en aquel breve tiempo: empujaba y empujaba, atacaba y atacaba con la cabeza gacha a un Ali de pantaloncitos blancos, que se limitaba a resguardarse con los guantes sobre la cara y que de pronto tiraba dos veloces ganchos, un recto, uno que otro upper, táctica que llamó “rope a dope” (sin traducción al español) mientras sujetaba el cuello del campeón con el guante derecho o bien con el izquierdo. Así, en esa tónica sin variantes pero cargada de fuego y de ineficaz e inútil ofensiva de parte de uno de sus actores y de habilidad y helada calma del oponente la refriega se extendió hasta el round ocho. En ese asalto, un ya extremadamente extenuado Foreman, agotado de lanzar tantos golpes sin destino, enterró una vez más la cabeza. Ali lo golpeó entonces secamente. Y se amarró otra vez. Se apartó, se agarró y golpeó de nuevo, dos, tres veces más. A escasos segundos para el cierre del asalto el retador desató un ataque decisivo. Estremeció al adversario con una izquierda a la cabeza, otra derecha, una combinación de ambas manos y de pronto: ¡PAM! El guante derecho dio de lleno en el blanco y Foreman inició un lento, estrepitoso y dramático descenso a la lona, descalabrado, absolutamente descoyuntado, cual un pesado saco de cemento, y con el desplome, con su última y única caída, huía el título hacia otro dueño, mientras el estadio se sacudía con los gritos de euforia de los miles de asistentes. El campeón se levantó precariamente, con las piernas bamboleantes. Pero ya el árbitro, el exbasquetbolista de los Trotamundos de Harlem, Zachary Clayton, había completado la cuenta fatídica de los 10 segundos, a los 2´58” del asalto. El dramático desenlace no fue sino el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza, afirmación esta reforzada después de haber visto la cinta por enésima vez. de aquella contienda publicitada por King como “Rumble in the jungle” (“Retumbo en la selva”), que es, repetimos, la más célebre, emocionante, inolvidable y dramática pelea de todos los tiempos y de cuya puesta en escena se cumplen ya hoy 49 largos años, la razón de una nota similar escrita, repetida y publicada varias veces con numerosas enmiendas. Un dato adicional: en los siete rounds iniciales Ali tenía ventaja en las tarjetas del árbitro y los dos jueces (en la actualidad, como se conoce, no vota el referí y actúan 3 jueces). Zachary Clayton la tenía 68-66 y los jueces Nourridine Adalla (Túnez) y James Taylor (USA), marcaban 70-67 y 69-66, respectivamente por el de Louisville. Hoy ya no está de este lado uno de los protagonistas, el vencedor, Muhammad Ali, el peleador que flotaba como una mariposa y picaba como una abeja, ”el más grande y el más bello de todos”, como se autoproclamaba, el irreverente hombre del ring que se atrevió a desafiar al poder político de su país al negarse a formar filas en 1967 porque “ningún vietcong me ha llamado negro y yo no voy a matar a ninguno de ellos”, y que no dejó de luchar por los derechos civiles y de su religión del Islam. Luego de la pelea con Foreman se mantuvo en acción hasta 1981. Enfermo de Parkinson desde 1984, falleció poco más de dos décadas después de sufrir el mal, exactamente el 3 de junio de 2016 en un hospital de Scotsdale, Arizona. Foreman, con 74 años, vive en su natal Texas. Después de la derrota ante Ali y de reponerse de la decepción y del subsiguiente trauma que le produjo la caída, siguió en el ring y ganó 36 peleas más, 29 por KO, con cuatro derrotas, hasta noviembre de 1997 cuando perdió con Shannon Briggs. Dejó 76 triunfos con 68 por KO, 5 reveses, un KO en contra. Hoy es un acaudalado empresario del negocio de la carne, con una muy bien ganada fama de notable cocinero. DATOS PARA NO OLVIDAR Aproximadamente 300 millones de personas alrededor del mundo siguieron por TV la pelea. La cifra, según se ha dicho, es superior a la de quienes vieron al primer hombre, Neil Armstrong, pisar la luna el 20 de julio de 1969. Además, fue en su momento el evento deportivo con mayor audiencia en la historia, un récord que con certeza no podemos decir si aún se mantiene o si ha sido superado… Ambos boxeadores realizaron un total de 142 combates, con estos resultados:105 KO, 1 en contra por lado, y 10 tablas totalizaron ambos púgiles en sus respectivas carreras. Foreman, 76- 5-0 con 68 KO; Ali, 56-5-0 con 37 KO. El primero peleó 28 años, el otro 21. Un total de 5 millones de dólares fue la bolsa para cada uno, repartición inusual pues el campeón siempre recibe mejor paga en un combate titular. Nunca más ha ocurrido algo semejante en el boxeo mundial. Jesús Cova. Periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas, Venezuela

«El Neverito de La Lagunilla»

  JESÚS COVA. Hace unas pocas semanas, en ocasión de la publicación de nuestra crónica acerca de las grandes figuras en la historia del boxeo mexicano, grupo que lidera indiscutiblemente Julio César “El Emperador” Chávez, al que se añaden nombres como los de Rubén “El Púas” Olivares, Ricardo “Finito” López, Raúl “Ratón” Macías, José “Pipino” Cuevas, entre decenas, mencionamos también, tangencialmente, al guanajuatense Rodolfo Casanova, apodado indistintamente “El Chango”, “Baby” y “El Neverito de La Lagunilla”, título que elegimos para esta nota. Sin duda alguna, Casanova ocupa un lugar muy especial en las páginas del pugilismo azteca, del que fue la máxima atracción en los albores de 1930 y mediados los 40, como a posteriori lo serían Macías, Olivares y Chávez y lo es hoy el muy discutido Saúl “Canelo” Álvarez. Ese puesto de ídolo, ponderado por los aficionados y expertos de la época, se lo ganó “El Chango” por su agresividad y coraje sobre el ring, por la potencia de sus golpes y, además, por sus singulares dotes de humildad y simpatía. Es una verdad reconocida por los entendidos que en los anales del boxeo mexicano nunca antes de él había habido un peleador que despertara tanta idolatría en la tierra de don Benito Juárez. Pero «El Neverito de La Lagunilla», apodo que se ganó por haber trabajado como modesto empleado de una heladería en el barrio de aquel nombre, al noroeste de la capital, donde vivió desde niño, malbarató con la alocada y bohemia vida fuera del ring su excepcional talento boxístico, en noches de interminables farras con mujeres y amigos regadas profusamente con botellas y botellas de alcohol, durmiendo hoy en una cama, mañana en otra, en esa muy conocida e incierta senda seguida antes y después de él por cientos de muchos otros boxeadores, tanto en México como en el resto del mundo. CAMPEÓN SIN CORONA Valga adelantar que la vida personal y deportiva de Casanova sirvió de modelo para la película “Campeón sin corona”, filmada y proyectada en 1945, calificada de joya de la “Época de Oro” del cine mexicano, dirigida por Alberto Galindo, con David Silva en el rol de Kid Terranova, el otro yo del Casanova de la vida real. Kid Terranova-Rodolfo Casanova fuera de la pantalla es el boxeador que culmina en fracasado y olvidado a contramano de sus virtudes sobre el cuadrilátero. El apodo de Chango, término usado en México para referirse al simio, le vino a él y a su hermano Carlos, de los días infantiles en La Lagunilla (al noreste del Casco Histórico de la capital azteca), por sus largos y colgantes brazos. El “Chango” ingresó al boxeo rentado a los 17 años luego de un corto tiempo en amateur, el 9 de mayo de 1932. Debutó con un triunfo en 4 sobre Paco Villa, en la Arena Nacional, y sumó luego 11 victorias al hilo, 7 antes del límite, y una descalificación. En noviembre de ese año el filipino Speedy Dado (Diosdado Posadas), con récord de 72-12-13, detuvo la marcha del jovencito. Casanova se vengó de Dado en la revancha con un nocaut en diciembre y sumó después otros 6 triunfos al hilo. Young Tommy lo superó a los puntos en el Olympic Auditorium de Los Ángeles, en julio del año siguiente, pero en agosto el mexicano lo noqueó en el quinto asalto, en Ciudad de México. Entre ese año y abril del siguiente batió a Harry Fierro, Johnny Zavala, Baby Palmore, Juan Rivero, Dado otra vez, Chris Pineda, Willie Davies y Little Dempsey. De ellos solamente Dado terminó de pie. El 29 de mayo de 1934 enfrentó al veteranísimo estadounidense Freddie Miller, campeón mundial pluma NBA (luego WBA) en pelea a 10 rounds y fracasó a los puntos en el Olympic Auditorium de Los Ángeles. Para Miller fue un triunfo pírrico ya que camino al camerino se desmayó y debió ser atendido de urgencia, molido por el castigo recibido de Casanova, quien el 1 de enero de 1936 tomó desquite por decisión unánime en la Plaza El Toreo de Cuatro Caminos de la capital. Para entonces la vida disipada, el alcohol, los amores de ocasión, llegar a casa trastabillando cuando el sol despuntaba, era cosa de todos los días y ya el cuerpo empezaba a pasarle el recibo de cobro. MÉXICO LLORÓ SU FRACASO Al mes siguiente del primer choque con Miller, el “Chango” recibió la oportunidad para la pelea de su vida. Viajó a Canadá para su primer chance por la faja mundial gallo NBA (hoy AMB) que poseía el boricua Sixto “El Gallito” Escobar, primer puertorriqueño soberano universal. La pelea se montó en el Fórum de Montreal el 26 de junio de 1934 y marcó el inicio de la histórica rivalidad boxística de los dos países, que han producido unos 300 campeones mundiales desde aquellos días hasta ahora, con inolvidables batallas de tal rivalidad de las que se puede nombrar, al voleo, aquella de Montreal y luego las de Salvador Sánchez vs Wilfredo Gómez; la de este ante Carlos Zárate; de “Pipino” Cuevas-Ángel “Cholo” Espada; Edwin “Chapo” Rosario-José Luis Ramírez; Miguel Cotto contra Antonio Margarito, entre muchas más… En el pleito mencionado de Montreal, Casanova subió favorito de la prensa y de 8-5 en las apuestas, en especial por los comentarios de los medios de comunicación que elogiaban el estado físico del “manito”, el poder de sus golpes, su estilo de pelea de ofensiva constante, frente al tecnicismo del campeón, su única virtud superior a las del aspirante. Pocos sabían, por supuesto, que el “Chango” se había fugado del hotel la noche anterior y que fue encontrado en la madrugada, borracho, perdido en una calle cualquiera. Escobar, que no se distinguía por su pegada, (sumaba apenas 7 victorias por nocaut en 31 actuaciones), apabulló al retador en casi todos los asaltos, lo tiró en el tercer round con un derechazo y lo despachó por la cuenta completa en el noveno de los 15 asaltos pautados, con un gancho izquierdo y un upper al mentón. Luego del revés, de luto para el pueblo mexicano que estaba seguro de su victoriay que lloró por su derrota –inscrita en la historia como una de las mayores decepciones del boxeo y del deporte en general de su país– Casanova reemprendió el camino, aunque con sus seguidores ya desencantados y la idolatría ostensible mente maltrecha. Sumó otras muchas victorias (53) de relativo brillo y acumuló 18 reveses. Entre los éxitos la conquista delos cinturones nacionales del peso gallo contra Alberto Baby Arizmendi (oficialmente el primer campeón mundial mexicano) en junio de 1935 y la del peso pluma contra Juan Zurita (quien sería luego campeón del mundo en livianos), un perdedor. 4 de 5 ante Casanova. A esas dos fajas añadió la de los ligeros frente a Joe Conde, su peor enemigo, quien lo noqueó enun round en la revancha, en noviembre de 1937. El 4 de agosto de 1948, Rodolfo Chango Casanova, el ídolo mexicano sin igual hasta entonces, se fue para siempre del boxeo. Lo hizo con una victoria más, como empezó su andar, frente a Folly Villegas en la Arena Coliseo de la capital. Entre 1932 y 1948 acumuló un récord de 81 triunfos (51 por KO), 22 derrotas (9 por fuera de combate) y 3 empates en 106 compromisos. En ese largo transitar de 16 años sobre el encordado, “El Chango” confrontó, venció y perdió, con la crema del boxeo de México, de EEUU, y de otros países. De estatura de no más de 161 centímetros, militó en las divisiones gallo, pluma, ligero y welter, y fue campeón nacional de las tres primeras, tal se apuntó. Entre sus cientos de oponentes se contaron el ya nombrado Juan Zurita, al que dominó en 4 de 5 peleas, entre 1934-1938, 3 por KO y un KO en contra; al mítico Kid Azteca (Luis Villanueva Páramo), quien peleó entre 1932-61, en 4 décadas distintas –como lo hicieron Archie Moore, Anthony Hopkins, Roberto “Mano e Piedra” Durán y George Foreman– y RC se las vio además con el inmortal Henry Armstrong, antequien chocó 2 veces para un triunfo por descalificación y un KO3 en contra y con Panchito Villa (Francisco Contreras, sin nexo alguno con Francisco Guilledo, más conocido como Pancho Villa, una leyenda del boxeo asiático), a quien enfrentó cuatro veces para 2-2, dos por KO a su favor y 2 decisiones en contra, Su pelea contra “Kid Azteca” el 25 de marzo fue llamada por la prensa “La Pelea del. Siglo de México”, la ganó el “Chango” a los puntos en 12 asaltos. Para finalizar, digamos que “El Chango”, el “Baby”, “El Neverito de La Lagunilla”, nació en León, Guanajuato, el 21 de mayo de 1915. Falleció a los 65 años el 23 de noviembre de 1980. Poco tiempo antes de su deceso se le vio mendigando en las vecindades de la famosa plaza Garibaldi y se divulgó que varias veces entró y salió de centros hospitalarios, con la mente perdida. Su desdichada vida terminó en un albergue para ancianos indigentes en Ciudad de México. Antes de irse a la cama conversó un rato con un grupo de sus compañeros de desventura, disfrutó de una frugal cena de un par de tortillas y se acostó a dormir. Nunca despertó. Jesús Cova. Periodista deportivo venezolano. Reside en Caracas, Venezuela