ALBERTO JIMÉNEZ URE –

La Historia sería un individual registro de hipotéticos hechos. Pero, las definiciones deben fundamentarse. No podemos presumir para luego narrar. Investigamos, procesamos datos, los sometemos a pruebas de autenticidad y, más tarde, fijamos un concepto. Honro la verdad cuando afirmo que la Historia es [también] una arbitraria acumulación de acaecimientos improbables, prolija en maquillajes.

Siempre he pensado que jamás la historia podría asumirse cual «disciplina científica». Sencillamente, porque es –a mi juicio– un «caprichoso» e «individual» registro de acaecimientos. Los historiadores, por tanto, se aproximan más a los hacedores de literatura que a los hombres de ciencia.

HECHOS, INTERPRETACIONES

Quien se dedica a escribir sobre los sucesos que juzga trascendentales sabe, perfectamente, hasta qué punto es subjetiva su exposición: «fidedigna» transcripción de lo «incidental».

Pero, ¿cómo debe una persona con ética profesional codificar sucesos trascendentales y dignos de ser conocidos [en el futuro] mediante sus crónicas o ensayos? ¿Acaso censurándolos? ¿Es «válido» y «científico» anteponer principios morales o empatías a su redacción?

Por muy buenas que parezcan sus intenciones, los historiadores suelen ser frágiles exponentes de hechos que les impactan o conmueven a un gran número de habitantes del mundo. Más serios lucen quienes desestiman elementos que solo a ellos impresionan. Pero, igual parecen poco adustos los que sopesan sucesos conforme a sus adhesiones ideológicas.

Lo cierto es que, alrededor de esa disciplina, se teje toda clase de marañas. En el mundo [post] moderno, abundan y lucran «historiadores de mercenariado» o «palangre»: oficializados, mediatizados. Frente a ello sobreviven, resisten tentaciones, los auténticos profesionales de la Historia que sirven a universidades o instituciones privadas que gustan fomentar la cultura.

Aunque hoy muchos promueven la idea de que sea reconocida como una «ciencia», nunca podría –de facto– decretarse. Inclusive, incidentes que se hacen públicos [y alcanzan periodística difusión] no siempre reflejan la realidad «aparencial». Cuando no los vuelven imperceptibles personas expertas en camuflajes, son maquillados por los gobernantes de acuerdo con sus necesidades políticas.

Algunos eminentes han pretendido establecer que la Historia consiste «en la compilación de la mayor cantidad posible de datos irrefutables y objetivos» [Edward Hallett Carr en: ¿Qué es la Historia? Seix Barral, S. A., 1981, Barcelona, España, p. 20]

Entre los científicos, nada puede ser tenido por irrefutable. Si ellos –que tiempo atrás desecharon a los empiristas– sostienen la fiabilidad de ciertas teorías, ¿qué argumentos blandiríamos para infundir aires de inobjetable a cualquier dato histórico?

LA HISTORIA Y LOS AVANCES EN MATERIA DE COMUNICACIÓN

Pululan quienes, ingenuos, aseguran que las filmaciones representan pruebas irrefutables, veraces, de ciertos hechos. Aparte de que existe la simulación [que puede igualmente filmarse], abundan técnicas para elaborar montajes fílmicos. Ningún historiador auténtico documentaría sus afirmaciones con películas.

Los avances en materia comunicacional no dotan al historiador de mejores instrumentos de trabajo; lo vuelven más débil e inseguro. Filmaciones «en vivo» y «vía satélite», textos transmitidos por «fax», «tabletas», «celulares» o «equipos digitalizados de fotografía»; todos, digo, son elementos que no deberían calificarse incuestionable documentación para una persona seria y honestamente dedicada a la Historia. Las Redes de Disociados son el epitafio de esa disciplina.

Si presumimos que ningún hombre está exento de caer en la tentación de redactar –acomodaticio– cualquier suceso juzgable trascendental, la Historia sería un individual registro de hipotéticos hechos. Pero, las definiciones deben fundamentarse.

¿PARA QUÉ SIRVE?

Esta interrogante, que uso a modo de inter-título es, sin dudas, baladí. Previo y doctoral ritual, suele formularse a los que se inician en el estudio de esa carrera.

Pese a que no es «científica», pienso que la mencionada disciplina nos orienta a los seres humanos. Al centro de profusas informaciones, algo se comprueba. Por ejemplo: lo que se ha escrito sobre Simón Bolívar, aun la parte épica-fantástica, ilumina lo que fueron aquellos tiempos de combates contra el Imperio Español. Nos ubica en tres tiempos indisolubles: cómo fue nuestro comportamiento, es y será. Por qué.

La admiración y el odio que inspiraba el llamado Libertador precipitaron múltiples versiones respecto a la transcendencia de su pensamiento y actos. Pero, fue [mortal] hombre, y dirigió tropas, leyó a filósofos notables de la Ciencia Política, escribió.

Simultáneamente, es indiscutible y no «probable». Los testigos presenciales ya entraron a la muerte. Las cartas y legados escriturales del «prócer» nos hacen presumir, una vez más, que vivió.

La Historia, aun fabulada, es imprescindible. Nos entretiene, advierte, orienta y alerta. Convida imaginar un inatrapable y desconocido mundo. También sirven la Literatura, Teatro, Música, Cine y Ciencia Política. Todas, disciplinan que satisfacen apetencias intelectuales.

Alberto Jiménez Ure, escritor venezolano, reside en Venezuela @JUREscritor

 

1 COMENTARIO

  1. Un muy interesante artículo de Jiménez Ure, como todo lo que procede de su crítico pensar. Hablar de La Historia y de los historiadores es una labor que puede afectar intereses; pero la irreverencia es la parte sólida para quien asume el papel del «intelligentsia» pensante sin asumir verdades incuestionables e irrefutables, porque La Historia la hacen los vencedores para someter, dirigir y manipular según sus intereses, que deben ser instituidos, establecidos para la marcha de sus doctrinas e ideas políticas.

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