EZIONGEBER ÁLVAREZ –

O en Roma. En realidad, el señor Bourne podría estar en cualquier parte. Para eso cuenta con cientos de pasaportes y variopintos artificios. Y cuando al fin logran ubicarlo en Estambul a través de una red de cámaras súper high tech, Jason se ha pirado casi sin dejar rastro. El tipo es un vergatario. Te podría caminar al lado y qué va. No lo reconocerías. De todas formas, en Venezuela pasaría el trabajo hereje. Imagínatelo llegando a una farmacia. Si se viera obligado cancelar en bolívares, el regente propietario equipararía la factura a la divisa según el Dólar Tudei, es decir, bien cara. Y si la cosa es pagar en dólares, se los reciben baratico. Todo depende de la dependedera, como llaman. Aquí se fuñe el tipo, pero de todas formas pierde cuidado. Compa, hablamos de Jason Bourne, una suerte de aleación entre John Rambo y El hombre de la etiqueta. Eso es mucho decir para cualquier hombre.

De Rambo, nuestro amigo Jason ha heredado esa mirada triste de los tipos que no se jallan. Rambo como sabes, regresó a su país luego luchar en una guerra muy cruenta asentándose cerca de los riachuelos periféricos de su pueblo con la finalidad de hacer fogatas y vainas de esas. Cantones inexpugnables de puntas puyúas. Cosas así vivió en carne propia allá en Vietnam. Uno le veía la cara absolutamente desencajada a Stallone y coño, por lo menos le quería invitar un Riko-Malt:

-Date, chamo. Pídete un cachito ahí.

Con el comisario Natalio Vega, es decir, con El Hombre de la Etiqueta, no puede haber mayores semejanzas. Esa vaina de matar y matar los hermana, pero a lo que voy. Antier vi las tres primeras películas del pana Jason Bourne. Sinceramente lo encontré muy parecido a mí. No en lo kilúo, claro, sino en ese eterno peo en que hemos andado algunos buscándole sentido a nuestras existencias. Esa búsqueda constante; de paso, es solitaria y empapa. Sinrazones que te hacen bajar a los infiernos cual fue lo que hizo Bourne, que en realidad se llamaba creo que David Webb. Allí radicaba todo el rollo. Bourne no era Bourne y además, su profesión era irse de viaje y matar gente. Y tirarse de un piso alto. Y esguañingar carros, casas, aviones, trenes y lo que a bien tuviera. Películas existencialistas muy parecidas a las de Fassbinder, no hay quien no se haya preguntado “¿quién soy?”. Borrado chamo, como los tipos que beben caña clara con yogur toda la noche y después no se acuerdan del pingazo que se metieron contra un poste. A Jason Bourne lo resetearon, pero un día comenzó a recordar cosas que se le acercaban como fogonazos en medio de un sueño. Una calle concurrida o el rostro de una jevita.

Nada, que un día se le prendió el bombillo y comenzó a salir del hueco inmemorial de su mente, y dele pues a por los culpables de su amnesia. Y si mató gente buscándose a sí mismo, después que se encontró, la cosa no mejoró, ¿cacháis? De cualquier manera -pienso- no está mal llevarse en los cachos lo que nos impida encontrar la ruta. Después de todo, la vida es una sola y mejor estarse con uno mismo que andar perdío sin saberse, que así era como andaba el hijo pródigo de la biblia en versión Reina-Valera. He llegado a la honda conclusión de que todos estos héroes de tan precaria memoria, son extraídos de ese pasaje bíblico según el cual, el muchacho, después de refocilarse a todas las putas del pueblo y luego de gastarse hasta el último fucking penny, termina empleándose en una cochinera. El pasaje termina con una muy característica frase: “Y volviendo en sí”, que es lo que le permite volver a la casa de su padre. Esa frase, mi amigo, es todo lo que uno necesita entender. Ah, claro. También volvió en sí Clint Eastwood en una peli de vaqueros en donde hacía de beodo consuetudinario. Y en Sexto Sentido, Bruce Willis recordó que lo que estaba era frito. Muertico. Se lo dijo el carajito. Vacila: el muerto no recordaba haber muerto. Esto da para otros análisis de esos muy frikis que yo hago, pero que todos entienden. Bueno, casi todos.

Volviendo enésimamente a Bourne, pues que el tipo recordó y, voltario, se rebeló contra sus jefes y entonces estos decidieron eliminarlo mandando a otros asesinos a joderlo simplemente porque el tipo comenzó a recordar quién era. Coño vale, tampoco así. ¿Te ha pasado? A mi sí. Cuando uno es muchacho, el cuerpo aguanta mucha rumba. Y de allí uno se va a la chamba, casi sin rastros del festín. Al final, a pesar de mi desempeño y de mi sentido del deber, el juez del tribunal donde yo trabajaba me dijo: “chao, pescao”. Y después de esas amanecidas en La Guaira escuchando por ejemplo a Ruby Pérez: “La conocí en la taberna, la vi… pedí una copa de vinooooo…”, una voz por allá dentro me dijo: “Hora de volver en sí”. Fue cuando me casé, luego se nos rompió el amor, me quedaron par de carajitos que adoro y… p´alante mi hermano. Los hijos a uno lo cambian. Y con el pasar del tiempo se aprende a pasar agachao en diversas circunstancias y, en otras, hay que arrecharse… como le pasaba al señor Bourne. Como te digo “ut supra”, comienzas a charapear buscando la trocha que te conduzca a un mejor destino. En el caso de nuestro buen amigo, pues no tuvo elección. A matar se ha dicho. Porque matar -buena filosofía de vida- es necesario para saber quién coño es uno. Así, matas amistades que no te van que son las mismas que creen que guevoeburro es corneta, asesinas tus costumbres de rumbero de tasca madrugante, a las relaciones controladoras, eso es cuarenta y pala cola, y por si fuera poco, vas entendiendo que lo mejor de la vida es ser congruente como una flecha. Como dice Walt Wittman: “No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario…”. Particularmente, este “nadie” de Wittman eran mis otros yo. “A la mierda con ustedes”, les dije.

Claro que los libretistas de Bourne a fuer de querer más plata, se pusieron exquisitos con la trama. Por ejemplo, Bourne no podía edificar una relación de pareja. Luego, todas las muchachas con las que se topaba por Re o por Fa, morían. Tristemente, añadiría. Para el final, lo mejor: Bourne, después de echarse al pico a decenas de malandros, llegó a la casa matriz para reclamar por qué lo convirtieron en asesino borrándole el coco. De seguidas le puso una pistola en la boca al director de la vaina, es decir, a Albert Finney (The big fish), y este le respondió que todo eso pasó porque él –Bourne- lo decidió. Es que, de pana, todo en esta vida es cuestión de decidir. Por ejemplo, ¿quedarme en el Derecho y ver cómo un puto alguacil se viste mejor que yo porque cobra debajo de cuerda lo que le da la gana? ¿Y dónde me dejas a las jueces que, o no van a trabajar, y si van, llegan a las doce del mediodía porque necesario es ir primero a la peluquería? Pues no. “A escribir, Chino, aunque sea pa´tí”, me dijo la voz. Tú sabes: Todos tenemos un Pepe Grillo.

Fundamos la Editorial y pusimos en ella nuestros sueños que acaso sean los últimos cartuchos, porque pa´tras ni pa´coger impulso, mi compa. Hemos recibido el apoyo extraordinario de muchos autores de letra tutelar en Venezuela, de la prensa, de gente de la literatura, de poetas muy principales, de portales serios y sabidos, pero también nos han dado coñazo. Que jode. ¿Y qué? Es la vida, men. Se han tomado la molestia de ir contra Itaca a punta de chismes. Que si El Chino es esto o lo otro. Que el carajo no escribe. Se preguntan: Pana, francamente: ¿De dónde salió este tipo? Yo les respondo: Bueno, paquetúveas. Es que hasta tengo una columna, chamo, ¿cuándo en mis tiempos? Con la socia, no se mete todo el mundo porque el mapurite sabe a quién pee. Perdona Milagros, el paralelo. Ah, pero llegó un alumbrao a quererla joder. No se hable más. El mundo cuan anchilargo es, se cuadró con la verdad. Una tan rampante que es difícil conseguirle explicaciones a la conducta del carajo. Ahora te digo: Bourne jamás sonrió a lo largo de la saga. Rambo tampoco. Pero yo, y tienes que creerme, me río. Me cago de la risa inventando historias. Disfruto escribir. Lo comparo al sexo…al menos un poco. Y seguimos p´alante. A todos los amigos que han confiado en nosotros: gracias por todo ese apoyo que le otorgan a la Literatura. No es a Milagros o al Chino. Al fin y al cabo la editorial es como esas maticas que llaman en la provincia “agradecidas” porque pegan hasta en las comisuras de una acera, según dice mi pana Cobija e´perro.

Eziongeber Álvarez, narrador y humorista venezolano. Reside en Caracas.

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