La vergüenza de tener hambre

 

EDILIO PEÑA –

A José Pulido

Cuando no hay posibilidades de tener algo para comer, el cuerpo se vuelve una compañía inmerecida. No sabemos a dónde llevarlo a saciar su hambre, porque ya no tenemos ningún alimento con qué nutrirlo. Y el que existe nos es negado en el lento calvario de la crueldad. A veces la comida se halla en la cima de una muralla o una torre petrolera muy alta que no podemos alcanzar. No tenemos escaleras ni alas, porque nunca las hemos tenido. La conciencia reconoce al cuerpo en su demanda capital, pero el cuerpo se niega y resiste a reconocer a la conciencia. En esos momentos tormentosos en que transcurre la existencia, la conciencia puede compadecer al cuerpo con una profunda tristeza, pero también a odiarlo y a buscar la manera de deshacerse de él. Llega al extremo de despreciarlo, pero también de amarlo con la rabia del dolor. Para el hambriento, el cuerpo ha de convertirse en el futuro cadáver que hay que arrastrar o llevar como un fardo hasta la agonía. Son como aquellos seres que se dedican a surtir, después de largas e insomnes colas, de gasolina a sus carros a cambio del hambre que los depreda física y existencialmente. El espanto mayor es cuando el hambre se hace progresiva y orilla a la conciencia en el abismo de la debilidad anémica. Te enfermas de una fatiga que comienza a minar tu respiración. Los ojos se desorbitan porque la vida se ha transformado en un asombro espantoso. No te queda otra opción que alimentarte de la luz incandescente que baja de la alta montaña o de la inmensidad del mar que nunca te abandona, así cierres los ojos para siempre. En ese umbral, la voluntad se ha perdido y no hay fuerza suficiente, moral o inmoral, para tomar decisiones extremas para saciar el hambre de ese recipiente donde estamos condenados a vivir a duras penas. En el padecimiento del hambriento, estalla una pregunta que retumba en el universo que se olvidó de nosotros. ¿Por qué tuvimos que haber nacido en un cuerpo y no en una piedra? Ya no se puede vender lo que queda del cuerpo para una esclavitud laboral o sexual, mas cuando éste se desmorona en la gravedad del tiempo que asesina por igual en una sorda complicidad con el hambre. Ya no se puede pedir socorro al otro vecino de la hambruna porque éste decidió colgarse de la rama seca del único árbol que quedaba en la intemperie donde las palabras no dejan de llorar, menos a aquél que comercia con tu hambre o se siente poderoso ante ti porque puede comer en abundancia las exquisiteces que tú jamás has comido. El riesgo de la sobrevivencia en medio del desierto del hambre, es que pone en peligro no solo al cuerpo, sino por igual, a la propia conciencia que se obstina en mantenerse despierta ante los acechos de la alucinación. En ese lunar territorio, donde una neblina azulada nos confunde, la conciencia puede comenzar a desvariar o a enloquecer. Porque toda sobrevivencia también se agota cuando desaparecen los últimos recursos de la poca y amarga proteína que ya no te reclama el estómago, sino el corazón a punto de estallar. El preámbulo final de la sobrevivencia, es la fantasía de soñar y ensoñar que comes. Simulas que comes moviendo las mandíbulas. Tragando la saliva que se agota porque tampoco hay agua que beber. Cuando sorprendes a alguien publicitando la fotografía del plato recién comido en vivos colores, le arrebatas el celular, no para robarlo sino para intentar comer ese plato delicioso que tu víctima ha puesto a orbitar virtualmente por el mundo. Sé de un hombre que un día encontró en la calle a un perro hambriento como él. El perro lo miró con la misma necesidad con que la mirada de aquellos ojos lo atravesaban. A partir de entonces, el hombre y el perro comenzaron a vivir juntos. Ya no se sentían solos y un sentimiento agradecido los acompañaba en el encierro de la desgracia. Por un tiempo, el perro le ahorraba al hombre la vergüenza de hurgar entre la basura de la ciudad, aquellos pocos restos de comida que encontraba y luego compartían al calor de una hoguera. Cuando el perro no encontró nada más que comer, porque la basura también había desaparecido, una madrugada el hombre se despertó con un hambre feroz que le mordía la lengua. Entonces, decidió matar al perro y devorarlo. Pero en el instante en que se disponía acuchillarlo, se arrepintió con una idea más feliz que lo consoló. Con el cuchillo le produjo una pequeña herida en el cuello al animal y bebió de su sangre. El hombre se sintió satisfecho, y saciado extendió lo que quedaba de su cuerpo, en el lecho profundo de la noche. Pero el perro no dejó de mirarlo con una especie de imploración que escapaba de su garganta como un gemido lastimero. Entonces, el hombre comprendió la necesidad de su única compañía, y de un tajo cortó una de sus venas. El perro lamió gustoso aquella mano ensangrentada, como si fuera la mano de un Dios, que finalmente, se había compadecido.

Edilio Peña, narrador venezolano, residente en Mérida, Venezuela.

 

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