ROBERTO GIUSTI –

Corrían los años finales de la década de los 70 y para entonces la figura mítica del jefe guerrillero Douglas Bravo se acrecentaba desde la clandestinidad, pese a la derrota de la guerrilla en su intento de repetir la experiencia cubana en Venezuela.

Douglas, quien paradójicamente se había convertido en una leyenda nacional, fue indultado junto con otros 150 guerrilleros por el gobierno de Luis Herrera Campins y luego de una larga década de lucha armada, aterrizaba en la legalidad para vérselas con la lucha desarmada. Líder no solo por sus atributos como combatiente sino, también, por su inclinación al debate ideológico, quería probar sus capacidades oratoria y de convocatoria. Lo hizo organizando un mitin que se celebraría en Coro, la capital del estado Falcón, en cuya serranía fungió como Comandante del Frente José Leonardo Chirinos. Para ese momento Douglas, quien dejó el Partido Comunista para crear el PRV (Partido de la Revolución Venezolana), había acordado con el entonces oficial del Ejército venezolano, Hugo Chávez, su incorporación a esta última organización, como parte de la denominada “insurrección cívico militar”.

El regreso de Douglas movió a unos cuantos miles de partidarios de todo el país, sobre todo estudiantes, muchos de los cuales provenían de la Universidad de Los Andes (Mérida). Allí el Movimiento Ruptura (así se llamaba el partido que Douglas y su esposa, Argelia Melet, refundaron como brazo político del PRV), gozaba de una mayoría que le permitiría ganar las elecciones para la presidencia de la Federación de Centros Universitarios.

CHÁVEZ LES ROBÓ LA IDEOLOGÍA

Numeroso y leal, hasta ese momento, el séquito del Comandante Bravo estaba formado por dirigentes como Diego Salazar, Alí Rodríguez Araque, Francisco Prada, Kleber Ramírez, Adán Chávez, Toby Valderrama y el líder estudiantil Caracciolo León, entre otros. Todos estaban obligados a domar sus resabios conspirativos y la violencia en nombre de la revolución, a sabiendas de que, en paralelo, seguirían la línea oculta de la infiltración en las Fuerzas Armadas.

Un par de meses antes este reportero se había topado con algunos de ellos en El Valle, un verde paraje rural ubicado muy cerca de Mérida. Saliendo de una cabaña, al borde de la carretera, donde vivía, los vi desplazándose con aire misterioso y de inmediato supe que el jefe, aún en la clandestinidad, se alojaba en alguna de las casas de profesores de la ULA que había en la zona. Les propuse, entonces, que me permitieran hacerle una entrevista a Douglas en la que explicara las razones de su inserción en el juego político convencional, pero Diego Salazar, quien formaba parte de la dirección nacional del partido y a quien había conocido pocos meses antes, me dijo que eso era imposible. “A cambio de eso te invitamos a Coro, al encuentro de Douglas con las masas”, me propuso.

Y así fue. Diego era compadre de Douglas y su hoja de vida lo calificaba como un activista del Partido Comunista en la lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En los años 60 dejaría sus estudios de medicina para irse al monte con la guerrilla, caería preso y luego de acogerse a la política de pacificación, propiciada por el presidente Caldera, saldría a la calle y se dedicaría a la venta de seguros pero, siempre metido en la candela, se sumaría al grupo de civiles que apoyaron a Hugo Chávez en su intentona del 4F.

Para ese momento Chávez, quien se pertrechó ideológicamente con una teoría revolucionaria, a partir de las tesis elaboradas por Kleber Ramírez, abandonó a Douglas (quizás dos egos como esos hacían inevitable el rompimiento) y se llevó consigo a dirigentes de Ruptura como el mismo Salazar y Alí Rodríguez Araque, experto en explosivos y conocido como el Comandante Fausto.

APARECEN LOS BOLICHICOS

Treinta años después, en abril del 2011, aparece una crónica en el portal ABC de la Semana, escrita, aparentemente por Douglas, donde el ex guerrillero disecciona con lenguaje sarcástico y no poca frustración las travesuras de Rafael Ramírez Carreño, cuyo padre militó en la guerrilla junto a él y su primo, Diego Salazar hijo, de quien era padrino de bautismo.

Con todas las trazas de reivindicarse en el reclamo de un viejo luchador, nunca compensado con su ascenso al poder y desechado por Hugo Chávez, luego de quitarle su gente y arrebatarle el modelo ideológico, Douglas denuncia el escandaloso estilo de vida de dos representantes de lo que podría llamarse la segunda generación o los “bolichicos”, como los llama Nicolás Maduro. Eran los hijos de los frustrados guerrilleros de los 60, quienes, sin disparar un tiro, se habían enchufado al poder en manos de uno de los antiguos infiltrados en las Fuerzas Armadas de los 70 y 80. Infiltrado que, a la hora de las chiquiticas, se desligó de sus aliados civiles para darle prioridad a los militares.

EL BOHEMIO Y EL TREPADOR

Implacable al analizar la trayectoria de Rafael Ramírez, quien llega a Mérida para estudiar Ingeniería Mecánica, Douglas señala que se distinguía por sus finos modales y porque le encantaba codearse con “gente de bien”. Al punto, agrega, que “tuvo sus coqueteos con la democracia cristiana universitaria”, valga decir con los copeyanos. Pero su manifiesta animadversión por Rafael no se queda ahí y niega que haya militado en Ruptura: “La única actividad “subversiva que realizó fue servir de correo en un par de oportunidades, en el envío de unos paquetes de volantes subversivos que debían ser entregados a Adán Chávez”. Pero agrega Douglas que si Rafael hubiese sabido lo que cargaba se habría negado. “Era un carajito muy cagón”.

El otro de los hijos de la guerrilla, es el ahijado, de Douglas, Dieguito, hijo de Diego Salazar, su compañero de armas. Según Douglas el ahijado “….aprendió a vender seguros con su padre, pero su meta era ser cantante. Dieguito era un bohemio. No se graduó de nada”.

EL SALVADOR DE CHÁVEZ

Sin embargo el muchacho, ligero de cascos y cuya máxima ambición era emular al cantante Oscar De León, se convertiría, según Douglas, en “el intermediario del negocio anhelado por varios grupos empresariales dentro y fuera de Venezuela. El de la contratación de una millonaria póliza de seguros y reaseguros. Y el otorgante era, nada más y nada menos que su primo mayor”, es decir Rafael Ramírez, presidente de Pdvsa.

Según Douglas, Rafael, a diferencia de Dieguito, era “astuto y calculador” y gracias a las gestiones de Luis Miquilena y de Diego padre, es nombrado presidente de Enagas (2000), una empresa estatal cuya misión consistía en echar a andar un plan nacional para el consumo del gas. Pero la conexión directa con Chávez la lograría cuando, a raíz del paro petrolero (2002-2003), fue contactado por el ex Capitán de Altura Wilmer Ruperti, quien se ofreció a levantar el bloqueo de los barcos petroleros atascados en el Lago de Maracaibo, una maniobra que le da al gobierno de Chávez un respiro providencial, en medio de la parálisis total de Pdvsa. Para Douglas esa jugada no solo aseguró el porvenir de Ruperti, incorporado así al club de los boliburgueses chavistas , sino que hizo a Rafael ministro de Energía y Minas (2002) y luego presidente de Pdvsa (2004).

Por su parte, el joven Diego Salazar, Dieguito para Douglas, tocado súbitamente por la fortuna, se convierte en el testaferro de su primo, y de vender pólizas de puerta en puerta, pasa a relacionarse con las grandes empresas multinacionales de seguros y reaseguros. Pero la mano larga de Dieguito va mucho más allá y se mueve en una febril actividad que implica transacciones con el diferencial cambiario, sobornos , legitimación y blanqueo de capitales que, solo en el caso de la Banca Privada de Andorra, sobrepasa los mil 347 millones de euros. Una cifra que se queda muy corta, según el informe de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional, sobre la gestión de Rafael, donde se advierte que las irregularidades alcanzan a los 11 mil millones de dólares.

YO… SOY EL CANTANTE

Fachoso y extrovertido, a diferencia de su primo Rafael , Douglas cuenta cómo de la noche a la mañana Diego deja su modesto apartamento en Parque Central (era vecino de su padrino Douglas) y compra todo un edificio, el conjunto residencial Corteza, situado en Campo Alegre. En esa misma urbanización adquiere un par de pisos para las oficinas de Inversiones y Asesoría Inverdt y la Fundación Diego Salazar.

Pero dedicado como está a los negocios, Dieguito o el “Rojo de Oro” como le empiezan a llamar, tiene tiempo para hacer realidad el sueño de toda la vida. Douglas narra cómo desde niño Dieguito se imaginaba siendo la voz cantante de una orquesta de salsa. Así que contrata al antiguo arreglista y pianista de Oscar de León, Enrique “Culebra” Iriarte, y pese a su tono, algo desafinado, ensayo tras ensayo, en los salones del hotel Marriot logró posicionarse con una canción llamada “Amor de mis Amores” en el número dos del renglón de salsa del Record Report.

Con ínfulas de figuración en las alturas de la vieja oligarquía, a contracorriente de todo lo que le enseñaron en su infancia, en el rechazo a las clases dominantes y explotadoras del proletariado, logró vencer las barreras del jet set nacional y fue aceptado como socio del Country Club de Caracas. Algo que ni su padre, ni ahora su padrino, podrían aplaudir.

Nadie sabe si aprendió los rudimentos del ajedrez o si, en algún momento, invitó a alguno de sus secuaces a jugar en el tablero y las piezas de oro que recién encontraron en el allanamiento a su oficina y que Nicolás Maduro exhibió como botín de guerra, luego de ofrecerle la cárcel y llamarlo “bolichico”, como si él no cometiera los mismos pecados con semejante desparpajo al de aquellos a quienes acusa de ladrones.

Tampoco sabemos si en medio del vértigo de ganar dinero a espuertas tuvo la posibilidad de observar el cuadro de Armando Reverón, que se exhibía en su oficina (también mostrado por Nicolás) y si esa contemplación le producía la misma satisfacción que le daba el hecho de ser propietario de cosas a las que la gran mayoría no puede ni quiere acceder porque está ocupada en la dura tarea de no morirse de hambre o de una enfermedad por falta de medicinas.

POST SCRIPTUM

Douglas, el narrador de la crónica que glosamos arriba, cuatro años después de ser publicada (2015), la niega como suya, a pesar de que casi todo lo allí señalado se corresponde con la realidad, porque a pesar de la dureza con que trata al gobierno de sus antiguos camaradas, advierte que él no acude a un lenguaje despreciativo e insultante.

Roberto Giusti, periodista venezolano. Escribe desde Oklahoma, EEUU.

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.