ATANASIO ALEGRE –

Las tres son inteligentes, las tres son hermosas, las tres dejan tras sí un suave rastro de perfume. A ser hermosas y a fragar como lo hacen les ayuda, hasta cierto punto, la química. A lo primero, no. Para que se las considere inteligentes han tenido que pasar por la universidad, completar una carera, aprender inglés. El inglés bien aprendido. Y un máster. Después, una empresa las ha contratado a cada una por su lado para trabajar en áreas diferentes. En estas circunstancias se conocieron, sin competencia que enturbiaran una relación que hoy resume su amistad, entre otros hechos, en que diariamente encuentren un momento para saber cómo cada una de ellas va sacando la vida adelante. Los viernes se reúnen para almorzar.

De las tres, dos están solteras y una tiene marido, aunque cada una de ellas dormirá hoy sin compañía porque el marido de la casada se encuentra fuera del país.

Dos estaban ya en la barra del bar cuando llegó la tercera al restaurante en el que habían quedado para comer. Un camarero las acompañará luego cortésmente a la mesa que les ha provisto en un lugar discreto al fondo del local.

-Vamos de sorpresa a sobresalto en estos días con el cuento de la corrupción, los registros, lo de Cataluña, dice una de ellas…

La que sabe más sobre Cataluña –la interrumpe- porque asegura haber vivido toda una década en Barcelona para puntualizar que allí no va a pasar nada.

-Nada, porque una cosa es pensar lo de la independencia y otra ponerla en marcha. Y ese es el problema, llevar a la práctica la desconexión con España cuesta dinero y van a tener que sacarlo de su bolsillo quienes lo hagan.

-¿Y a ti que te parece lo de Trump y lo poco que dura a su lado la gente en los cargos?

-Pues, a mí la política, dice la casada, me interesa como bienestar personal, de manera que mientras mi marido siga haciendo lo que hace en la compañía norteamericana con la que viene trabajando desde hace diez años, igual me da que esté un presidente que otro.

-Lo que pasa es que una buena parte de los políticos han convertido la política en su propia empresa y pretenden llevarla puesta como si fuera un sombrero. ¿Por qué extrañarse entonces de la corrupción?

La conversación la interrumpe una llamada al móvil de la que no ha abierto todavía la boca después de los saludos. Se retira de la mesa discretamente a un lado y atiende.

-El jueves estaré en Miami, así que eso será a mi regreso, la oyen decir ya cuando da por concluida la conversación que, por lo oído, no le resulta fácil, porque quien está al otro lado, insiste todavía.

Lo que ha sucedido mientras, es que quien se levantó ha atraído las miradas de un parte de los numerosos comensales que pueblan ya el local. Si lo sabe o no, importa poco. De las tres, es la que realmente tiene un cuerpo espectacular. Y una vez sentada, las miradas también se concentran en las otras dos que para eso son bellas e inteligentes, llevan buena ropa y saben llevar el alimento a la boca con elegancia. Y esto en una ciudad como el Madrid actual donde quedar a comer con alguien en alguno de los sitios que merezca la pena suele ser entre empresarios la escuela de negocios más a mano.

No todos, por supuesto. También suceden cosas y cabreos y discusiones y…

Que la atención se haya centrado en ellas es algo de lo que se da cuenta la casada y es ella la causa de que la conversación cambie bruscamente de registro.

-¿Sabían que el banquero que se suicidó en estos días estuvo hace algún tiempo en este mismo restaurante y que cuando más descuidado estaba comiendo con alguien -un amigo previsiblemente- uno de los comensales se le levantó de una de las mesas, le increpó primero y cuando el banquero se levantó para replicar al intruso, éste le arreó dos trompadas y lo tiró al suelo?

-¿Y tú, cómo lo sabes?

-Pues porque lo vio mi marido que estaba en la mesa de al lado.

-Salió en la prensa…

Pero es entonces cuando la que se había levantado antes, la que arrastró hasta la mesa las miradas de buena parte de los comensales, ha dicho con contundencia:

-Sin detalles. Detalles, no, cariño.

En El diablo y en el buen Dios, una obra de teatro de Sartre, que según he escuchado van a poner en escena pronto en Madrid, cuando el coronel comienza a comunicar al arzobispo los términos en los que se ha llevado a cabo la batalla, este le interrumpe bruscamente. “Detalles, no: Una victoria relatada con detalles es imposible distinguirla de una derrota.”

Así va la vida en este Madrid de hoy entre sorpresas y sobresaltos, entre unas clases sociales y otras uno de estos viernes previos a las modorra de agosto que se apoderará de la capital del reino una vez que a, finales de julio, se haga efectivo el decreto de las vacaciones colectivas. Sin detalles, porque en esta hora del okay y de los argumentarios los detalles que, según se decía, eran algo por lo que se conoce si una obra está bien o mal hecha, están perdiendo terreno ostensiblemente.

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