ATANASIO ALEGRE –

Cuando la recepcionista termina de dar la información sobre las condiciones de alojamiento en el hotel, añade, como si se tratara del eslogan de un político en campaña: Francia no es solo París.

Francia, en la ruta hacia Normandía, es, efectivamente, esa alfombra verde de una campiña festoneada por los más variados cultivos: con mucha agua, con muchos puentes sobre el Sena -algunos de una belleza soberbia como el que une a la ciudad de Le Havre y la población de Honfleur-. La Francia interior son los viñedos con los pámpanos desmelenados al viento. Es el vino, la industria del motor y la del perfume, como el que usa esta moza morena que atiende la recepción en este hotel de Le Havre.

Pero Francia no solo es el paisaje sino el paisanaje, sus pobladores. ¿Quiénes pueblan ahora esta Francia del siglo XXI? Pues, si uno quisiera reseñarlos atendiendo a los que suben y bajan de los autobuses, los que toman el tren en las estaciones, los que andan a pie, tendría que contar también, entre ellos, a quienes vinieron de esas regiones del África donde el sol es tan peligrosamente amigo del hombre. Y son tantos, que uno de los políticos más pintorescamente malévolos, como el tal Le Pen, ha anunciado que se va a vivir a la campiña porque prefiere ver las vacas a tanto árabe en las calles de París. Es el tinte moreno que cubre hoy la Francia, reflejado en alguna de esas novelas aparecidas en estos años últimos entre las que no faltan títulos de autores que se ocupan de esta derivación de la ciudanía actual.

Que así vaya el tema es cosa que merece una explicación, cosa que ha hecho Michel Houellebecq, uno de los escritores más connotados por haberse hecho acreedor del Premio Goncourt en el 2011. Houellebecq tiene la parroquia dividida, ya que no todo aquel que ha comprado alguno de los cuatrocientos mil ejemplares vendidos de su novela El mapa y el territorio, lo ha hecho en son de amigo, sino por tener a mano, como la niña fea, un espejo en el que mirarse. La tarea de este autor tiene el propósito de tomar el pulso de la Francia morena de hoy.

La revista alemana Der Spiegel llamó a Houellebecq el poeta francés de la alienación. Pero lo cierto es que la crítica encuentra una estrecha vinculación entre El mapa y el territorio con la manera cómo Balzac notarió a la sociedad de su tiempo. Su estilo es lineal, fluido, con personajes a lo Fiódor Dostoyevski, con guiños al paisaje y con una originalidad que ningún novelista en la larga historia del género había acometido, a saber, convertir en tema de una novela el asesinato de su autor. A Houellebecq lo asesinan –en la novela- para robarle el cuadro que un pintor, el protagonista de la obra, había hecho como gratificación por haber escrito el texto del catálogo de una de sus exposiciones.

Sucede, por otro camino, que desde hace ya algún tiempo circula un libro anónimo, en forma de panfleto, que lleva por título La insurrección que viene, escrito por un comité invisible en el que se cuenta el trance por el que pasan las sociedades europeas. Se sabe que la obra salió de una comuna que solía reunirse en la localidad de Tarnac, en Francia, de la que formaban parte algunos de los editores de la revista Tiquun en la que, con solo dos números, aparecieron trabajos de los filósofos de izquierda de mayor rango en ese momento en Francia. De todas maneras Julien Coupat, identificado como uno de los autores entre los nueve, fue acusado de sabotaje a las catenarias del Tren de Alta Velocidad, o TGV.

Desde cualquier ángulo que se mire –se lee en el panfleto- la llamada sociedad europea no tiene salida. Hay un acuerdo generalizado de que todo lo que hoy está tan mal, va a seguir peor. La cosa es tan grave que estamos dispuestos a fingir ante el hecho de que, teniendo un cadáver sobre la mesa, pasamos por delante sin enterarnos. ¿Cómo salir de esta situación? Mediante la implantación de la anarquía, sin escatimar ni en violencia ni en terrorismo. Y es aquí donde la autoridad ha comenzado a tomar cartas en el asunto.

El panfleto tiene un innegable gancho literario. En la primera edición de la traducción alemana se vendieron veinticinco mil ejemplares y se dice que el toque literario maestro se debe a la pluma de Houellebecq.

Animados por el éxito de la obrita, más tarde aparecería ya con aspiraciones filosóficas que emulaban a las de El capital de Marx, bajo la autoría del mismo grupo, la obra A nuestros amigos, donde se plantea la tesis de que ya no es el capital, como sucedía en Marx, quien domina el mundo, sino el poder cibernético, como lo hacen en las redes Google y Facebook. En resumidas cuentas, se trata de El poder cibernético que viene a ser el último de los títulos de este grupo publicado en el 2016.

Claro, que viniendo de Francia y conociendo por quién votaron los franceses en las últimas elecciones, a pesar de la fementida popularidad de que goza la izquierda (Emmanuel Macron, por cierto, hizo y bien, la carrera de filosofía, sin ser de izquierda) habrá que tener en cuenta otras condiciones sobre las que se desarrolla la vida del francés. El francés –dice Umberto Eco en su novela El cementerio de Praga– no sabe bien lo que quiere, lo único que sabe es que no le gusta lo que tiene. Está orgulloso de tener un estado que dice poderoso, pero se pasa el tiempo intentado que caiga. Ils grognent toujours. Pues bien podría ser que esto de la revolución que amenaza a la Europa de los 28, se reduzca a otro gruñido más bajo forma fantasmal, como el que acaba de producir en España el separatismo catalán, cuyos protagonistas dan la impresión de haber hecho suyos algunos de los lineamientos del panfleto de marras: La revolución que viene.-

Atanasio Alegre, narrador, ensayista y académico hispanovenezolano. Escribe desde Madrid.

 

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