ATANASIO ALEGRE –

 El taxista llego a las seis y media esa fría mañana madrileña a tres grados bajo cero. La niebla era tan densa que parecía que el breve camino de veinte minutos hasta el aeropuerto de Barajas parecía cosa más bien de baqueanos a esa hora.

En la Terminal 1 acompañé a mi hija y a sus dos niñas que cargan sus morralitos a la espalda como avezadas viajeras, nos dirigimos a la taquilla donde se sellan las facturas para el descuentos del IVA -esa calamidad que imponen los gobiernos de cualquier país sobre el ya abultado precio de los bienes de consumo-. A pesar de que los mostradores de las líneas aéreas estaban vacíos y, sobre todo, teniendo en cuenta que junto a las taquillas del IVA que atienden dos guardias civiles se encuentran los despachos de las líneas norteamericanas, ya había una cola considerable formada por pasajeros del único avión que debía salir de ese Terminal con destino a Abu Dabi sobre las ocho y media de la mañana.

La cosa es que el hombre a quien abrí paso en la fila preguntó: “¿Sois venezolanos?» Se detuvo un momento como si quisiera reconocerme y se largó por donde había venido, cuando le dije que éramos españoles.

Estoy leyendo en estos días la última novela de Javier Marías, Berta Isla, en la que la descripción de los personajes a partir de los detalles fisionómicos son tan abundantes y tan precisos como si se tratara de retratos hablados, de manera que aplicando el cuento, a aquel hombre lo definía esa forma de moverse de alguien que en su juventud jugó mucho al béisbol o sigue viéndolo y le ha quedado esa forma de caminar. La fila ha ido avanzando y el disco duro de la memoria me devuelve igualmente la imagen de que el hombre en cuestión es alguien con el que tuve que ver años atrás. Lo que pasa es que ha habido otros cambios importantes en su apariencia: más delgado, más acentuadas sus líneas expresivas e inmerso -eso sí- en ese aire que acompaña a los fracasados. Esa fue en todo caso, la impresión.

Me despedí de mi hija y de las niñas en el control de policía y me dirigí hacia la cafetería para un breve desayuno.

Allí estaba sentado el hombre. Tenía delante un café y unos churros. Me senté a su lado porque en ese momento hasta el nombre me vino a la mente.

– ¿Tú no eres fulano?

– ¿Y usted no es el doctor tal?

– Pues, sí.

No necesité hacer la pregunta que a todas luces creía carente de sentido para saber si su presencia en el Terminal 1 respondía a razones de viaje. Fue él quien me dijo: ¿Quién iba a decir entonces que un día no me iba a quedar otro recurso que venir a dormir al aeropuerto como tantos desterrados de este mundo, después de haber servido por más de treinta años a la universidad?

Y contó.

Salió como tantos del país, “como usted mismo debió de hacerlo”, cuando las condiciones se hicieron irrespirables. Y pudo llegar legalmente al sitio donde ahora estaba porque, al parecer, me había escuchado un día decir que quienes tuvieran descendencia española debían hacer los trámites previos por lo que pudiera pasar.

La muchacha rumana que atendía los pedidos en la cafetería se ha acercado para tomar el mío. Pregunto a mi improvisado interlocutor si quiere algo. “Un par de huevos fritos”, ha musitado.

Al concluir su licenciatura en la escuela de administración, el hombre se enroló desde el comienzo, debido a sus buenas notas, en un puesto como empleado universitario en la tesorería de la universidad. Y allí se jubiló al cabo de treinta años habiendo sido para quienes desempeñaron la posición de autoridad suprema de la universidad un funcionario imprescindible por el conocimiento de su trabajo. Era el hombre más hábil para responder con eficacia cuando llegaban al rectorado los reparos que en aquellos tiempos la contraloría de la nación despachaba de manera implacable a la administración de la universidad. Y en esa coyuntura nos habíamos conocido durante aquellos cuatro años que tuve que ver con asuntos administrativos.

– Hace una semana me sacaron del pequeño apartamento donde vivía por impago y aquí paso las noches hasta que me salga algo… No crea, hay gente durmiendo aquí en el aeropuerto. En esta Terminal, menos, porque quedamos un poco más a la vista. Pero yo me he hecho amigo de una de las señoras que limpian y ella me guarda una maleta con la ropa y este maletín que me convierte en un potencial viajero, eso que llaman aquí un troley, y nosotros, carrion.

-Te voy a hacer una pregunta: ¿Tienes ropa como para presentarte para una entrevista con un alto cargo de uno de los bancos donde trabaja el hijo de un excelente amigo de la infancia?

He tomado una tarjeta de visita y he escrito en el dorso la razón de la visita a mi amigo, con quien me he puesto inmediatamente al habla. Se trata de que su hijo reciba a este hombre para una posible colocación en el Banco donde trabaja el hijo como vicepresidente. Y añado: “El recomendado es un experto en eso que llaman los bancos situaciones de riesgo”.

Hemos hablado de unas cosas y de otras. He dado el apoyo psicológico que merece un hombre honesto, inteligente, trabajador a quien su timidez no le favorece, reducido ahora a esa suerte de mendigo en un país que colectivamente, o de la manera que sea, ha hecho abstracción de que hubo una época en la cual sus emigrantes españoles en Venezuela contribuyeron mediante sus remesas a que España no se hundiera en la nada económica.

Y todo ello a partir de la llegada de una revolución destinada a liberar a las clases trabajadoras, comandada aquella por un teniente coronel que afirmó, una vez montado en la presidencia, que no tenía ni siquiera la intención de cobrar siquiera el sueldo que como presidente de la nación le correspondía, destinándola a favor de las clases “depauperadas.”

La respuesta de aquellas bravatas han venido a confirmar , veinte años después, cuál era el destino de la “revolución bonita”: cuatro millones de venezolanos en la diáspora y la trágica comprobación de que el comunismo, bajo el ropaje de populismo, cuando se apodera de un país, se convierte en la maquinaria más monstruosa para convertir en pobres a los que no lo eran –como es el caso de los jubilados residenciados en el Exterior- y en miserablemente pobres, a los que ya lo eran.

Atanasio Alegre, hispano-venezolano, profesor universitario y académico de la lengua. Escribe desde Madrid.

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