Recuerdos y amores

Recuerdos y amores

 

EZIONGEBER ÁLVAREZ –

He desarrollado en cautiverio, la manía de mi abuela de esconder las vainas de mí. Por ejemplo el café. Vierto un poco en el pote que ajá, otro poquito en el coñoquiéncoño puso este café aquí y yo buscándolo, y así. Le sonrío al otro que soy yo porque, ya sabes, esas demencias no son malas, mi compa. Lo mismo aplica para el último par de ñemas o el repele de harina pan que encaleté por allá fuera del alcance de mis propias garras. ¿Puedes creerlo? Pero gano perdiendo y, perdiendo, me gano una. ¿Quién dijo que el encierro es malo? Ja.

Este intro es porque al menos yo, me despierto casi siempre pensando en dos cosas: Con qué o con quién soñé anoche. Y, ¿adónde fue que puse el conflei?

Comienzo por la segunda: Del conflei, nada. Es una engañifa de mi mente, lo sé. Vivo en dictadura. Esas exquisiteces van para quienes me cuidan de no pasar hambre. Por eso, debo comer harina mexicana. Aceite de los Emiratos. Margarina de esas que se pegan de las paredes del estómago para siempre, hecha en Turquía. Son hermanosoberanos de la libertá. Qué más queda, chamo… me río de mis vainas. Mento madre, claro que sí. Pero… ah… con quién soñé anoche… ahora que recuerdo, soñé con Blades en la sala de mi casa. Como es mi sueño, lo obligo a cantarme como en la canción aquella de Gertrude y que yo te hago el coro, le digo: -Zámpale, Rubén. . . -¿Qué canción es esa bro??? Ahhh, ok:

-Miiire, doña Gertrudis, le digo que estoy… (hmm)… a mí lo que más me (hmm)… a mí lo que más me (hmm)… a mí lo que más me choca…

Y así, pana, son el despunte de todas estas mañanas con guacharacas bulleras inkliúd. Voy haciendo cualquier vaina. Por ejemplo, algo de calistenia y un poco de pesas. Eso, mientras hierva el agua del café. Sí. Todavía le digo calistenia.

Se me ocurren cuarenta mil güevonadas en el interín. Por ejemplo, qué no daría yo por jugar una partida de dominó virtual con tres de mis contactos. Total, los muchachos de hoy hacen ternas para acometer matazones o carreras de carros en el mismo escenario virtual sin importar donde vivan. Y pueden contarse por decenas y hasta centenas, los chamos que gozan un bolón desde sus casas juntos así como quien juega la ere o fusilao. En el juego de dominó que le propongo a mis dislates, por ejemplo Toñito Vila sería mi compañero porque además las parrillas le quedan bien buenas. Los otros dos bien podrían ser Paúl García y Andrés Bruzual, quien todavía se burla de mis habilidades para hilvanar una partida al menos decente. Y eso que la última vez que nos vimos delante de las fichas fue hace… treinta y cinco años. Nombro el cúmulo de años porque hojeé un texto de Federico Vegas en el cual hace mención de un tipo que escribió que mientras más pequeño sea el sitio del encierro, más se expanden los recuerdos. Y los tiempos derramados. En mi proyecto mental, estoy barajeando las piedras y tomándome un güiskicito. Toñito y Paúl hablan de unas jevitas y tal, Andrés se para de la mesa a soplar la brasa y yo, mientras barajo, me voy a los años en que en el Casino Militar hacían fiestas domingueras en horario vespertino.

Como si no tuviera bastante con la rumba de la noche anterior, ahí me encontraba yo buscando, tú sabes, lo que no se me ha perdío. Repantigado como estaba hablando con mi chamita, mis amigos que me dicen que se piran. Si lo hacen, pierdo la cola pero… -Me quedo, mis compis, les digo. Váyanse por la sombrita. Pero bueno, muchacho gafo, ¿y cómo te irás? ¿A patica? Me enamoré, chamo… -Verga, cuatro veces en quince días. Váyanse, no insistan, ¡Oh! Pobres almas sin pichinga…

Así nos despedimos.

En Cumaná, cuando son las 6:30 pm, todavía es de día arrechamente pero al mismo tiempo es tarde. Los mesoneros recogen, mis ique futuros suegros llaman a mi amada y en un santiamén me encuentro solitudine en la puerta del Casino que, como sabes, queda en las afueras de Cumaná, allá bien botao.

A pedir cola se ha dicho. Veo una picó Ford saliendo, conozco a la gente por encimita, les pido la cola, que tal y tal y listo. Adentro en la cabina se configura un dos pa’ dos, me parece. Van palotiaos pero no es mi peo. Pendiente de las curvas, sólo tengo ojos -y letras- para mi amada y ahí voy haciendo mentalmente uno de mis famosos poemas en donde las rimas siempre terminan en “elo”. Por ejemplo pelo con caramelo y terciopelo con cielo. Etc.

Chico, encaramado en una picó y pensando en lo bello que es el amor. En una de esas, el conductor me saca del tierno ensueño y me grita: -Mira, catire, te dejamos a la altura del Minigolfito y vas que chuta… -Váyalo, gracias. Llego-mebaño-ceno, y a entrarle a mi poema:

Escribo entre mis desvelos
Letra fiel y enamorada
Para mi bella, mi amada
La estrella de los mil cielos

Y así.

Al día siguiente en el liceo, le entrego la carta salpicada en Piercardán a mi novia y me voy pa’mi salón. Como a las once de la mañana -me acuerdo clarito-, se asoma a la puerta un hombre moreno y enchaquetao que de inmediato paraliza el cuento de la Venus del Milo que echaba María José, la profe: Buenas… ¿Quién es el Chino? –Yo, deslizo, levantando la mano. –Téngaselabondá… permiso prosora, el ciudadano El Chino tiene que acompañarme… (¿Cagao?, ni se diga… trigueño, caremalo y enchaquetao, eso es un paco). Vendrían otros rollos con la Disip por revoltoso y tirapiedra, pero ése fue mi primer interrogatorio policial.

Investigador después de anotar todos mis datos:

Diga usted dónde se encontraba ayer a las 6:30 pe eme.
-En el Casino Militar, Comisario.
-Dígamegente.
– gente…
-¡Agente, coño!
-Agente, señor Comisario. . .

Para ponerlo cortico, el dos pa’ dos del que te hablé fue a tener al río x.

A mí me dejaron antes tal cual te cuento. Las muchachas, que eran menores, llegaron tarde a sus casas y les dijeron x y z a sus padres… y mi nombre salió a relucir. El más guevón, pues. ¿Dos horas en PTJ? Dos minutos es demasiado.

Pero sorpresivamente, mi amada me esperaba en la puerta de la PTJ y ambos corrimos a nuestro encuentro enramado de jamón trancao y tal.

Vuelvo al presente. Desaparecen mis panas. Se va Rubén pa’su casa con todos esos recuerdos. Me sirvo mi desayuno: Par de arepas, queso rallao y un guayoyo. Antes, oro. Los católicos dicen rezo. Nadie ha visto a Dios como para preguntarle cómo prefiere que se dirijan a Él, pero si hay un Dios (y así es) coño que meta mano que para luego es tarde, pareciera, ¿No? Por cierto, ese amor duró veinte días. Mis panas: -Coño Chino, batiste tu propio récord. No sean pendejos.

Eziongeber Álvarez, humorista venezolano.

 

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