JOSÉ PULIDO –

Cuando el lenguaje es conducido y estructurado por el arte de la escritura, alcanza una jerarquía expresiva, un poder de mitificación, una intensidad comunicadora. Cada palabra carga una historia, cada palabra es un fragmento de civilizaciones pasadas.

Hay palabras que desaparecen porque comienzan a significar otra cosa o la cosa que nombraban asume características diferentes.

Octavio Paz dijo algo que puede servir para visualizar mejor ese ángulo:

“No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro. Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa. Nietzsche inicia su crítica de los valores enfrentándose a las palabras: ¿qué es lo que quieren decir realmente virtud, verdad o justicia?”

Ángel Rosenblat opinaba que la palabra conserva siempre, más o menos oculto, el sello de la creación original. “El filólogo, desde la antigüedad griega, se afana por buscar, detrás de la máscara de cada una, la palabra etimológica, es decir, la verdadera. El filósofo busca la palabra elemental, la palabra única que abarque y explique todas las otras. Y el poeta, la palabra esencial («La creación poética —ha dicho Gerhard Hauptmann— consiste en dejar oír detrás de cada palabra la palabra esencial»). La poesía crea sus mundos con la materia sutil e inasible de la palabra.

Lo cierto es que cada generación abandona en los recovecos del pasado unas cuantas palabras, así como los niños van olvidando sus juguetes rotos. Cada generación destituye palabras que fueron parte sustancial y representativa de una época. La edad de una persona se puede adivinar por palabras y frases que usa cotidianamente. Los venezolanos de mi generación y la de un poco antes se conoce porque deja escapar palabras como seibó, picó, tocadiscos, medio fondo, negligé, forro de urna, tricófero de barry, zapatos suelespuma, aguamanil, escaparate. ¿Vas a seguir con ese escaparate en el lomo? ¿vas a seguir con ese humo en los ojos?

Igual se han ido poniendo viejas las que parecían nuevas: chévere, pana, chamo, jeva, guillo, mosca, fax, billullo. Lamento que ya casi nadie pronuncia el jacarandoso comentario: “Te estás haciendo el “Güiliméis”, frase que se puso de moda por las hazañas y maneras de jugar del jardinero central Willie Mays, en el beisbol de grandes ligas. Willie se hacía el distraído y de repente se robaba una base. Anotaba una carrera. Sorprendía.

Todo esto lo traigo a colación, usando mis viejos y persistentes textos, porque Miliber Mancilla trabaja apasionadamente con las palabras. Enseña el valor de cada palabra y lo hace fingiendo que arma un chiste. Aunque es una humorista en toda la regla. Y una característica la define: ella ama y respeta las palabras y lo que significan hasta más allá del lugar donde las raíces desaparecen.

En su infancia, Miliber Mancilla deseaba saber de dónde venían las palabras y de algún modo eso la llevó a ser una lingüista agraciada con carisma y encanto, que ha hecho una especie de milagro: una mayoría de lectores ha comenzado a interesarse en lo que significa la lingüística.

¿De dónde vienen las palabras? Del pasado que está más atrás que lo antiguo; de los ancestros; de las cavernas, de la casa, de la calle, de la escuela, de los diccionarios, de los pueblos que desaparecieron. De todas partes. Vienen de los griegos, de los babilonios, de Asia y África, de Islandia, de Roma, de la Divina Comedia, de Cervantes y Shakespeare, de los incas y los aztecas, de los toltecas y los yanomami, de los diccionarios y de las gargantas de las hadas, bellas gargantas.

“Las palabras son monedas gastadas que los hombres intercambian en silencio”, dijo Mallarmé.

Las palabras vienen de Mallarmé y también de Rilke, quien una vez escribió:

“Yo me cuento, mi Dios, como moneda/Y tuyo es el derecho de gastarme”

George Steiner trajo a colación el tema de este modo: “Marlowe, Bacon, Shakespeare usan las palabras como si éstas fueran nuevas, como si ningún roce previo hubiera enturbiado su esplendor o atenuado su resonancia”.

“Para Kafka —y en esto reside lo esencial de su papel representativo en las letras modernas—, el acto de escribir era un escándalo milagroso. En la palpitante desnudez de su estilo no hay una sola sílaba que se dé por sentada. Kafka le da nombre nuevamente a todas las cosas en un segundo paraíso colmado de cenizas y de dudas”.

Ivonne Bordelois lo ratifica:

“Walter Benjamin habla de los martillazos necesarios al escritor que debe forjarse un nuevo lenguaje golpeando a contrapelo la costra que ciega a la palabra desgastada por el uso, la máscara que ahoga a la palabra convencional, la rigidez que asfixia a la palabra burocrática. Todas estas trabas son arrancadas por ese golpe de luz que, como el viento que abre a la anémona, la poesía inflige a los sepulcros blanqueados de los lenguajes oficiales. Y la palabra resucita llamando y llameando nuevamente, recordando su origen y el nuestro”.

LA CUESTIÓN

Si Bélgica tuviera una milicia acortarían la cosa así: la mili-belga. Pero si fuera tan aporreadora y martirizante como todas las milicias que se precien, también le dirían “la mili-verga”. Con su agilidad mental Miliber Mancilla hizo lo demás y juntó ambas posibilidades. Un día comentó, con un orgulloso gesto no exento de ternura:

-Mis hermanos me llaman Miliberga…

Miliber Mancilla es una belleza de cabellera ensortijada, pero eso no la hace especial. Conoció el nuevo milenio cuando tenía diez años de edad, igual que millones de jóvenes nacidos en el 1990, y eso tampoco la destaca. Pero la gente anda diciendo “cuéntame un miliber”, “me oriné de las risas con un miliber” y otras expresiones parecidas, refiriéndose al estilo de chistes que ella ha popularizado en Twitter. Y eso refleja lo que su talento ha despertado en una época donde cuesta interesarse en algo.

Cosas que ella ha informado: Miliber Mancilla nació en Mérida el 27 de diciembre de 1990. Lingüista, docente e investigadora en la Universidad de los Andes. Es estudiante de Postgrado en Lingüística con especialización en Sintaxis-Lingüística computacional.

Ha confesado que pone los ojos en blanco cuando no le gusta algo y tiene cara de no soportar a nadie, aunque se trata de una cara de tragedia natural, según su papá.

La primera vez que leí algo suyo y vi su fotografía en Twitter pensé que era un personaje ficticio. Su inteligencia y su ironía aparecían complementando a una imagen de muchacha estudiantil. Ella es una humorista que hila fino, aunque no lo parezca de buenas a primeras. Miliber juega con el asunto de explicar chistes malos o chistes obvios, pero lo hace para revelar cuánta ignorancia nos invade.

Traté de conocerla más leyendo otras cosas suyas y conseguí unos artículos excelentes, desenfadados y escritos por una persona que sabe lo que dice.

La entrevisté. Ya lo han hecho antes y no es nada nuevo lo que digo respecto a ella. Pero le rindo homenaje: es una joven profesora que ha soportado en soledad toda esta temporada de encierro y frustraciones. Y lo ha hecho tratando de ayudar a los demás. Mostrando lo importante que es el diálogo con conocimiento de causa.

MILIBER Y SU TALENTO

-¿Qué determinó en tu infancia el camino a seguir?

-En realidad, no sé. Creo que mis padres influyeron mucho. A ambos les gustaba leer, así que desde muy pequeñita los libros llamaron mi atención. Sin embargo, por mi cuenta empecé a interesarme, más que en los libros y en la escritura, en las lenguas y sus reglas generales. Me llamaba la atención cómo funcionaba el español, las conjugaciones verbales (mi amor infinito), la estructura lógica de las palabras.

Me fui dando cuenta de que las palabras se construyen y hasta inventaba algunas. Esto es algo que hacen los niños (y muchos adultos, ahí tenemos «aperturar»), pero creo que no todos lo hacemos de manera consciente. Me preguntaba de dónde venían las palabras y el lenguaje en general. ¿Por qué cattus evolucionó a gato en español? Desde niña fui fan de las gramáticas. ¿Quiere decir que tenía una ortografía ejemplar? Para nada. No, sabía, usar, las, comas. También escribía «lechoza», en lugar de «lechosa», por ejemplo. Lo que me divertía era jugar con esas reglas.

Sabía que existían los médicos, abogados, enfermeras, profesoras, arquitectos… Entonces, ¿a qué me podía dedicar si me gustaban los libros y la gramática? «¡Serás escritora y profesora de Castellano!», decían mis papás. Porque ¿quién sabe qué existe la lingüística?

Lo cierto es que siempre supe lo que me gustaba, lo difícil vino después, averiguar con qué se comía. Como toda una boba apasionada, no conocí el gran campo laboral de mi carrera hasta hace dos años.

A la vida sabe hacerle un análisis morfosintáctico-¿Por qué el humorismo se te hace tan fácil?

-Corrí con la suerte de nacer en una familia con buen sentido del humor que me enseñó que las cosas pasan y que la vida siempre continúa.

Como todos, he pasado por situaciones muy fuertes tanto personales como familiares y lo único que me ha ayudado a superarlo han sido las risas. Mi mamá murió de cáncer, vivimos meses muy fuertes, pero ella misma hacía chistes al respecto. Por ejemplo, el día que decidió aceptar que debía pasarse la máquina por la cabeza, al verse en el espejo, intentó llorar y, cuando nos vio a mi hermano y a mí junto a ella, empezó a bromear. En el fondo, todos nos moríamos por dentro, pero esos episodios lo hicieron todo un poquito más llevadero.

No suelo ver el lado positivo a las cosas porque, como dije una vez, no todo tiene que tener un lado positivo, a menos que se trate de una batería; pero, buscarle el lado gracioso/humorístico puede hacer que todo sea más ameno y menos traumático.

Eso es algo que hace muchísima gente, quizás como mecanismo de defensa. Un caso que me gusta mostrar es el del compositor Serge Gainsbourg. En 1975, sacó un álbum llamado Rock around the Bunker cuyas canciones relatan con humor la experiencia que tuvieron él y su familia durante la Segunda Guerra Mundial. Bueno, el humor francés es muy francés, pero es humor al fin y al cabo.

Por otro lado, las palabras son mi vida. Hay palabras para todo y, como a mí lo que más me causa gracia son los juegos de palabras (los famosos puns), tengo chistes y risas para rato.

SOBREVIVIR Y EXPLICAR LOS CHISTES

-¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

-Sobrevivir, ja, ja, ja.

En realidad, mis sueños cambian dos o tres veces al mes.

Hasta hace poco, mi mayor sueño había sido aportar algo, dejar un mundo donde se supiera que existió Miliber Mancilla (dije que era un sueño, no que era factible).

Pero bueno, no creo que vaya a ganar un Nobel o descubrir la cura del cáncer, tampoco creo que diseñe una máquina del tiempo ni que vaya a romper un récord Guinness y mucho menos que me quemen en una hoguera por hereje.

Así que mi sueño se reduce a vivir tranquila. A mí me encanta lo que hago y me encantaría poder viajar, conocer el mundo. Así que sueño con poder tener buenos ingresos para trabajar desde donde sea, en cualquier parte del mundo: un día en Sidney, otro día en Grecia y otro día en las Islas Baleares. Solo yo, mi computadora, mis perritas y quizás un compañero de vida, ¿por qué no?

-¿Cuándo sentiste que las palabras eran en verdad importantes?

-Cuando aprendí a manipular a mis padres con palabras, en lugar de hacerlo con llanto. Desde niña, me di cuenta de que con las palabras se pueden hacer demasiadas cosas, pero que no siempre las palabras por sí solas son importantes, manejar los distintos recursos del lenguaje también lo es; por ejemplo, para saber convencer hay que saber atenuar. Saber usar las palabras es saber buscar las adecuadas dependiendo del contexto.

-¿Te dedicarás a escribir? ¿ya lo haces?

-Soy una persona que ama hacer demasiadas cosas y escribir es una de ellas. Pero hacer demasiadas cosas lleva tiempo y organización, que yo no tengo. Soy demasiado desordenada, también con las ideas. A veces la creatividad no juega a mi favor, entonces en mi cabeza tengo muchos palitos de plastilina de colores que se juntan para tener una bola de colores, pero termina siendo una masa gris. Siento que necesito a una Marie Kondo dentro de mi cerebro.

Lo cierto es que, hoy en día, solo publico artículos, pero un libro es uno de mis planes a futuro. Durante la cuarentena, esto se ha materializado. Tengo la idea concreta, determinada, precisa y las ganas. Así que sí, al parecer escribo. ¿Bien? No sé, pero escribo.

-¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

-Yo no entiendo nada de la vida. Lo único que sé explicar son los chistes y cómo hacer un análisis morfosintáctico, pero yo de la vida no sé absolutamente nada. Al menos sé que estoy viva y eso me gusta. Creo que si la pregunta hubiese sido «¿Qué parte de la vida puedes explicar?», hubiese dicho «Ninguna».

-¿Cuál es tu gran pasión?

-Aprender cosas. Mientras más aprendo, me doy cuenta de que no sé nada (A lo Sócrates). Leo, investigo y hago muchísimos cursos por Internet. A veces me da lástima que no puedo pagarlos todos, tendría varios certificados, pero al final, aprendo y eso es lo que más me importa.

Si me dejan en una isla con una computadora e Internet, me quedaría ahí cincuenta años siendo feliz, solo con la condición de que me actualicen la computadora al menos cada cinco años.

¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

-Definitivamente, siento que me muevo en un lugar que no me corresponde. No ha sido así siempre, pero desde hace unos cinco años sí. Vivir con miedo y sin dignidad humana me hace ver que no estoy en mi lugar.

-¿A qué crees que se debe el interés  y la admiración que has despertado?

-Así como el humor es una excelente manera para sobrellevar las cosas; el humor es una forma de aprender. Con mis chistes, yo no estoy enseñando con detalle de qué trata la teoría de la relatividad o por qué han sucedido todos los conflictos bélicos; sin embargo, pienso que esas pequeñas cosas hacen que la gente se interese en dichos temas. Me emociono cuando me escriben «Me hiciste googlear…».

-¿Dónde vives? Creo que tienes una hija de verdad ¿no? ¿qué aprendes de ella?

-En Mérida, Venezuela. Para mí es de verdad, pero la sociedad dice que es imaginaria. ¡No sé cómo se atreven! ¿Quién define la realidad? ¿Existe el mundo real? Que algo no sea tangible para nosotros no quiere decir que no exista. Además, ¿todo lo que parece tangible sí existe? ¿o acaso los científicos no hablan del principio holográfico, el cual se centra en la idea de que el universo puede interpretarse como un holograma? Entonces, ¿por qué no existiría Hipatia? (así se llama mi hija).

Ja, ja, ja.

Bueno, fuera de broma (ni tanto), tengo una hija creada. Un día, cansada de ver a tanta gente presumiendo a sus hijos pequeños superdotados, decidí tener una hija más inteligente ¡La niña más inteligente del mundo! Se llama Hipatia, tiene cuatro años, doctorados, maestrías, habla veintisiete lenguas y maneja cinco lenguajes de programación. Ha leído unos 8.000 libros y ha escrito siete libros y más de cien artículos científicos. Justo ahora, acaba de terminar un doctorado en Economía Espacial. La cuarentena la agarró en el espacio y eso la hace feliz.

Con este tuit comenzó todo:

“Mi hija de cuatro años se estaba comiendo una galletica y me preguntó «Mami, ¿cuando crezca y coma galletas tendré una memoria involuntaria como lo refleja Marcel Proust?» ¡Guao! Yo no tengo hijos, me la acabo de inventar, pero mi hija sería mucho más arrecha que la de ustedes”

Mucha gente reaccionó de mala forma porque «ningún niño es mejor que otro». Mi hija me ha enseñado que la gente es poco tolerante, sobre todo cuando se trata de sus hijos. Me parece lindísimo cómo los padres protegen tanto a sus niños; también me parece divertido sacar de quicio a tantos padres que se molestan porque digo que mi hija (imaginaria, insisto) es mejor que todos los niños.

He tenido que investigar muchas cosas para poder darle vida a esa niña, así que, de esa manera, me ha enseñado de todo. Incluso, cuando dije que estaba haciendo un doctorado en Economía Espacial, tuve que averiguar si eso realmente existía.

¿QUIÉN ME CUIDARÁ SI LLEGO A ENFERMARME?
SÉ QUE LA RESPUESTA ES: NADIE

-¿Sigues dando clases?

-Me entristece responder esta pregunta, pero no. Desde que comenzó la cuarentena, la Universidad se detuvo; así que, desde marzo, no doy clases.

Hace unos días, el Consejo Universitario aprobó que las clases iban a continuar a distancia, cosa que me hubiese alegrado si no existiesen los siguientes problemas:

En Venezuela no contamos con las condiciones para dar clases a distancia. Pocos profesores cuentan con un equipo de trabajo en buen estado. Mérida es una de las ciudades con más fallas eléctricas en el país. Mi mayor problema es el Internet, este me falla casi todos los días. Así mismo, es tan lento que no me permite subir videos o audios, ni siquiera puedo ponerme al día con las series que me gustan.

Mantengo mis trabajos a distancia porque uso mis datos móviles, pero el sueldo de la ULA no me da para mantener mi trabajo como docente de dicha institución.

Así que ni sigo dando clases ni creo que, por ahora, pueda seguir haciéndolo.

Yo amo enseñar, por ello creo que mi labor de docente no queda aquí, pero probablemente será fuera de la Universidad de Los Andes.

-¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en un país que ha cambiado tanto?

-En Venezuela no se puede hablar de ciudadanía como el conjunto de derechos y deberes a los que estamos sujetos los ciudadanos. Este país no te garantiza absolutamente nada. Tienes derecho a salud y educación, pero los hospitales y las universidades se encuentran en condiciones paupérrimas, así que es como si no los tuvieses. Del mismo modo, el mismo país no te ayuda a ser buen ciudadano si en lo que único que puedes esforzarte es en sobrevivir.

-¿Qué crees que pasará con el país?

-Una parte de mí tiene fe y cree que esto va a cambiar pronto; pero la otra parte está segura de que el cáncer de este país se ha diseminado y no tiene salvación.

-¿Se ha dispersado tu familia?

-Sí, mi familia y amigos. La mayoría de mi familia está en Venezuela, pero igualmente se nos hace difícil visitarnos todo el tiempo. Viajar por tierra es un peligro y en avión no es tan sencillo porque no todos los aeropuertos funcionan. Nos vemos máximo una vez al año. La señal no es muy buena, no siempre podemos hablar por teléfono. Mi familia no se dispersó, la dispersaron.

-¿Qué te ha hecho sentir la cuarentena?

-Miedo, soledad, ansiedad, angustia y ¿seguridad?

La cuarentena me tocó sola. Los primeros dos meses eso me hacía sentir muy mal, pero desde hace tres meses me siento tranquila. Eso está bien porque me demuestra que me soporto, me tolero, me quiero, me divierto. El estar sola me hace ser demasiado productiva porque no tengo que sacar tiempo para más nadie, así que todo el día estoy haciendo cosas para mí y por mí. La misma soledad hace que sienta miedo porque pienso ¿quién me cuidará si llego a enfermarme? y sé que la respuesta es nadie. Al principio, mi miedo estaba relacionado a no saber cuándo se iba a acabar esto, pero hoy en día mi miedo está asociado a enfermarme y, siendo dramática, a morirme sola.

Por supuesto que estoy llena de ansiedad y estrés. Puedo estar muy tranquila durante el día, pero llega un momento donde pienso qué haré en el futuro y empiezo a respirar con dificultad. El problema de los ataques de ansiedad es que no sé si es ansiedad o Coronavirus, así que hago ejercicios de respiración para evitarlos. Al principio, la ansiedad me daba por comer sin parar, ahora solo es preocupación infinita.

Cuando digo que la cuarentena me ha dado seguridad, no lo digo porque sienta que no me vaya a enfermar, todo lo contrario, dos veces al día estornudo o me ahogo mientras tomo agua y lo relaciono con el virus; lo digo porque he convivido tanto conmigo misma que he aprendido a conocerme más. Sé que todo esto suena a autoayuda, no soy Miliber Coehlo ni Miliber Riso (Bueno, rizos tengo muchos), pero en realidad sí me ha dado seguridad. He aprendido mucho qué es lo que realmente me hace feliz y me da paz. Definitivamente, comer es una de esas cosas. Escribir es otra. Jugar con mis mascotas es otra. La lingüística definitivamente es otra. Aprender/estudiar cosas nuevas es otra. Eso me da seguridad (resignación) porque bueno, acepté que yo soy y eso es lo que me gusta, qué carajo.

José Pulido, poeta y periodista venezolano. Reside en Génova, ciudad de Italia.

 

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