Te vas porque yo quiero que te vayas

Te vas porque yo quiero que te vayas
EZIONGEBER ÁLVAREZ –

Entre tantas otras cosas que hice de muchacho, fui pichón de mariachi. Es decir, que me dieron chamba en un grupo de mariachis. Después de tanto ensayar, la noche de mi estreno, ya vestido entre enjundios de riguroso charro, me di cuenta ahí mismito, de lo demandante que resultaba trabajar en horario nocturno. Muy arrecho. Que si en el día, las horas se convertían de repente en un pastiche inmamable de autobuses, entrega de ensayos, fotocopias y horarios de clase, de noche todo se volvía una completa demencia, pero eso lo descubriría más tarde.

Era la noche de mi estreno, te repito. El contrato incluía una opípara cena, y eso era muy ventajoso porque para entonces, yo estudiaba en una universidad privada y correspondía vivir medido y sin lujos de ningún tipo, salvo el ronsonoro de los viernes, claro está. Además, no tenía que zanquear camioneticas para llegar al sitio de encuentro. El asunto con este oficio de esquinas y faroles, es que tal maraña no hacía falta: esa primera noche, como un carruaje medieval y justo a un cuarto para las nueve, se apareció en toda su gloria cósmica, el transporte que me conduciría a parajes no hollados por mis pies, acostumbrados como estaban a patear los vericuetos del centro de Caracas y nada más. El éxito me aguardaba. Ya no más esa vaina de cantar en el baño y a todo gañote “La media vuelta” que tanto molestaba a los vecinos del 4-A y del 2-A.

Retomando la cosa, el señor Tato, dueño del grupo musical y por tanto del transporte, ya me había dado por teléfono los datos de la ranchera LTD Country Square azul con flamas naranjas a los lados. Coloradas como el carro de los Duques del Peligro, me dijo. Lo que me ocultó, es que la camioneta estaba toda escoñetada. Bah. Ni la reconocí. Con los años descubrí que todo grupo caraqueño de mariachis debía andar en vehículo con tales características. En mi vida había visto perol semejante, pero pa’lante. O mejor dicho, pa’trás, puesto que siendo el novato, me tocaba viajar en la cocina, que es el culo del mundo de las camionetas rancheras. Ahí me metieron, todo amuñuñao entre guitarras, violines y trompetas:

-Al nuevo lo bautizamos hoy, advirtió el señor Tato.

Mientras que el carro iba full pire por la avenida Lecuna para enfilar hacia la plaza Venezuela, los demás mariachis a lo suyo. Cada uno inmerso en sus cosas. El silencio, esa incómoda garrapata, cesó de pronto cuando el señor Tato se empeñó en leerme la cartilla muy decentemente:

-En esta mierda nadie se mete perico, Chino; al último mariachi lo boté p’alcarajo por un chicharrón que cargaba en la cartera. Nos paró la policía, los tipos pasaron raqueta, le encontraron la vaina y tuvimos que dormir esa noche en la Zona 5 de la estación policial de Maripérez.

Mariachis en Caracas¿Y qué es un chicharrón?

Después de treinta y seis años, todavía escucho la burla de mis colegas mariachis en la pata de la oreja a causa de la ridícula pregunta. La camiona, entretanto, se bandeaba en sus maneras de ferry por la autopista Francisco Fajardo en sentido oeste-este. A la altura del Jardín Botánico, el señor Tato cruzó abruptamente a la derecha, con el primer anuncio de la noche:

-Vamos a yantar. A deglutir. Señores, nos vamos de perroscalientes. Dos pa’cada uno con su malta y va que chuta; pero no es deagratis, le pagaremos al perrero con un set y de paso, calentamos los motores. Y púyalo que va en bajá, pa’ la venida Venezuela de El Rosal.

Así, de pronto, todo el mariachi, embutido en su ajuar fundamental, me cedió los honores de la primera canción:

“Si tienes un amor que te comprendaaa y piensas que te quiere más que nadieeee”

Éxito clamoroso. Recoge tu gallo muerto, nojoda. Hasta le firmé un autógrafo a una pure ahí. Como la gente se amontonaba alrededor del carrito de los perros, y viendo que todos los parroquianos y otros demonios nocturnos le decían al perrero “damelotrocontodo”, yo me veía de oropeles y cantando a dúo con Rocío Durcal y tal.

Ya, en El Rosal y casi sin darnos cuenta, se hicieron las 2 de la mañana. Un cementerio era más populoso. Y nosotros, yque serenateándo a las parejas que urgidas salían del J.S. Bar y de Las Trompetas de México hacia otros horizontes más placenteros, es decir, al Hotel Rema, que quedaba un poco más arribita. De resto, la avenida estaba totalmente pelada:

-Nofuímonos. Mañana será otro día.

Derrotados y sin un centavo, nos montamos en la chalana de este cuento, e ipso facto se nos paró al lado una Toyota Samurai 1984 nuevecita. El conductor, ya bastante palotiao, pidió hablar a solas con el señor Tato. Acordar fue un ráspalo:

-¡Por fin un toque! ¿Y qué le dijo el mono a la mona? Vamos, que tenemos que bautizar al pelao.

Pues, que agarramos otra vez la Francisco Fajardo a toda mecha, detrás del carro del cliente, pero ahora, en dirección al boulevar de El Cafetal. Tú sabes, entrando por el elevado de Los Ruices. Todos pensábamos que la cosa era en una quintica de esas bien bonitas, pero no. Resulta que nos detuvimos frente al edificio nomeacuerdo.

De seguidas, el cliente:

-Panitas, cúbranse de gloria. Piso 7. Ese que está allaaá es mi apartaco, pero no puedo entrar al edificio porque me maletearon. Me metieron un culito porlosojo, y me muero por volver. Canten a rin pelao desde aquí, que yo les pago el doble: Nos dejamos hace tiempo, pero me llegó el momento, de perder. Ustedes saben.

-Un caso muy extraño, pero tiene solución, sentenció el señor Tato, tal cual el Dr. House.

Primero que nada, nos retiramos a conferenciar como los equipos de bolas criollas del pueblo, que antes del match, se persignaban y toda vaina:

-Señores, coronamos. Nos pagarán un platal ¡y solo tenemos que hacer lo que nos gusta!

Y nos lanzamos con el primer set, pero que vá, todo mundo se asomaba a los balcones, menos la dama en cuestión. Por tanto, propuse cantarle por el intercomunicador a la doña y todos asintieron.

Riiinngggg:

-¿Aló? ¿Quién es?
-Señora, perdone la hora. Le traemos una serenata. Somos El Mariachi del Valle.
-¿Como los Amos del Valle?
-Del Valle de Tenochtitlan, señora, y voy que quemo: ¡Arriba mis cuates! ¡Ajúa!

Todo iba muy bien y sin salirnos de lo básico: La cama de piedra, El Rey y el recordado Dos pasajes, de Lupe y Polo. Yo me sentía un tanto ridículo de tanto estar semi agachado frente al intercomunicador cantándole a nadie que pudiera ver feis-tu-feis. Solo imagínate la escena. Pero después de entonar “Y volver, volver”, vino el fulano bautizo: El señor Tato me exigió cantar la de Rocío Durcal. Nojoda pana:

-Esa canción es de jeva, señor Tato. ¿Y maullaré por tí? ¿Seré la gata bajo la lluvia? ¿Qué verga es esa?

-El bautizo de un mariachi, es cosa seria, Chino. O cantas, o te despides Camino de Guanajuato, como diría Lázaro Candal. Y no hay paga para el que no se bautice. Es la ley.

Así las cosas, no me quedó más remedio que lanzarme con ese tema, para beneplácito de los demás mariachis que no podían ni tocar de la risa tan arrecha.

Eziongeber Álvarez, narrador venezolano. Reside en Caracas.

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