ATANASIO ALEGRE –

El 23 de septiembre del año que corre cayó en domingo. Un domingo en el que el sol se dignó asomarse –en expresión cervantina- por los balcones del oriente, algo que siendo un hecho es también un dato, ya que para esta época no son frecuentes los días soleados en esta región de Baviera cercana a los Alpes.

Pero hubo otros hechos ese domingo más o menos importantes. La misa dominical, por ejemplo, en la pequeña población donde trascurren mis días en alfoz de la ciudad de Múnich. La cosa es que en ese momento de la paz –la paz sea contigo-, el hombre que se encontraba a mi lado me miró fijamente a los ojos y casi en un murmullo dijo: ¿Su primera vez por aquí? Tal vez pensó que era uno de los tres millones de visitantes que registra este año la Oktoberfest, acogido en el hotel del pueblo en vista de que la escasez de habitaciones en Múnich es proverbial. Ya fuera de la iglesia, soy yo quien busco al hombre y abro la conversación con eso de que hoy es día de elecciones. Así es, ha dicho, sin mucho entusiasmo. ¿Una decisión difícil?, pregunto.

-Pues póngase en mi lugar. Supongamos que tuviera que hacerlo usted en un país donde el desempleo ha descendido en cuatro años del 12 al 5%, que tiene un superávit fiscal como nunca antes y en razón de ello, es decir, de las políticas llevadas a cabo, tenemos una sociedad de bienestar donde la salud, la educación y otros beneficios sociales son impensables aún en otros países de la Unión Europea. Ese es el momento en que nos movemos. ¿Qué le falta a este país para ser feliz?

-Pues, sí. Bienestar, satisfacción y prosperidad son tres prerrogativas envidiables para cualquier sociedad. Aunque yo he leído también que hay miedo, inseguridad y odio en la sociedad alemana contemporánea, replico.

-Pues sí. De hecho, se ha incorporado a la jerga popular eso de Merkelhasser, el odio a la Merkel que un grupo, con cierta raigambre en la que fue la Alemania Oriental, ha puesto en circulación. Pero entre las muchas virtudes de la Canciller hay una de suma importancia para un gobernante: saber reaccionar. Nosotros decimos que regieren ist reagieren: gobernar es reaccionar.

Mientras vamos de camino a casa quedamos en vernos y tomar, una de estas tardes, un café en la panadería del pueblo.

El domingo se fue deslizando hacia el mediodía y la calle la ocuparon los niños con sus bicicletas, patinetas y correrías. Hacia las cinco de la tarde, el paseo lo componía toda clase de gente, de menos a más edad, para recogerse sobre las seis, a la hora en que, al cerrar las mesas de votación, se darían los primeros pronósticos a pie de urna. Hora y media más tarde la población podía contar con las cifras oficiales. Y así fue: el pronóstico de las seis coincidió exactamente con los que serían los datos oficiales a las siete y media. No sucedió, por ejemplo, como en Francia con la elección de Macron donde la sorpresa rayó con el sobresalto.

El resultado de la elección parece haber complacido circunstancialmente a un solo grupo, el de los radicales de derecha extrema, un partido que va a tener representación en el Parlamento alemán por vez primera después de los nazis con quienes guarda bastante afinidad. Digo circunstancialmente, porque, un día después, ya pende sobre dicho partido una amenaza de división.

Sobre el relativo fracaso de la canciller, a pesar de haber ganado las elecciones, pesa el millón de refugiados aceptado con el fin de compensar la disminución de la tasa de población que amenaza a Alemania con un envejecimiento antes de lo previsto, con las consecuencias que ello significa. La idea es integrarlos a las condiciones de vida alemana, incluida la disciplina, naturalmente. Por lo visto no todos piensan lo mismo.

A los socialistas les fue peor de lo que pensaban; tan mal, en realidad, como no les había sucedido desde la fundación de la República Federal. De todas formas, con un veinte por ciento y la convicción de que una buena parte de lo que ha significado la situación del bienestar actual de Alemania se la deben los alemanes a las reformas introducidas tanto por el socialista Helmut Schmidt como por el excanciller Gerhard Schröder. De manera que el peligro de que desparezcan de escena los socialistas como ha sucedido en Francia, no es más que un espejismo o una consecuencia de la inconsistencia del candidato. Este socialismo, en todo caso, no es el que dejó Zapatero en España ni el que trata de levantar hoy Pedo Sánchez.

Y así se ha esfumado este domingo 23 de septiembre, como un día cualquiera del calendario en el que ha habido, eso sí, elecciones.

A última hora se reporta que ha habido una manifestación contra los radicales que van a formar parte del Parlamento en la próximo periodo por primera vez. Esto sucede en Berlín, con consignas contra un partido al que asimilan con el de los nazis, en esta célebre plaza que dio origen a una de las novelas más importantes de la literatura alemana, Berlín Alexander Platz de Alfred Döblin, donde se plantea esa pregunta tan trascendental sobre el tiempo. ¿Para qué tipo de cosas existe el tiempo y para que otras, no?

Sobre todo, la cosa interesa en política.

Atanasio Alegre, escritor y académico hispano-venezolano. Escribe desde Múnich, Alemania.

 

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