ATANASIO ALEGRE –

Lo recuerdo perfectamente. Fue una mañana mientras me ocupaba, con la concentración necesaria para ello, de la corrección de las pruebas del número de la revista Video Forum que ese mismo día debía entrar en talleres, según se decía entonces. Video Forum tenía una larga trayectoria cuando me hice cargo de ella durante los seis años que precedieron a su extinción, y estaba patrocinaba por la empresa RCTV. Quien entró –digo- esa mañana en el cubículo que me servía de oficina al efecto era uno de los más connotados directivos de dicha planta de televisión. No pude decirle que me apremiaba el tiempo y me dispuse a atenderle en la idea de que el hombre había debido desplazarse desde su oficina que se encontraba en otra parte de la ciudad, hasta la sede de la revista, de modo que su presencia no era cosa simplemente de “pasaba por aquí y me dije… ”

“Me gustaría saber qué es lo que piensas como filósofo sobre el rumbo que está tomando el país”, preguntó.

Corregí que me hubiera calificado como filósofo y no como profesor en alguna oportunidad sobre tan respetable área del conocimiento, haciéndole saber que la filosofía como el piano, necesita de muchas horas de ejercitación y yo hacía mucho tiempo “que me había dejado de eso”, dedicándome a otras labores, como esta, por ejemplo, de dirigir la revista…

Pero no quise dejar sin respuesta su pregunta y me limité a decir que el país comenzaba a pasar por la llamada Etapa del Bardo.

El hombre conocía la expresión, pero referida únicamente a esa otra forma como se suele llamar a los poetas. Pero la acepción a la que yo me refería con la Etapa del Bardo es una expresión que se usa en el budismo para referirse a los 49 días que trascurren entre la muerte real y lo que va a ser el nuevo nacimiento, época que suelen aprovechar los espíritus durante esos días y en esa suerte de limbo en que ha caído el finado para que estos le induzcan a echar una mirada sobre su vida anterior con ánimo de mofarse y ridiculizar aquellas situaciones que constituyeron un fracaso mientras estuvo vivo.

En cuanto a lo del bardo como sinónimo de poeta -expliqué-, está usted en lo cierto, ya que antiguamente se llamaba así a los pregoneros dedicados a anunciar a la gente de a pie lo que estaba pasando y como quiera que muchos de ellos lo hacían con una elegancia no exenta de humor, echando mano de la metáfora que es uno de los recursos de la poesía, de ahí les viene ese nombre.

La cosa es que aquél encuentro con el directivo aquel día no pasó de ser una conversación de tantas, ya que él tenía su opinión sobre lo que iba a pasar en Venezuela y yo la mía. El con la preocupación concreta de lo que pudiera suceder con la empresa a la que ambos servíamos en ese momento, aunque desde una posición, la suya, muy diferente de la mía, y yo, desde luego, de manera más abstracta, lo que no me autorizaba a fomentar en él una preocupación por lo que iba a llegar ineludiblemente cuando tuviera que llegar sin necesidad de adelantarme a los acontecimientos. Época esa por cierto, que cuando hizo su aparición, a mí me encontró bastante alejado del escenario de los acontecimientos, es decir, ocupado de otras cosas y en otro país.

LIMBO TIBETANO

Un país en el bardoSi traigo esto a cuento se debe a dos circunstancias que no dejan de estar relacionadas entre sí. Una se refiere a la fase en la que acaba de entrar el país en el que ahora resido, y la otra, a la publicación justamente por estos días de la novela de George Saunders, titulada Lincoln en el bardo, que se ha hecho acreedora en 2017 al Man Booker Price, uno de los premios consagratorios y de mayor prestigio en el campo de la literatura.

El argumento de esta novela, la primera de este autor, si bien de él eran conocidos sus estupendos relatos cortos, cuenta la historia de aquella noche, en medio de la guerra civil, en la cual el Presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln tuvo que abrir una recepción en la Casa Blanca bailando una polonesa, en el inicio de aquella fiesta a la que asistía “el todo Washington”, mientras en uno de los cuartos de la casa presidencial se encontraba enfermo su hijo Willie, el cual murió en el trascurso de esa velada. Imbuido el presidente Lincoln por el significado de la expresión del bardo, muchas noches durante los días sucesivos al entierro de su hijo Willie las pasaría en el cementerio de Oak Hill, en Georgetown, delante de la tumba su hijo Willie, con el fin de acompañarle en la titánica lucha que estaría librando contra aquellos espíritus que iba a estar acosándole durante los 49 días que dura la fase del bardo, de acuerdo a la religión budista.

La portada de la edición española (Editorial Seix Barral) de esta primera novela de George Saunders, ofrece una imagen por demás reveladora: la figura de Lincoln y de su hijo Willie como dos sombras chinescas. Willie tenía doce años cuando murió. Saunder, que es ingeniero geofísico, pasó una buena parte de su vida laboral en los campos petroleros en la jungla de Sumatra donde debió conocer el budismo. A sus sesenta años se desempeña hoy como profesor de literatura en la universidad de Siracusa.

Pues bien, España acaba de entrar políticamente en esa etapa del bardo –figurativamente, se entiende- mientras trascurren esos 49 días que, de acuerdo a la expresión tibetana, los españoles van a saber qué tipo de regeneración va a producirse en el país, si es que se produce, y las cosas no van a peor.

Ha pasado en otras partes y en otros ambientes, pero quienes conocen la etapa venezolana del bardo en una época en la que creíamos que el país se las prometía muy felices, sabemos muy bien por dónde van a comenzar a correr en suelo español las aguas ya desbordadas.

Venezuela, por ejemplo, que parecía un país indestructible desde el punto de vista económico, hoy, con cuatro millones de ciudadanos exiliados, se encuentra al borde de la hambruna. Quienes comienzan a moverse en el escenario español no son ajenos, sino todo lo contrario, a la inspiración y a la metodología de quienes instalaron en suelo venezolano hace dos largas décadas el llamado socialismo del siglo XXI.

Atanasio Alegre, narrador y académico hispano-venezolano. Escribe desde Madrid, España.

 

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