GUSTAVO OLIVEROS –

Si bien los trabajadores sanitarios y los médicos en Venezuela son héroes, los funerarios son temerarios, osados, audaces, valientes. Poco se ha visto, pero en este país son unos desconocidos conocidos. Lo máximo, los más solidarios, porque, sin importar cuánto cuesta llevarse el muerto a cuestas, están disponibles para enterrar a ese familiar que murió de no se sabe qué, aunque, al parecer, “todo se inició con una gripecita mal curada que cogió vuelo”.

Las funerarias populares establecidas a los pies de las principales barriadas de Caracas, cuyos nombres nos reservamos, trabajan desde hace meses a toda máquina. Lo hacen en medio del caos que atraviesa el país ante la imposibilidad de controlar la línea de contagios que se propaga indiscriminadamente. Ellas se encargan de “los entierros de mi pobre gente pobre”, como reza aquella vieja letra del Tite Curet Alonso, bellamente interpretada por el gran Cheo Feliciano. Esos entierros “ya no son un espectáculo, y ni siquiera las flores son de papel”… La pandemia los redujo a una soledad insólita del muerto y su sepulturero, siempre y cuando haya una fosa disponible. Lo más barato, seguro y recomendado para no dejar rastros es el crematorio. Ya no hay caravanas de motorizados hacia el cementerio, ni disparos al aire. Ya no hay un camión con sendas cornetas a decibeles que atormentan a los perros callejeros y dejan un eco de la canción aquella favorita del difunto. Ya ni siquiera hay velorio, ni novenarios, ni cuentos de caminos aupando la imaginación de los dolientes, mientras los crisantemos sueltan su fragancia en medio del calor de las velas y candelabros. El muerto se va, y se va en su soledad en una destartalada carroza fúnebre, apuradito el chofer, atravesando alcabalas tras alcabalas de oficiales que, en este caso, no se les ocurre “martillarlo”; bien por respeto al muerto o bien por miedo, cuando el chofer les confiesa que lleva “un cadáver diagnosticado con coronavirus”. “Arranca Berroterán, por mí, con esa carroza, puedes llegar hasta Argentina”, espetó un guardia nacional ante la frase sincera, sin medias tintas, a un funerario.

Ellos, los funerarios, son los únicos que sin recelo penetran en las humildes viviendas, con el respeto que les otorga la profesión: “Nuestras condolencias por su pérdida” es una frase que probablemente ya les sale sola de tanto pronunciarla, porque ni a los vecinos se les ocurre ir a darle el pésame al conocido de toda la vida, y los deudos entienden perfectamente ese desplante. Ellos también harían lo mismo, de darse el caso. Pero los funerarios, que apenas deben llegar a los treinta años y un pelín más, terminan supliendo esa falta de todos aquellos que prefieren permanecer a resguardo, aunque le dediquen un par de oraciones al difunto, antes de irse a la cama. Siempre protegidos: tapaboca, viseras transparentes, guantes y unas batas que probablemente no son las más adecuadas para estos menesteres, se encargan de todo lo concerniente, y son hasta capaces de aceptar una taza de café o un trago de anís que la doliente o el doliente les ofrece a falta de propinas, pues la familia se quedó sin una centavo cuando fue a la funeraria para pedir el presupuesto y, al cancelar la cuenta, apenas le alcanzó para una coronita bordada con un listón salpicado con escarchas, sin rosas verdaderas ni flores de papel.

En el barrio, apenas llegan los funerarios, los aplausos se desbordan desde las ventanas de los ranchos. La comparación es extrema, pero luce igual a las escenas de los países europeos, que uno puede ver cuando se cuenta con el privilegio de Internet. En su entrada, los niños, ajenos a todo, corren en pos de ellos para guiarlos por los intrincados callejones, pendientes y escaleras, hasta la casa del finado. Cuando los pobres podían morir en los hospitales, no hacía falta este “turismo de aventura”; un “zamuro”, siempre atento con los pacientes más graves, disponía de un tarjetero y unos panfletos para ofrecer sus servicios, apenas se les diera a los familiares la mala noticia. La pelea entre ellos por un cliente era a muerte. Ahora todo ha cambiado, ningún pobre de barrio se atreve a ir a un hospital si descubre que tiene una “gripecita mal curada”, porque en su hogar la muerte es una posibilidad, en cambio, en un “reclusorio” de infectados el pase al “túnel con la luz violeta al final” es una certeza. De modo que los funerarios, protegidos como pueden, terminan llevándose el cadáver al embalsamamiento final. Nada de certificado de defunción al instante, eso puede esperar, puesto que ningún médico, ni siquiera uno de los cubanos traídos por el gobierno se encuentra disponible para llegar al barrio y diagnosticar el deceso como “muerte natural”.

Desde el interior de los ranchos los vecinos despiden a los funerarios con los mismos aplausos con los que les dieron la bienvenida. Todos les agradecen su llegada solidaria porque, de lo contrario, no sabrían qué hacer con el difunto: si lanzarlo por un barranco a las afueras de la ciudad, con el riesgo que eso significa; abandonarlo en una autopista a la buena de Dios o en una calle cualquiera en un terreno baldío; o tirarlo al río Guaire, que se pliega al río Tuy para que desemboque en el mar Caribe y se convierta en un buen plato gourmet para los tiburones, que de vez en cuando se acercan a este monumento paradisíaco en busca de manjares del subdesarrollo. El pago a la funeraria se hizo en dólares con la colaboración de la comunidad, y alcanzó para una cremación en lugares fuera de la ciudad; una miseria si se compara con el Cementerio de Este, o si hay que pagarle a un albañil enterrador en el Cementerio General del Sur, pues en ese camposanto, supuestamente para los pobres, el certificado de defunción termina costando más caro que el mismo hueco en donde, sin garantías, lanzarán el cadáver del difunto.

Los llamados “zamuros” que se aproximan a las barriadas caraqueñas son bastante jóvenes. Se escabulleron de la llamada “chamba juvenil” promocionada por el gobierno, que los pone a recoger basura, limpiar calles y plazas por dos dólares mensuales. “Así no se aprende, no se llega a ser alguien”, dijo uno de ellos que, con una escoba elaborada a fuerza de pajillas y hojas secas de árboles, intentaba limpiar una alcantarilla.

“Con los muertos al menos nos ganamos un par de dólares por cada uno que buscamos, lo que equivale a un sueldo mínimo en bolívares”.

Hay que cuidarse. Claro, no todos mueren de “gripe”; algunos, de bala en enfrentamientos entre pandillas; otros, de viejos, y muchos, de hambre; pero tenemos que quedarnos callados. Los certificados vienen después tramitados por la funeraria (anónima) que le paga a “alguien” y listo: “Muerte natural”.

El entierro o la cremación siempre es en cementerios alejado de la capital, pero, con la pandemia, pocos o ninguno son los familiares que acompañan el cortejo fúnebre. El cementerio de Charallave es el más cercano y barato, el de Guatire-Guarenas es más caro por razones que nadie conoce, y así. Finalmente, si el cadáver llega a su destino, pues no lo lanzaron por un barranco al descampado, un sacerdote, previamente consultado, ofrece la extremaunción con algo de retardo, el diezmo viene incluido. El cadáver se cocina de a poco, porque no hay mucho gas, y lo que suele tardar una media hora se transforma en cinco, toda una tarde de espera por el polvo que desaparecerá de regreso por la autopista al soplo del viento.

Ellos, los del barrio, no habían escuchado sobre el contagio de Donald Trump ni mucho menos del engreído Jair Bolsonaro; ellos vivían tranquilos sin DirecTV, sin enterarse de nada, puesto que ya no hay televisión por cable, y la TV estatal, a fuerza de antenas de bigotes, no habla de nada que no sea de las bondades del gobierno, las cajas claps y de cómo la estamos pasando del carajo con apenas unos poquitos muertos, mientras el resto del continente reduce su población por “anteponer la economía al ser humano”. Ellos, los pobres, solamente se enfermaron de gripe por ir al mercado, por montarse en el Metro, por ir en buseta en busca del pan de cada día. Se enfermaron de gripe por hacer una cola en un banco para cobrar la pensión, por ser tontos, por no tener TV, ni radio ni nada, ni nadie que les informara lo que estaba sucediendo. Ellos, los pobres, solamente iban al mercado donde les decían que todo era una mentira del imperio, pero por si acaso –les aclaraban las milicias– no te le acerques a ningún familiar que haya regresado luego de emigrar, “porque todos están infectados y tu deber es denunciarlos”. Ellos, los pobres, ahora entierran a sus fallecidos. Solo era una “gripe”, había dicho su presidente en una manifestación apoteósica en contra de las medidas económicas impuestas por Estados Unidos. Y meses después, no supieron por qué, una noche cualquiera, alguien, algún pariente cercano o lejano ya no despertó, luego de toser durante tres, cuatro o cinco días, a pesar de ser tratado con infusiones de jengibre, té de pasote, baños con cariaquito morado y esparadrapos con hojas de llantén. Se les había ensalmado en los templos dedicados a María Lionza, se los encomendaron a la “corte malandra”; fueron escupidos con aguardiente San Tomé, cocuy de penca y hasta con alcohol isopropílico por el espíritu del indio Guaicaipuro y, finalmente, cuando ya no había chance, se llamó al recién beatificado doctor José Gregorio Hernández, pero no llegó a tiempo.

Pasados varios días, uno de los chicos funerarios llegará al barrio con un certificado de defunción, se tomará un café o un anís, si acaso la “ley seca” aún no llega al barrio, y le entregará a la familia unas cenizas. Nunca quedará claro si aquel cadáver fue lanzado por un voladero en el camino, y a otro saco con ese muerto; o si bien las cenizas pertenecen al mismo difunto, pero la familia del barrio le rezará igual, porque los muertos en Venezuela nos pertenecen a todos.

Gustavo Oliveros, periodista venezolano, residente en Caracas.

 

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