MARIO SZICHMAN –
Mongolia fue uno de los principales outposts de la guerra civil rusa de 1919, y adquirió fama peculiar gracias a un aristócrata, el barón Robert Nicolaus Maximilian von Ungern-Sternberg, fusilado por los bolcheviques en septiembre de 1921. Durante sus 35 años de vida, especialmente en los tres últimos, se convirtió en un digno precursor del Führer

Para muchas personas, Mongolia no existe. Eso incluye a algunos vistas de aduana. Parece ser un remedo de la isla de la fantasía, o de El Dorado. Un invento creado a partir de la épica personificada por Gengis Khan. En su libro The Bloody White Baron, James Palmer señala que cuando el ex presidente de Mongolia Nambaryn Enkhbayar era joven y viajó a Inglaterra para estudiar, un escéptico vista de aduanas se negó a creer en la existencia de Mongolia. “Usted me está tomando el pelo”, le dijo el funcionario. Enkhbayar debió mostrar un libro de geografía a fin de explicar que su país pertenecía al planeta Tierra.

Tras cumplirse el primer centenario del nacimiento de la Unión Soviética, Mongolia vuelve a figurar en varios libros de historia. Fue uno de los más cruentos escenarios de la guerra civil que envolvió a Rusia durante tres años, tras el derrocamiento del zar Nicolás Segundo, y que causó la muerte de más de siete millones de personas. La Unión Soviética colapsó el 25 de diciembre de 1991, cuando Mikhail Gorbachev renunció a la presidencia, y fue sucedido por Boris Yeltsin como jefe de gobierno de un estado ruso independiente.

Las evaluaciones sobre sus logros y formidables fracasos, han proliferado, aunque todavía no ocupa en la mitología histórica el lugar de la Revolución Francesa. Los soviéticos no legaron al mundo algo similar a la Declaración de los Derechos del Hombre.

ASESINOS POR DOQUIER
Un capítulo que ha llamado especial atención es el de los apocalípticos orígenes de la Revolución Bolchevique. La primera guerra mundial, partera de la Unión Soviética, no concluyó en el colapsado imperio ruso en 1918, como ocurrió en la mayoría de los países beligerantes tras la firma del Armisticio. Fue seguida por una guerra civil que se prolongó tres años más. Cuando concluyó, siete millones de soldados y civiles habían muerto en campos de batalla, en pogroms, desollados vivos, arrojados a las llamas. Fueron víctimas no solo de la crueldad del enemigo, sino de enfermedades y espantosas hambrunas, tanto en ciudades como en poblados.

Mongolia fue uno de los principales outposts de esa guerra, y adquirió una fama peculiar gracias a un aristócrata, el barón Robert Nicolaus Maximilian von Ungern-Sternberg. El barón Ungern, o simplemente Ungern, no pasó muchos años en esta tierra. Nació en 1886 y fue fusilado por los bolcheviques en septiembre de 1921. Pero durante sus 35 años de vida, especialmente en los tres últimos, se convirtió en un digno precursor de Adolf Hitler.

La ambición de Ungern, nacido en el seno de una familia de aristócratas germanos, era restablecer la monarquía rusa bajo el puño de hierro del gran duque Mijail Alexandrovich, además de revivir el imperio mongol cuyo último representante fue el Bogd Khan, líder espiritual del budismo tibetano de Mongolia exterior. En febrero de 1921, meses antes de su fusilamiento, Ungern logró expulsar a las tropas chinas de Mongolia, y restaurar al Bogd Khan.

Sus regimientos estaban integrados por mongoles y cosacos. Entre 1906 y 1914, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, Ungern fue un oficial en la caballería cosaca del Frente Oriental. Lideraba un batallón bautizado “La Orden de Militares Budistas”. (No todos los budistas acataban las normas modernas de pacifismo. Muchos preferían recordar las hazañas de Gengis Khan).

EL SÁDICO MAYOR
Ungern provenía de una familia de guerreros. Él mismo se congratuló que descendía de nobles rusos, entre los cuales se incluían cruzados, piratas, Atila, y al menos 72 ancestros que sufrieron horrendas muertes al servicio del Zar de Todas las Rusias. Una de las anécdotas familiares le causaba especial regocijo: cuando uno de sus antepasados rehusó quitarse el sombrero ante Iván el Terrible, el zar ordenó que le clavaran su sombrero en la cabeza.

Tras concluir la Primera Guerra Mundial, Ungern no aceptó la desmovilización y se dirigió hacia Mongolia. Allí organizó tropas de cosacos y de mongoles, para combatir a los bolcheviques y a los judíos. Aprendió a hablar mongol, se convirtió al budismo –un budismo muy alejado de la corriente principal, poblado de ritos sangrientos, eróticos, y adornado de calaveras– y anunció a sus soldados que tendrían a su alcance todo el vodka, el hashish, el opio y las mujeres que quisieran, siempre que acataran sus órdenes.

En cuanto al método de reclutamiento usado por Ungern para forjar su estado mayor, fue una maravilla de astucia. Cuando en el medio del invierno un grupo de sus hombres mostró indisciplina, ordenó que les quitaran los uniformes, y los condujeran a un lago helado obligandolos a zambullirse y a nadar un buen rato. Luego, ordenó que regresaran a tierra, y les soltó varios de sus lobos, que para Ungern eran un perfecto sucedáneo de los perros amables usados por los occidentales. Los lobos trataron de comerse a los amotinados, y éstos debieron enfrentarlos a puñetazos. La mitad de los hombres sobrevivieron al asalto de los lobos. En recompensa, Ungern los designó miembros de su elite de guerreros.

James Palmer ha logrado compilar un fascinante relato sobre las malandanzas de Ungern, al implantarlas en un universo caótico, surrealista, propio del fin del mundo, siempre en movimiento. Inclusive su escenografía es surrealista. Por ejemplo, cuando describe el asentamiento mongol de Urga, al que Ungern arribó en 1913, señala que se trataba de una población intemporal.

“Era difícil averiguar si estaba en 1913, o en 1193”. Aparte del horrendo aroma a desechos humanos, pues no existían cloacas, el único atributo de Urga era el intercambio de toda clase de productos. Comerciantes que cabalgaban caballos o camellos ofrecían sedas, drogas y té. Cazadores ofrecían pieles “que finalmente serían vendidas, a un precio mil veces superior al inicial, tras llegar a Moscú o a Londres”.

Como parte de la vida nómada, no existían viviendas permanentes. Todos los habitantes vivían en carpas. Eso alteraba el paisaje edilicio con cada temporada. Ocurría con frecuencia que los dueños de carpas las desplazaban a otro lugar de la población, debido generalmente a disputas con sus vecinos. El asentamiento era tan rodante como los carruajes. También los aristócratas que huían de la guerra crearon sus propias quimeras rodantes. Se desplazaban en trenes blindados y se protegían con armas obtenidas de las cañoneras que recorrían los lagos siberianos. Sus vagones contaban con opulentos restaurantes, imprentas, salas de teatro, burdeles, y cámaras de tortura. Los prisioneros eran encerrados en vagones sin agua, donde los dejaban morir.

Ungern gobernaba uno de esos pequeños señoríos con implacable crueldad. Tenía además el problema de ser un visionario, dispuesto a dar su vida, y especialmente la vida de los demás, en defensa del zar de Todas las Rusias, y del derecho divino de los reyes.

Sus combates nunca se limitaban al campo de batalla. Abundaban en su entorno las cámaras de tortura, los pelotones de fusilamiento, los atroces edictos. Uno de ellos era que ningún judío podía quedar vivo. Era imprescindible exterminarlos a todos, inclusive a los niños. Durante escasos meses retuvo en Mongolia las riendas del poder. Parecía que era inmune a las balas, a los explosivos, al sable y a la daga. Insistía en que era heredero de Genghis Khan.
Finalmente, en junio de 1921, intentó invadir Siberia Oriental en respaldo a una presunta rebelión contra los bolcheviques. Fue derrotado, y finalmente capturado, luego de dos meses de huída por territorios casi imposibles de transitar. El Ejército Rojo lo apresó finalmente. Un mes después fue procesado, y declarado culpable. El 15 de septiembre de 1921 fue fusilado.

Es posible que los historiadores descubran otros sangrientos émulos del barón Ungern en el mismo período de la guerra civil en Rusia. Pero es muy difícil que lo superen en crueldad. O que puedan anticipar como él la ferocidad de sucesores como Hitler o Stalin.

Ungern no dejó como legado sus memorias. En medio de la catástrofe del fin del mundo que asoló Europa oriental y parte de Asia, hay escasos recuerdos de sus palabras, aunque abundan memorias de sus acciones. Sin embargo, una de sus frases adquirió cierto derecho a la inmortalidad, y podría haber sido considerada su epitafio: “Mi nombre está rodeado de tal odio y de tanto miedo, que nadie es capaz de juzgar qué es la verdad y qué resulta falso. Qué es historia, y qué es mito”.

Mario Szichman, periodista y escritor argentino. Escribe desde Nueva York.
https://marioszichman.blogspot.com.es. @mszichman

 

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