JOSÉ PULIDO –

Vale la pena recordar a Albert Camus, con un fragmento de La Peste:

Mientras cada médico no tuvo conocimiento más que de dos o tres casos nadie pensó en moverse. Al fin, bastó que a alguno se le ocurriese hacer la suma. La suma era aterradora. En unos cuantos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente para los que se ocupaban de este mal curioso que se trataba de una verdadera epidemia. Este fue el momento que escogió Castel, un colega de Rieux de mucha más edad que él para ir a verle.

-Naturalmente, usted sabe lo que es esto, Rieux.

-Espero el resultado de los análisis.

-Yo lo sé y no necesito análisis. He hecho parte de mi carrera en China y he visto algunos casos en París, hace unos veintitantos años. Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico. Y además, como decía un colega: «Es imposible, todo el mundo sabe que ha desaparecido de Occidente». Sí, todo el mundo lo sabe, excepto los muertos. Vamos, Rieux usted sabe tan bien como yo lo que es.

Rieux reflexionaba. Por la ventana de su despacho miraba el borde pedregoso del acantilado que encerraba a lo lejos la bahía. El cielo, aunque azul, tenía un resplandor mortecino que se iba apagando a medida que avanzaba la tarde.

-Sí, Castel -dijo Rieux-, es casi increíble, pero parece que es la peste.

LA VIDA REAL

El coronavirus y yo, aquí en Italia
Foto/ Gabriela Pulido Simne

En la novela de Camus, como en la vida real, la gente trata de ignorar la amenaza terrible de esas enfermedades, que llegan de un modo invisible pero tan contundente como la guillotina o la bomba atómica dejándose caer. Se trata de unos bichitos innobles, asumiendo formas diversas pero con un solo propósito: acabar con el físico que tanto cuesta mantener. Cada vez son más espesos los mocos que generan porque así ahogan más fácilmente a los seres humanos. Saben adaptarse ante los medicamentos: mutan. Se disfrazan. Se transforman. Son asesinos en serie.

Cuando un virus hace su aparición, la gente recuerda los millones de muertos que han dejado las pestes a lo largo de la historia. Luego trata de olvidar la mortandad porque esa es una preocupación demasiado perversa. Solo se puede confiar en lo que la ciencia resuelva y experimente. Y en las medidas higiénicas que se adopten.

También comienzan a aparecer oraciones, conjuros y opiniones de toda índole. Como la teoría de las guerras biológicas. Se desempolvan las leyes que tratan sobre delitos de terrorismo químico, biológico, radiológico y nuclear. Y nunca falta la teoría del negocio que hacen los laboratorios o las ventajas que trata de pescar en ese río revuelto la infaltable política.

Se recuerda que la contaminación ha sido siempre un recurso bélico:

Los escitas, una nación de nómadas más antigua que los libros sagrados, figuraron entre los primeros seres humanos que montaron a caballo y usaron flechas para guerrear. En las puntas de sus flechas untaban carnes putrefactas y mierda humana. Solo Cupido ha lanzado flechas inocentes. Aunque también han causado desastres.

En el siglo XIV, la ciudad de Génova fue atacada por los tártaros, quienes usaron cadáveres con peste para contaminar las aguas y las calles. Figúrate.

LAS PREGUNTAS

El coronavirus y yo, aqui en Italia
Foto/ Gabriela Pulido Simne

Vivo en Italia y eso me convierte en lógico blanco de preguntas. Mis amigos me interrogan desde varios puntos del planeta. Tengo muchos amigos fuera de nuestro país. Me doy cuenta. No soy sagaz, pero lo constato: qué modo de irse. Me piden que opine, que diga algo. Ni siquiera tengo una opinión certera sobre la gripe que cada año es peor. Que desde toda la vida la he visto y sufrido y nada que se cura.

En enero estuve caminando por el puerto antiguo de Génova y los turistas chinos se solazaban sacando fotografías. Uno de ellos me pidió que le tomara una foto familiar cerca de un monumento arquitectónico. Más tarde, cuando apareció lo del coronavirus pensé en aquella escena y deduje -sagaz otra vez- que en este momento sería imposible repetir lo de la fotografía. Específicamente porque ha descendido el turismo y porque yo no andaría deambulando en mis calles favoritas.

-¿No te asusta lo del coronavirus estando en un país afectado?- pregunta un amigo que lee todo lo del coronavirus y luego me lanza sus opiniones y sus interrogantes vía email. (Igual me ha interrogado cuando aparece uno de esos virus que en vez de amenazar a los seres humanos se ensaña con las computadoras: “No aceptes un video que tal cosa y tal otra porque es un virus”).

-Me asusta como a todo el mundo, pero en Italia las medidas sanitarias siempre están vigentes. Aquí ni siquiera se ve basura en la calle. Los hospitales funcionan con una calidad y un rigor que muy pocos países igualan- respondo.

LA VIEJA ITALIA

El coronavirus y yo, aqui en Italia
Foto/ Gabriela Pulido Simne

Italia es el país con mayor población anciana de Europa y del mundo entero. Aquí se protege y se respeta a los ancianos, forman parte fundamental de las familias: no son tratados como estorbos. Por todas partes se ven mujeres ancianas y hombres ancianos yendo al mercado, a los eventos al aire libre, a recorrer calles y parques. Inclusive, en diversas instituciones continúan laborando y prestando servicio con mucha voluntad y responsabilidad. En Génova, donde hay escaleras por todas partes, suben y bajan trabajosamente, pero lo hacen con una perseverancia admirable.

En Italia uno de los trabajos más comunes que se ofrecen es el de cuidar ancianos que ya no se pueden valer por sus propios medios. Pero hay una mayoría de personas de la tercera edad que cuidan a sus nietos, hacen diligencias, buscan entretenimientos y oficios: se mantienen activas.

En estos días en que se han cerrado las escuelas y se han postergado muchas actividades culturales y deportivas, todo ha cambiado un poco. La llegada del coronavirus, ciertamente, ha causado gran alarma y temor. En especial porque el porcentaje más alto de víctimas se registra en la tercera edad. Es como si se tratara de una guerra solo-mata-ancianos.

Por supuesto que la ancianidad es frágil, en especial en cuanto a las vías respiratorias se refiere. En Italia todos los años vacunan contra la influenza. Los cambios bruscos de temperatura parecen un juego diabólico: un día caluroso es antesala de una lluvia con granizo. Y aquí los fumadores son legión.

Por si fuera poco, durante todo el año entran y salen turistas. Y el italiano es, además, un turista natural y perenne: viaja por Europa, por Asia, por África, por América y Oceanía. Los italianos son viajeros y no se arredran ante las dificultades. Por eso engendraron aventureros como Colón y Marco Polo.

Yo, como un ciudadano de setenta y pico de años, camino por Génova con la misma emoción, pero ahora notando que hay menos personas en los autobuses. Y el uso de mascarillas ha proliferado un tanto. Pero no mucho.

Cuando la gente habla, estornuda o tose, lanza diminutas gotas alojadas en las vías respiratorias y eso basta para transmitir un virus gripal. Las mascarillas se usan por este motivo. Ya se sabe. Lo mejor es no salir demasiado. Hay días en que me encierro un poco. Pero empiezo a releer libros como La Peste, Muerte en Venecia y me pongo nervioso.

Escudriñar noticieros no me ayuda: el presidente de la Lombardía, Attilio Fontana, ha declarado, como alivio y consuelo, que “Las personas fallecidas son muy ancianas o con patologías importantes”. Yo, con 75 años, recién salido de una neumonía, me dedico más bien a escuchar música. Y aunque no lo crean, aparece Carlos Gardel, con su voz magnífica cantando La cama vacía, desgranando frases como “Desde un tétrico hospital, donde se hallaba internado…”

No me joda. Pero como ya lo mencioné: en Italia me siento fresco y apoyado buena parte del tiempo, porque a mi lado caminan con mucho aplomo señoras y señores de ochenta y noventa años. Con gran estilo. Con elegancia. Sin mascarillas. Me dejan atrás en las escaleras. Y soy el único que comienza a toser.

José Pulido, poeta y periodista venezolano, residente en Génova, ciudad de Italia.

 

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