MARÍA LAURA LOMBARDI –

Las dos novelas más recientes de Fedosy Santaella, Los Nombres, Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro (2016), y El dedo de David Lynch, novela de suspenso (2015), han sido publicadas en España por la editorial Pre-textos, pero por el momento no se encuentran en las librerías de Caracas. Por eso decidimos conversar con el autor, quién por otra parte, vive en Huixquilucan, México, personificando esa tendencia “cosmopolita” a lo mejor dolorosa o, por lo menos, inquietante, de la Venezuela actual.

Fedosy Santaella nació en Puerto Cabello y en las últimas décadas realizó en paralelo a su labor como docente e investigador en el campo de la Formación Humanística, Narrativa Contemporánea y de la Lingüística en la Universidad Católica Andrés Bello, la producción de un buen número de libros, algunos para niños y jóvenes, novelas como Los escafandristas (2015), editada por Ficción Breve; Las peripecias inéditas de Teofilus Jones (2009) publicada por Alfaguara Editores, y Piedras Lunares, que es un libro de cuentos publicado por Ediciones B en 2008 y reeditada en 2017 por Punto Cero, entre otros.

 -En Los nombres, y así lo indica el título de la novela biográfica, la palabra es uno de sus temas centrales. ¿Por qué dedicó un libro a los nombres, su etimología y otros mágicos contenidos?

Fedosy Santaella siempre aduna-Quizás pueda responder desde dos perspectivas. Por un lado, la de la búsqueda literaria de una forma específica y distinta: contar desde otro ángulo, desde otra mirada, retarme a crear una historia que partiera desde un lugar escriturario específico, y que ese lugar, ya lo he dicho, me retara y me creara dificultades estéticas, pues creo que el arte, sin reto, no es arte. Escribir, para mí, sin ese reto, no tiene gracia ni estimula. Por otro lado, hay una necesidad: la de contarme y la de, al contarme, descubrirme y tratar de descubrir qué hay en la existencia de belleza, de poesía, de unión esencial. Creo que saber de dónde venimos (el secreto detrás de nuestros nombres) nos ayuda a conocernos y relacionarnos con el mundo.

-Pareciera que parte de su interés es demostrar que el nombre propio determina la conciencia de quién lo tiene. ¿Es así, o por el contrario, a veces se produce empatía entre un nombre propio y su portador?

-Lo importante es darte sentido, cargar de sentido tu propio nombre. En mi caso, el mío es muy particular y ya vino cargado de sentidos: una historia familiar de imágenes épicas y poéticas, de imágenes luminosas y también oscuras. Si supiésemos un poco más quiénes somos y no quiénes los demás nos imponen qué tenemos que ser (como sujetos íntimos y como sujetos de una nación), creo que estaríamos mejor.

-El otro protagonista de la novela es Fedosy Santaella, sus raíces y antepasados. ¿Qué significó para usted ir al encuentro de estos personajes? ¿Le permitió conocer más de sí mismo? ¿Fue grato o menos?

-Fue grato descubrir, explorar, rememorar las lecturas de esos distintos personajes que no soy y que soy, que fui y que ya no soy. Fue grato recordar que estamos hechos de historias terribles y hermosas. Fue grato volverlas a leer, llenarse de ese fuego de la lectura interna, y escribirlas, compartirlas. Escribir, por otro lado, es un oficio que duele cuando te lo propones como reto estético y espiritual. Es un trabajo arduo, no un show de televisión lleno de abalorios.

-Otro de los aspectos más llamativos de “Los nombres” es el sentido del humor; la comicidad de algunos episodios va in crescendo en medio de un relato inicialmente serio hasta que el lector siente la risa físicamente en la boca del estómago. ¿Es intencional?

-Sí. El humor es una de las maneras más gratificantes que tengo de mirar el mundo, y así lo he hecho desde mis primeros libros. Y no se trata de escribir intencionalmente con humor, sino que, en ocasiones, en demasiadas quizás, la estupidez y la amargura del mundo no pueden ser vistas desde otra lógica que la del humor. El humor es una de las formas luminosas del ser con las que cuenta aquella persona que es libre en sus pensamientos, o que por lo menos intenta serlo.

-Hizo en el libro una suerte de recuento literario de su generación. ¿Qué escritores influyen en su obra? ¿Cuáles son sus preferidos?

-He leído con atención, afecto y ansias de aprendizaje a Mark Strand, y allí está Strand en el libro. También hago un recuento de mis maestros de juventud, entre ellos Cortázar el cuentista y Borges (quienes en mayor o menor medida siguen siendo mis maestros). Pero el libro, en parte, es mi pequeño homenaje a los libros y a la lectura y al niño que creció entre libros y nunca más quiso separarse de ellos. Los nombres es casi una teogonía propia de mi amor por los libros.

-Cree que hay una conexión entre la emigración de sus familiares desde Ucrania a Venezuela después de 1944 con la situación que se vive en Venezuela. ¿Por qué decidió viajar a México?

Fedosy Santaella siempre aduna
El abuelo ucraniano, Fedosy Kruk.

-Que mis abuelos hayan tenido que irse de su querida Ucrania y que yo también haya hecho lo mismo por causa del odio y del egoísmo de los falsos justicieros de la humanidad, me hace pensar en el daño que nos hace ser esclavos en la cabeza del pensamiento de otros. Esa esclavitud, por lo visto, es cíclica entre los hombres y las naciones. Pero también, siguiendo con la tónica mágica de Los nombres, creo que México siempre me ha esperado. Muchas cosas me han unido desde hace muchos años a México, y me contenta que un país con una cultura tan necesaria en mí sea el que me haya recibido.

-El verbo aunar o adunar es esencial en la novela corta “Los nombres”. ¿Podría referirse al particular?

Fedosy Santaella siempre aduna
Vito Modesto Franklin, duque de Rocanegras y Príncipe de Austria.

-El gran Vito Modesto Franklin, duque de Rocanegras y Príncipe de Austria, me regaló ese verbo. Adunar es hacer magia con las palabras, hacer conexiones insólitas, encontrar el secreto que está detrás de las palabras. Adunar es hacer poesía.

-En muchas páginas hay una investigación que usted realiza rigurosamente en bibliotecas, por internet, llamando a amigos y familiares, revisando libros sobre gran variedad de temas. Otro mérito que tiene como autor es el vigor de una escritura que permite su fácil lectura. Sin embargo, encontramos omisiones importantes y por eso cabe la pregunta; ¿Qué se autocrítica en relación a “Los nombres”?

-Todo libro es autosuficiente, así como también todo libro es la escritura que intentas del libro perfecto que tienes en tus planes. Ese libro perfecto nunca se logra. Por fortuna, de lo contrario, la vida sería un lugar de hartazgo infinito. Por lo demás, en los lectores están las apreciaciones. Siempre ruego, eso sí, que sean lectores serios (si acaso los merezco). En los últimos tiempos, por ejemplo, he leído en Facebook críticas furiosas sobre películas que me dejan (las críticas) confundido e indignado. Por lo general, esas críticas las hace gente que no tiene idea de lo que está diciendo. En ocasiones, me siento tentado a decirles: «Haga usted la película, seguro a usted le quedará mejor». Pero claro, una película y un libro son lugares públicos, y no queda más remedio que rogar porque tu trabajo caiga en manos de personas sensatas y sensibles. A ellos y a su crítica me confío.

María Laura Lombardi es periodista venezolana. Escribe desde Caracas.

 

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