YOSSELYN TORRES –
Yusmary llegó a Buenos Aires un día de abril y se encontró con un tal Oscar, que por haber vivido 37 años en Caracas creyó ver en ella su mina de oro con la trata de personas. Para sobrevivir limpió en casa de familia, vendió pantaletas y comida venezolana en la calle

 

Yusmary Bastidas vive en un apartamento tipo estudio con un compañero de trabajo. En las noches se dedica a servir mesas al noroeste de Buenos Aires. Esta morena de Trujillo con más de un metro 70 de estatura habla con naturalidad lo que sufrió al llegar a la “ciudad de la furia”, pero hace un año pensó que no la contaba.

La amiga de un sobrino la contactó a inicios de abril de 2016. La llamó para decirle que en 15 días saldría de Venezuela, que trabajaría en una lunchería bonaerense. Le pagaban el pasaje y la estadía. Con la crisis económica venezolana no dudó en aceptar.

Esta madre soltera de 35 años mantiene a sus cuatro hijos, también ayuda económicamente a su madre y expareja. Por la premura no pudo tramitar el certificado que avala que no tiene antecedentes penales en Venezuela, prioridad para obtener el DNI argentino (carnet de identidad), lo que permite laborar legalmente en este país. Eso desencadenó un sinfín de inconvenientes.

A Yusmary le iban a pagar solo 3 mil pesos mensuales por vender café en la calle, que es menos de la mitad del sueldo mínimo (8.060 pesos).

UN OSCAR INDESEABLE
Aterrizó en Buenos Aires el 29 de abril y se encontró con Oscar –no recuerda el apellido– y de inmediato se dio cuenta que la cosa no era tan maravillosa como se la habían pintado. Este argentino, que vivió 37 años en Venezuela, cree que descubrió su mina de oro con la trata de personas, de venezolanos. A Yusmary le iban a pagar solo 3 mil pesos mensuales por vender café en la calle, que es menos de la mitad del sueldo mínimo (8.060 pesos). Además debían dormir en la misma habitación. Ella confiesa que el individuo la obligó a cortarle las uñas. “Yo me dediqué por muchos años a la gastronomía, no estaba para vender en la calle. Tengo experiencia de 11 años en restaurantes de categoría en Caracas y no iba a hacer lo que él me decía. Por eso al tercer día me escapé”.

No cargaba ni un peso en la cartera. La mujer que la contactó le dijo que viajara sin dinero, que en Argentina tendría sus gastos cubiertos. “Yo ni sabía cuál era la moneda de acá”, reconoce al aconsejar a los futuros emigrantes que no salgan del país sin informarse. “Yo cuento esto para que a nadie le pase lo que a mí”. Yusmary trabaja para mantener a sus cuatro hijos, madre y exparejas en Venezuela.

Oscar recibió a Yusmary en el hotel Flores, ubicado en Flores, uno de los barrios más peligrosos de Buenos Aires. Al sacudirse a su “jefe”, recibió el apoyo de Mariela, una argentina que trabaja y vive en ese parador.

La chica tiene un gran corazón, pero un cuarto pequeño. Sin embargo, ahí aguantó 15 días. No siguió por pena. Su amiga comparte la habitación con marido e hijos. En ese mismo hostal lograron meterla en un sitio desocupado. Sin trabajo y sin ingresos pasó una semana de hambre. “Solo tomaba agua de la pileta (piscina), en la noche. Me daba vergüenza que me vieran en el día”.

Otra vez la pena jugó en su contra, la argentina le reprochó que no le pidiera comida. Ella cree que si hubiera tenido contactos venezolanos, no pasa tantas necesidades. Para sobrevivir limpió en casa de familia, vendió bombachas (pantaletas) y comida venezolana en la calle. En poco tiempo logró un empleo más estable en un local de peruanos, en Lavalle vía muy comercial del centro de la ciudad. En ese lugar hizo jornadas de 12 horas diarias, sin franco (día libre) y los domingos no traían pago doble. El sueldo era de 200 pesos diarios ($ 6.000 mensuales).

Ahora con un año en Argentina, Yusmary ve más cercana la llegada de sus cuatro hijos de 18, 15, 13 y siete años.

LA EMPLEADA DEL MES
En el segundo mes de estadía en el sur, debió recurrir a su jefa peruana para que la acomodara un tiempo en su casa. Ahí recibió la mirada inquisidora del resto de la familia. Le ofrecieron una cama sin colchón para que saliera rápido. Se repuso y logró un trabajo como camarera en Villa Devoto. En el restaurante ganó la distinción “empleada del mes” en sus primeros 30 días de labores y con lo ganado se mudó a una habitación compartida en ese bonito y tranquilo barrio. Ahora con un año en Argentina ve más cercana la llegada de sus cuatro hijos de 18, 15, 13 y siete años. Su única hija, que es la mayor, tiene marido y un hijo de dos añitos. También los recibirá, asegura.

Sueña con comprar una casa en Venezuela, aunque en su Trujillo natal tiene una vivienda de su propiedad. “Aquí se logran las cosas con mucho trabajo”, afirma.

Cuando vuelvo a tocar el tema de su verdugo -Oscar- no muestra rencor. Es que ni recuerda su apellido para denunciarlo. Pero advierte que ese hombre sigue en sus andanzas. “Hace poco se le escapó otra chica de veintitantos”. “Recién tuvo el descaro que cobrarme los 350 mil bolívares que gastó en mi pasaje de Conviasa”, reprocha.

EN PRIMERA PERSONA

Yosselyn Torres: Como periodista uno se cree con derecho de contarlo todo, pero la vida del inmigrante trae anécdotas que preferimos callar.

Yo compartí con Yusmari la primera habitación que ocupo lejos de mi familia, en febrero de este año. Con ella fue más llevadero el impacto que resulta verse en otro país sola. Durante un mes solté muchas carcajadas por sus ocurrencias y escuché con atención sus cuentos. Como periodista uno se cree con el derecho de contarlo todo, pero la vida del inmigrante trae anécdotas que preferimos callar.

Mi primera compañera de habitación no lo cuenta todo y le pone especial énfasis a la reserva de sus hijos, no quiere que revele sus identidades por temor a que los secuestren en Venezuela. “Tú sabes cómo es allá. No vayan a pensar que tengo dinero, y no tengo nada”.

Ahora tiene DNI. Quiere retomar los estudios de agronomía y coquetea con la idea de aprender gerencia. Yusmary se permite soñar lejos de la caótica pero extrañada Venezuela.

Yosselyn Torres es periodista venezolana residente en Buenos Aires

 

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