SEBASTIÁN DE LA NUEZ –
En medio del desmembramiento de la familia venezolana por culpa de la tragedia que ha significado el chavismo, he aquí un relato unificador, el del talento de los jóvenes dentro de unas determinadas coordenadas: las que acotan sensibilidad, creación y reflexión, el talento que alza el vuelo por encima de cualquier limitación.  Esta es una entrevista a distancia con Antonio López Ortega, coordinador de un libro muy significativo en estos tiempos llamado Nuevo país de las artes

Al verlo, no solo leerlo, ves al país alternativo de forma ordenada, no atrabiliaria ni dispersa. Una arista de la Venezuela que vendrá. Antonio López Ortega, sobre todo activista del fenómeno cultural, coordina o compila pues en realidad Nuevo país de las artes (edición de Banesco Banco Universal, 2017) está escrito por 25 plumas diferentes, todas venezolanas, desde dentro y desde fuera del país. El trabajo fotográfico —curioso, sugerente, personalísimo en cada caso— juega rol protagónico junto a cada entrevista.

Desde el punto de vista de los contenidos, de los temas que se tratan verbalmente, es un híbrido de historias de vida y opiniones valiosas por parte de quienes andan un camino colectivo que se traza desde lugares muy diferentes. Cada artista plástico retratado aquí es una revelación. Hay quien habla de precariedad, o incertidumbre o empeños y certezas. Hay quienes hablan de demencias semejantes, crisis humanitaria, bolitas de alegría, tolerancia.

La lista incluye pintores, escultores, dibujantes, diseñadores, fotógrafos. Cada quien desde su propuesta; sobre todo, el libro es una reafirmación del talento venezolano en tiempos de depresión. En conjunto, el contenido significa esperanza. En cada  una de estas cabezas bulle un mundo imaginario, y si lo decidieran podrían firmar un manifiesto, el manifiesto del país posible.

Banesco lanzó esta edición digital en diciembre de 2017. Ojalá también lo edite en papel como los dos trabajos anteriores de esta serie.

TESTIMONIO DE VITALIDAD

Los dos trabajos anteriores, por cierto, también fueron de la mano de ALO, trabajando junto a los departamentos de Comunicaciones y RSE del banco. Están dedicados uno a los músicos jóvenes y el otro a  quienes se están haciendo un nombre en el campo literario. Entre los tres, panorama que suma y se ramifica heterogéneo y libre, abierto a la universalidad, tocado por una inquietud de sello vernáculo. Es imposible que esta gente entre por el aro militar. Es imposible que adopte un modelo unívoco de nada.

La próxima entrega seguramente versará sobre los nuevos protagonistas del cine venezolano, que también los hay y comienzan a dar la hora.

VIVIR EL PEOR PAÍS POSIBLE

López Ortega ha sido desde hace décadas gerente cultural, un ensamblador de esfuerzos del ámbito privado y los creadores. Hizo carrera desde algunas instituciones que en Venezuela marcaron pauta en el mecenazgo y la promoción del arte popular y del folklore, como Fundación Bigott. Hoy, formando parte de la diáspora, pasa sus días en Tenerife (Canarias) pergeñando nuevos proyectos para afianzar —hace falta hacerlo, ahora, como nunca— el intercambio entre ambas orillas del Atlántico. Oficia talleres, conversa planes con el Instituto Cervantes (Madrid), colabora con Diario de Avisos, de Santa Cruz de Tenerife. Y está allí mientras piensa y da seguimiento a la feria del libro que pronto abrirá en Margarita. Aunque el país se derrumbe por un lado, este otro país muestra testimonio de vitalidad.

López Ortega habla de los jóvenes retratados (lo hacer por WhatsApp):

—A esta generación le ha tocado vivir el peor país posible. Les ha tocado formarse con menores oportunidades. Pero es algo que juega a favor de los propios creadores: pareciera que en realidad no tienen suficientes obstáculos. De esta serie que hemos hecho, me han impresionado particularmente los literatos: sin ningún tipo de estímulos, sin bolsas de trabajo, mantienen unos niveles de información universal. Conocen literaturas de todos los tiempos y de todos los países.

Sobre los artistas plásticos:

—De los 25 seleccionados, hay quince trabajando o estudiando en el exterior [la selección fue encargada a un grupo de críticos e historiadores del arte en Venezuela]: en resumidas cuentas, la crisis no ha producido menos talento ni menos iniciativas. La calidad se mantiene. A pesar de la ausencia de políticas públicas en este sector, en medio de la merma y la falta de recursos, la creación no declina.

Un punto adicional anotado por López Ortega: una estructura que venía ya desde la “cuarta república” y el esfuerzo privado (galerías de arte, talleres de creatividad y escritura, escuelas de artes plásticas como la Armando Reverón, las de Letras en ciertas universidades) ha contribuido al milagro. Cosas que no han podido ser totalmente destruidas. Se le pregunta a ALO si puede caracterizar a este grupo que aparece en Nuevo país de las artes, cuáles son sus principales virtudes.

—Son muy actualizados, con mucha información sobre arte contemporáneo: tendencias, lo que hacen actualmente las distintas escuelas plásticas, dominio de las grandes referencias del siglo XX. Otra cosa: asumen como herramienta las nuevas tecnologías, montan sus propias páginas, están superconectados. Se saben promocionar ellos mismos, por las redes. Ese trabajo de difusión constante es una manera de estar al día y de intercomunicarse entre sí.

¿UNA VERSIÓN IMPRESA?

En el campo de las creencias y de la visión sobre las realidades de hoy, López Ortega ve en ellos mezcla de escepticismo y esperanza. El país pasará esta mala hora, pero requerirá más tiempo reparar los daños de este error.

—En general —agrega— se pliegan a una especie de renacimiento que debe darse; hay, además, un reconocimiento hacia los artistas-docentes que han tenido como tutores. Los reconocen, así como reconocen una tradición que los une.

Un grupo, en vez de irse, se ha afianzado más a su tierra durante estos años aciagos: se quedan a pesar de todo porque dicen (o piensan sin haberlo verbalizado) que hay que vivir la tragedia, pues la decadencia también es un referente para expresarse como artista.

Muchos de ellos, a pesar de formar parte activa de la era digital, añoran una versión impresa de este libro. Es como si, en internet, la obra siempre quedara como inacabada mientras que impresa resulta en un objeto realmente terminado.

—La obra impresa es un documento. Como cuando se conserva el catálogo de una exposición, que vale más que cualquier gacetilla o página que se cuelgue.

Mientras aparece la edición impresa —no hay nada seguro respecto a ello, ojo— he allí en la red, abierta a quien tenga interés, la edición digital de una caja de vitaminas: son 25 cápsulas que permiten al lector volver a creer en cierto país que perdió, pero no necesariamente para siempre, el rumbo y la razón en un desatinado recodo del camino.

Nuevo país de las artes - El retablo de la esperanza
Nacarí Castillo: «Creo en el arte para hacer el bien». Foto/Alejandra Loreto para el libro Nuevo país de las artes

La generación capaz de interpretar el mundo a su modo y sintetizarlo en una fantasía tridimensional —un objeto bello, inusual, cósmico, burlón, ordinario, lúdico, multidimensional— es esta, y su infancia fue democrática, o al menos la de sus padres. La periodista Mariela Hoyer, una de las entrevistadoras del libro, cuenta que Nayarí Castillo («Una recopiladora de historias que se enfoca en curiosidades», según se define ella misma) ganó siendo muy joven el prestigioso Salón Michelena y también el de Jóvenes con FIA; que  tuvo una familia con adecos y copeyanos entre sus ramas, y que ella estudió primaria en una escuela socialista: creció, de hecho, abrazando el izquierdismo.

No es un caso aislado. Era común en los hogares venezolanos que, en su seno, sus miembros compartiesen diversas ideologías o formas de entender la política. De uno de estos lugares de convivencia desde la cuna salió la notable Nayarí, premiada en Europa con una cantidad de becas, mimada por el público (aunque ella dice que vive en el anonimato) y admirada por sus pares. ¿Una privilegiada? Puede ser, pero la verdad es que creció en un entorno donde se hablaba de política y de arte con total desfachatez y libertad, pues si no hubiese sido así, ¿cómo iban a aguantarse bajo el mismo techo, sobre todo en época de elecciones, parientes adecos, copeyanos e izquierdistas? Se cuenta en esta semblanza, además, que para Nayarí el arte se convirtió, desde muy joven, en una forma de enfrentar el mundo. En medio de este moderno europeísmo del cual disfruta (vive en Alemania desde hace varios años, se casó con un alemán), no se siente desconectada de su patria; dice que la sufre y la sueña en mejores tiempos.

En algún pasaje de la entrevista dice, casi de pasada: nunca votaría por los militares.

Sebastián de la Nuez, periodista venezolano. Escribe desde Madrid, España.

La edición íntegra de Nuevo país de las artes puede ser descargado aquí


 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.