EZIONGEBER ÁLVAREZ –

El libro más antiguo de todos los que viajan conmigo años ha, tiene que ver precisamente con la literatura. Se llama «Principios Filosóficos de la Literatura» y lo escribió el señor Batteux, Profesor Real de la Academia Francesa y de las Inscripciones y de las Bellas Artes. Fue traducido al castellano, ilustrado y también complementado por D. Agustín García de Arrieta. Además, cuenta con sus apéndices sobre literatura y otros suplementos y su año de publicación corresponde a MDCCCII, es decir, a 1822. En aquel tiempo lo podía usted adquirir en la céntrica y muy madrileña calle de las Carretas, contando eso sí, con el excelente trabajo de la Imprenta de Sancha, que por lo visto ejercía su oficio maravillosamente, si como le digo, hoy tengo un ejemplar de ese compendio dormitando en los entrepaños de la biblioteca.

El libro no me fue obsequiado. Tampoco lo heredé de mi abuelo o de mi padre. Lo compré con el escaso dinero que llevaba, «debajo del puente de la Urdaneta», que era el sitio, la librería ideal, en la que parábamos todos los estudiantes recién llegados a la gran capital, Caracas. Nos correspondía adquirir textos a bajo costo, que por la calidad del engrudo, se desperdigaban entre los dedos con mucha facilidad, pero este, claramente, no es el caso del libro que le describo.

Cuando se abrió la posibilidad de fundar una editorial hace casi tres años, recordé principalmente el libro in comento. Tiene 200 años a la fecha, y tan robusto y entero que se ve, concluyo siempre. Dije que han pasado «casi tres años» desde que Milagros Mata y yo fundamos la Editorial Ítaca. Eso no es mucho tiempo. Pero no ha sido obstáculo para entender que el editor es mucho más que un eslabón entre el autor y el lector, por lo que me ha tocado investigar con furibundia si quiere, y profundizar los conocimientos que como lector me traía. Por ejemplo, he sabido que «El arte del ajedrez», de Luis Ramírez de Lucena (1465-1530), fue impreso por Juan de Porras en Salamanca en 1497, por lo que el aprendizaje de este deporte llegó a la España profunda lo que sin dudas nos habla de una gran hazaña. Y un poco más adelante, en 1605, Miguel de Cervantes pudo hojear con sus propias manos su mayor creación, «El Quijote», considerada obra cumbre de la literatura española. Piense, piense un poco, lo que significa que Cervantes viera en ese entonces, su obra publicada. Y no. No digo que para ser editor sólo baste con leer o leer bien. Por favor, no. Como tampoco es cierto que un editor se contenta con corregir un párrafo para luego, presuroso, cobrar por su trabajo. Hay mucho de acompañar y mucho de comprender y de observar el esfuerzo escritural de los autores. Es preciso hurgar en otros textos, reconocer ideas, descubrir nuevas rutas, y disfrutar y también sufrir con el autor, por ser parte de la esencia misma del hecho editorial. A efectos de nuestra experiencia como empresa editorial, me parece pertinente recordar el lema que escogió para su marca, el maestro de todos los editores, el señor Aldo Manuzio, compañero de aventuras literarias de Erasmo de Rotterdam. “Festina lente”, decía el señor Manuzio, que quiere decir «apresúrate despacio». Y qué contradicción tan grande con este mundo tan urgido que vivimos, porque además recomienda Manuzio a sus autores: «…pide que tu camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias….». Si. Hablo del poema de Cavafis. Por tanto, hablo de la Editorial Ítaca, cuya trayectoria zarpa en un viaje largo y prometedor, sin dejar de advertir que en la ruta abunden cíclopes y lestrigones por igual. EL colérico Poseidón también se presenta a veces con todas sus fuerzas. Es probable que usted piense un poco en cómo se hacen las cosas en el mundo editorial. O adonde fueron a parar las rotativas aquí en Venezuela. O en la cantidad de editoriales que desistieron eventualmente, conformada por gente que imaginaba que ser editor era garantía de altas ventas.

Puede llamarme tonto, pero para mí un libro son muchas cosas. Libro llamo yo al trabajo sostenido y muchas veces demencial de todas las partes intervinientes. Tenemos al autor y tenemos al editor. También al librero, al impresor y al lector. En fin, que para hacer un libro hay que tener en cuenta el esfuerzo de todos, porque el uno sin el otro, no parece aconsejable ni siquiera -o tal vez por eso mismo- debido al asunto de la autopublicación, tan en boga en estos días. Me pregunto qué diría al respecto Giovanni Boccaccio, el primer biógrafo de mujeres. Una irreverencia en forma de libro que se agradece con entusiasmo 524 años después de publicado.

Además de la autopublicación en Amazon, tenemos una situación bastante particular: La edición de textos digitales y su hermana, la edición de textos en físico. Ante el infinito costo que supone publicar acá, al escritor venezolano se le ha confinado a una cuadrícula digital que muchas veces no comprende. Así, sus opciones quedan reducidas a nada, pero que se sepa: Después de más de 30 títulos publicados en la editorial, no claudicamos. Supongo que pertenecemos a ese grupo de editoriales que llaman humanistas, porque preferimos aportar en el pensamiento crítico y ya no tanto en el tiraje. Pero seguimos adelante y siempre bajo la misma premisa: «Entender más para entender mejor. Comprender para comprendernos».

Eziongeber Álvarez, narrador y editor venezolano. Reside en Caracas.

 

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