JOSÉ PULIDO –

Gustavo Oliveros es uno de los mejores y más nobles amigos que he conocido en el periodismo. Le gustan los perros y los gatos y en su casa los cría y los junta. Habla con ellos y quizá va tejiendo sus historias en ese tipo de diálogos, antes de tratar con los seres humanos. Gustavo es generoso, solidario. Es ese tipo de personas que al ver un incendio se meten en las llamas tratando de salvar a quien sea. Es terco, persistente, y no se rinde de buenas a primera. Quienes lo conocen saben que es verdad lo que digo. Quienes no lo conocen: aquí lo estoy presentando.

Gustavo Oliveros siempre, en cada uno de sus días, es como un río crecido: si no te apartas te puede arrastrar. A los sesenta años sigue siendo un hombre impetuoso y dinámico. Nos conocimos en los años ochenta trabajando por el gremio periodístico, porque Gustavo siempre quiso estar presente en las luchas gremiales.

Escribía unos cuentos muy apegados a la vida real, como periodista que buscaba más bien escribir buenas crónicas. Siempre me mostraba un cuento o el capítulo de una novela que estaba comenzando y nunca terminaba.

Gustavo Oliveros – Desbordamiento de novelasHasta que de tanto vivir y trajinar en redacciones y en proyectos diversos, se disciplinó de una buena vez y ya lleva seis novelas publicadas. Además, ha creado una editorial que en medio de la crisis venezolana está teniendo su auge, su importancia.

Siempre hicimos un grupo, junto con Gustavo Oliveros, Pablo Antillano y Raúl Azuaje. Ellos tres crearon Código de Barra, la revista y el portal y nosotros estuvimos apoyándolos desde un principio. Le tenía una entrevista prometida y ahora es la oportunidad. Por eso lo sorprendí haciéndole estas preguntas, que Gustavo respondió, con todas sus aguas de río desbordado.

-Cuéntame de tus seis novelas. Cómo surgieron esas historias.

-Todas son una mezcla de ficción y realidad basadas en hechos que han conmovido al país. El último trago busca narrar una historia breve desde la época de Gómez hasta la muerte de Hugo Chávez, usando como excusa a un viejo pintor, que desea contar la historia de su familia antes de pasar a mejor vida.

Con mi segunda novela, Rosa Mary se fugó con la lluvia, sucede lo mismo, pero esta vez uso a tres personajes y un perro a la espera de ser rescatados, dos de ellos universitarios (casualmente uno dirige una editorial) y el tercero es un hijo de judíos que se establecen en Maracaibo huyendo de Hitler. Los tres tienen una historia personal que contar en medio del cataclismo. Con esta novela aprovecho la ocasión para cuestionar al gobierno de entonces, la desidia y la poca importancia que se le dio a aquel monstruoso hecho, mientras, se intentaba una reforma constitucional. El fin justificaba los medios y no les importó, excepto después que el “pueblo” “votó”, las miles de vidas que allí se perdieron.

Mi tercera novela está ubicada en dos tiempos: El chico que estudia en la UCV periodismo y vive de un amor imposible, y el periodista graduado que es testigo de la gran marcha del 11 de abril, el golpe de Estado y todos los acontecimientos que se suscitaron durante esas 48 horas. En paralelo se narra la historia amorosa de ese mismo periodista en sus tiempos de juventud.

En la cuarta novela hay un giro temático y 24 horas frente al cadáver vacío, trata un tema de trasplante de órganos y el contrabando. Es una novela policíaca-política, pues en pleno enredo con un cadáver al cual lo han “vaciado” para robar sus órganos o bien un órgano (Eso no se descubre nunca y se deja como conjetura al lector), tres viejos sabuesos, un comisario encargado de la investigación, el eterno amigo forense y un periodista venido a menos en la fuente de sucesos, buscan descubrir lo ocurrido, una vez que el crimen pasa a una etapa en que la policía política saca del juego a los investigadores. De allí comienzan las presunciones acerca del por qué esa intervención (se recuerda entonces el caso de fiscal Danilo Anderson, y otros parecidos como el de los diputados Sierra y William Lara, usados como métodos de propaganda para tapar la realidad de los hechos). A través de conjeturas, el lector debe adivinar para que, o para quien son esos órganos extraídos del aquel cadáver desconocido; ¿Trafico? ¿Algún miembro del gobierno necesitado de uno de ellos?, o bien el mismísimo presidente, de cuyo estado de salud se dice que es grave. Por supuesto: en todas mis novelas, el sentido del humor negro viene a ser el hilo conductor de las tramas. Hay que reírse de todo, digo yo, y con esas novelas, literalmente, me río tanto que tengo que ir al baño.

Gustavo Oliveros – Desbordamiento de novelasLuego escribí Mi adorable Prostituta, una historia basada en la muerte de un Fiscal del Ministerio Público, que todo el mundo se imagina quién es, solo que en este caso la ficción inventa dos hermanos gemelos: el bueno y el malo. Uno de ellos es el Fiscal y va a morir chamuscado… lo que queda por descubrir a través de la narración, es, cuál de los dos es el muerto, si el gemelo bueno, o el gemelo malo. La novela contempla tres finales diferentes para que el lector se quede con el que más le convenga.

Ahora acabo de terminar la sexta novela titulada La última novela del hombre invisible y su amor desesperado. Una narración humorística que se burla de los poetas del siglo XXI, la universalidad de la cultura y el arte del socialismo real. Y de cómo se impone una cultura banal, rastrera, con la excusa de acabar con la cultura burguesa, borrando de un plumazo a escritores, poetas, artistas, curadores, etc., por pertenecer al “viejo esquema cultural”.

En medio de todo esto, está una recopilación de cien cuentos que titulé “Cuentos desalmados para armar”. La ciudad hiriente en la cual vivimos, los amores que perdimos y el futuro terrible que nos espera ante el cambio climático.

-¿Cuándo comenzaste a sentir que eras un narrador, un escritor?

-Desde que en la escuela primaria las maestras, como castigo, me encargaban de la cartelera informativa que copaban los pasillos de las aulas. Aquello era la burla de los otros chicos que disfrutaban del recreo, mientras yo tenía que forrar con cartulinas y papel crepé toda la cartelera y además ponerle corazoncitos, muñequitos y todas esas pendejadas para que llamaran la atención. Y como para coger palco, escribir los poemas del día del árbol, el de la nutrición, el día de la madre, el del padre, el del descubrimiento de América, el día del maestro, la semana del libro, el día del niño… Todos los días y semanas, un tema nuevo. Casi no me quedaba tiempo para hacer las tareas. Por estar de escritor y editor de la cartelera, nunca mis notas pasaron de diez.

El periodismo ¿en qué te ha beneficiado más como escritor?

-En todo, aunque no me considero escritor, uf, ni de milagro, No se puede denigrar de una profesión de tanta belleza. Yo lo que soy es un hablador de paja… un cuentero y un periodista a carta cabal. Debe ser por eso que todo lo que escribo posee ese juego de realidad y ficción. Cuando cubrí Sucesos montaba la olla que da miedo. Mi última olla fue la de los niños que los secuestraban para robarles las córneas (por allá en 1979-80) y se hizo tan famosa que hasta el 2014 se hablaba de eso mismo en países como México, el Salvador, Honduras, Guatemala, Brasil y la India, Debe haber algo de verdad al respecto.

-Tener ahora una editorial ¿es un reto demasiado fuerte para la época o es una empresa que marcha con buen pie?

-Hoy en día es más sencillo, gracias al mundo tecnológico. Ya las grandes rotativas y la prensa plana pasaron a ser objetos de museo. La mejor muestra es Amazon Kindle y Amazon Libros. Una vitrina aprovechable para todo el que la quiera utilizar hoy en día, cuando las librerías desaparecen y los bares se acrecientan (no tengo nada contra los bares, menos un borracho consuetudinario como yo). Desde tiempo atrás tuve la sensación de que existen muchos buenos escritores, que quieren decir algo y no pueden, se les limita ese deseo porque nadie los publica. Nosotros somos esa alternativa: publicamos a los que nadie quiere publicar. Ya inventaremos un premio. Nadie está excluido porque creemos que no hay escritos buenos o escritos malos. Lo que hay son lectores con gustos buenos y gustos malos, y ¿cómo juzgar los gustos? el mejor ejemplo es que el 80 por ciento de la gente, compra y lee libros de auto autoayuda. De modo que hay que escribir y seguir escribiendo, porque los gustos sobran.

¿Cuál de tus novelas te gusta más?

-La que estoy por escribir, una novela colectiva por las redes, que jamás se imprima y que recorra países, ciudades, rincones de todas partes del mundo. Me imagino un tema cualquiera que se inicia con un “Alicia sentada frente a la ventana contemplaba el cadáver del dictador que era paseado por las calles en una gran limosina negra…” (una, dos, tres o cuatro cuartillas o más, y que en Kurdistán, alguien la continúe en su idioma, o en español, o el que mejor le parezca. Igual en Italia, en España, en Turquía, en Argentina. Esa red de lectores mundiales en donde todos dejaríamos nuestra huella en una gran novela sin final que se vuelve infinita. Pura utopía. Sin embargo, con nuestra editorial nos acercamos a eso, porque al imprimir al “detal” puedes cambiar el libro inicial cuantas veces lo desees. Desde combinar la historia, hasta agregarle capítulos cada vez que al autor le llegue una ocurrencia, o descubra que en uno de ellos cometió un error histórico garrafal. Es decir, el mismo libro se va reciclando en sí mismo (redundante la frase, pero tú me entiendes) y probablemente quien lo lee en una fecha determinada del año puede leerlo distinto en otra fecha a futuro.

Gustavo Oliveros – Desbordamiento de novelas-¿Qué pasó con tu karate? ¿y tus demás sueños?

-Del karate pase al judo y ahí sigo desde hace treinta años, practicando con los viejitos en un Dojo ubicado en cualquier parte en que me encuentre. Los judokas somos una secta y, como los artistas, siempre compartimos experiencias. Los sueños se siguen soñando, es lo mejor que tenemos los seres humanos. Yo prefiero los sueños que se sueñan despierto, porque los sueños que se sueñan dormidos, nunca los recuerdo.

-¿Qué ha cambiado desde aquella juventud impetuosa? A veces te veo igual que antes. No pierdes dinamismo ni emoción.

-Ahora reflexiono y le tengo miedo a todo. Antes era arrojadizo. Ahora no me atrevo ni a manejar solo. Es como nadar, siempre de a dos. La naturaleza nos concedió dos cosas en casi todo: Dos riñones, dos orificios nasales, dos pulmones, dos pies, dos brazos. No es recomendable nadar en solitario, ni siquiera en una bañera. Esas son cosas que nos enseñan los deportes: aprender que todo se hace en equipo, algo que deberían aprender los políticos ególatras de hoy en día.

José Pulido, poeta y periodista venezolano. Reside en Génova, ciudad de Italia.

 

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