NABOR ZAMBRANO – Fotos/ Jonathan Lanza –
Este intelectual venezolano, autor de una bibliografía en plena efervescencia, dice que llegó a la historia por accidente y a través de la literatura. A mediados de este año publicará «La insurrección anhelada, guerrilla y violencia en Venezuela»

La historia venezolana, aun los episodios más socorridos, no deja lugar a dudas: lo ignoramos (casi) todo. El abordaje en una tesis doctoral de un episodio del proceso de Independencia provocaría muchos «¡ah, caracha!», si quien expone en un auditorio desprevenido es Edgardo Mondolfi Gudat, a quien legó Rafael Fernández Heres el sillón J de la Academia Nacional de la Historia (ANH).

Historiador Edgardo Mondolfi: Chávez le debe su presidencia a PáezUno de estos ejemplos sería el dato de que en Londres se libró una vibrante polémica entre Joseph Blanco White y Servando Teresa de Mier, por los sucesos de Caracas que quedaron registrados en El Español. La estatura intelectual de los debates debió ser de tal magnitud que Juan Goytisolo, el del boom literario de los 70, dedicó sesudos análisis sobre Blanco White; y Reynaldo Arenas, sí, el cubano maldito y execrado, vertió las vicisitudes de Teresa de Mier en El mundo alucinante.

Si se desgaja un poco la historia aparecerán episodios inverosímiles que confundirían a quien, como Edgardo Mondolfi, la disciplina de Letras le otorga licencia para mentir y la de la Historia le pone coto a los símiles y dislates, por muy enfebrecidos que hayan sido tales acontecimientos.

–Cuando me meto en los vericuetos de la historia no resisto citar a Ramón J. Velásquez, quien en algún momento puso de ejemplo a Manuel Caballero como ‘historiador joven’, ¡y ya el multifacético larense llevaba invictos 64 años de edad!

–¡!

–Pero a lo que vamos: ¿qué le fascina o inquieta de la historia, acaso desentrañar misterios, acercarse a las mentes y conductas a veces extraviadas de esos hombres de bronce?

–Soy historiador y escritor al mismo tiempo. Soy historiador quizá por accidente, porque llegué a la historia a través de la literatura. De modo que he compartido siempre dos hemisferios: mi vida como escritor y ensayista y mi vida como historiador, y además a nivel de estudios formales con el doctorado que realicé siguiendo precisamente el afán de profesionalizar a los investigadores en el ámbito de la historia. Tú mencionabas a Manuel Caballero, quien pertenece a la primera generación de historiadores profesionales formados después del régimen militar con la recuperación de la democracia, junto a ese elenco al que pertenecen Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta y, por ese mismo camino, Inés Quintero y tantos otros que siguen dando la hora en lo que a investigación histórica se refiere. De manera que yo quise validar mi título como profesional de la historia realizando mis estudios formales superiores en la Universidad Católica Andrés Bello, después de haber sacado mi licenciatura en Letras en la Universidad Central de Venezuela.

–La Academia cargó durante mucho tiempo con un estigma maldito. Apolillada, reaccionaria, era lo más sencillito que le endosaban. Había un prurito de compartir con sus respetables figuras, cosa que ha cambiado y ahora parece que una muchachada ocupa los respetables sillones de la A hasta la Z sin necesidad de trompetillas.

Historiador Edgardo Mondolfi: Chávez le debe su presidencia a Páez–Yo sí creo que ha habido un proceso de renovación en las academias, no solo la de Historia, sino también la de la Lengua. Ahí tienes los casos de Francisco Javier Pérez, Rafael Arráiz Lucca, Inés Quintero, Horacio Biord, Manuel Donís Ríos, etc. De modo que, efectivamente, se ha visto un intento de las academias por ser renovadas y de incorporar perspectivas que vienen como parte de las búsquedas de las nuevas generaciones en torno a los hechos históricos. Sí, hay que celebrar ese advenimiento de nuevas generaciones a la academia.

–Siguiendo en la academia, pero la del museo, ¿te sobresaltan Tito Salas, Cristóbal Rojas, Arturo Michelena o Tovar y Tovar?

–Me limitas frente a ese catálogo. Me quedo más bien con el Círculo de Bellas Artes, comenzando por Federico Brandt. Sin embargo, aún me corta el aliento el «Miranda» de Michelena. Siempre lo he dicho: frente a las circunstancias, dudosas, de la escena que recrea Michelena, el «Miranda» sigue siendo nuestra mejor carta de identidad.

Edgardo Mondolffi Gudat (Caracas, 1964) tiene una obra en efervescente crecimiento. Su mirada acuciosa, sentido investigativo y vuelo escritural lo han paseado por una miríada de personajes y temas condenados a formar un corpus que, por el momento, rondan una docena de títulos; los que, lejos de cerrar un asunto, retan a llenar los dramáticos vacíos de esa colcha de retazos que es nuestra amañada historia. Títulos que a su vez dan cuenta de sus estudios de Letras, como El Dios salvaje: un estudio sobre Viaje al corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

Las clases que imparte en la Universidad Metropolitana lo estimulan a revisitar las claves del convulso país en viejos papeles, cartas, proclamas y manifiestos sepias como el tiempo. Su formación académica es cimentada con su M. A. en Estudios Internacionales en The American University, Washington DC, y el Andrés Bello Visiting Fellow de la Universidad de Oxford. La cortesía y buenos tratos les deben algo a los ocho años que pasó en las embajadas de Buenos Aires y Washington.

ESCRIBIR PARA LEER

El águila y el león: El presidente Benjamin Harrison y la mediación de los Estados Unidos en la controversia de límites entre Venezuela y Gran Bretaña (Academia Nacional de la Historia), Miranda en ocho contiendas (Fundación Bigott) y Testigos norteamericanos de la expedición de Miranda (Monte Ávila) son libros que dan cuenta de la pasión que le despierta el caraqueño trágico. Entre los distintos de Mondolfi también se encuentran Eleazar López Contreras, general de armas tomar y Páez visto por los ingleses (Academia Nacional de la Historia), El lado oscuro de una epopeya (Alfa), Mudar derrotas (Comala.com), José Tomás Boves, Luis López Méndez, Daniel Florencio O’Leary, Carlos Eduardo Frías (bajo el sello de la Biblioteca Biográfica Venezolana El Nacional / Bancaribe), Los fantasmas del norte, miradas al sur (Fundación para la Cultura Urbana), El día del atentado (Alfa) y Temporada de golpes. Las insurrecciones militares contra Rómulo Betancourt (Alfa).

–¿Las ocupaciones intelectuales, con el caudal de angustias que deben generar, permiten matrimonios estables?

–Me complace que me preguntes por ese costado puesto que, a veces, uno tiene la impresión de que los escritores son seres de otro planeta, como si las urgencias –y amores familiares– no existiesen.

«Somos cuatro los que formamos el clan: Josefina, con quien tengo exactamente 25 años de casado. Es la brújula esencial de mi existencia, mi peñón de Gibraltar. Ella es psicólogo clínico. Actualmente está dedicada a una corriente bastante reciente de su profesión llamada “mindfulness” o “conciencia plena”, derivada a la vez de la observación científica y de la tradición budista», relata sobre su pareja.

«Mi hijo mayor, Edgardo Ignacio, cursa cuarto año de bachillerato. Le atrae la política, sobre todo en lo que tiene que ver con la experiencia de gobierno municipal y el compromiso ciudadano. La chiquita (la “Chiqui” o la “Popina”, como le decimos en casa) se llama Josefina Eugenia. Cursa sexto grado y actualmente estudia en la Fundación de Ballet Nina Novak y, para nuestra dicha suprema, acaba de ser escogida para realizar un curso intensivo, este verano, en la Academia que el Teatro Bolshoi tiene en Connecticut (EEUU)», cuenta el historiador sobre sus hijos.

–¿Cómo ven los jóvenes historiadores, para seguir en la onda velazquiana, a los pioneros en el género: Gonzalez Guinand, Guillermo Morón, Caracciolo Parra Pérez, Gil Fortoul, incluyendo sus aportes sistemáticos al estudio y la investigación, pero también sus conductas de imparcialidad y objetividad como personeros comprometidos con regímenes de gobierno?

Historiador Edgardo Mondolfi: Chávez le debe su presidencia a Páez–Evidentemente los autores que tú has mencionado son fuentes a las que uno tiene por fuerza que volver, revisar. Indudablemente dejaron una obra sumamente significativa. Te voy a citar el caso de Caracciolo Parra Pérez, y lo digo para que puedas darte cuenta de la importancia que tiene él como uno de los grandes historiadores del siglo XX, al punto de que la Academia Nacional de la Historia y la Fundación Bancaribe se hayan empeñado en la colosal empresa de publicar, bajo criterios modernos, toda su obra completa. Lo cual tiene un doble valor, primero, porque muchas de sus obras son difíciles de conseguir hoy día; por ejemplo, Mariño y las guerras civiles, Mariño y la independencia, El régimen español de América. Y segundo, porque ello permite hacer ediciones que contienen papeles sueltos u obra inédita de Parra Pérez que se conservan en la Academia Nacional de la Historia. De modo que de allí va a salir una rica cantera para advertir lo que significó Caracciolo Parra Pérez.

–El político y el estadista, mucho en el caso de Venezuela, no son muy ganados a la idea de la escritura o la autobiografía, con las honrosas excepciones de Miranda, Páez, O’Leary, Betancourt, Caldera.

–Estás haciendo referencia a figuras que son de mi muy particular interés. Es muy importante lo que dices con respecto a lo que algunos de ellos fueron capaces de dejar como legado escrito. No muchos presidentes fueron capaces de escribir sus memorias. Páez lo hizo, y eso es algo que yo trato de poner de relieve: lo que significa contar con su testimonio documental. Y a pesar de que haya sido muy interesado ese testimonio sobre su actuación, sigue siendo una valiosa fuente de consulta. Tenemos, de los dos grandes archivos que se conservan en Venezuela, el de Miranda, que abarca su obra política, donde se atesora esa gran curiosidad de Miranda como observador permanente del mundo a través de su Diario de viaje; y el inmenso y riquísimo archivo de Rómulo Betancourt. De modo que son muy pocos los referentes que han dejado un testimonio de su papeles como estos casos que he descrito.

–¿Se puede hablar con propiedad, en el caso de la ANH, de archivos vivos, enriquecidos por convenios con otras academias, donaciones?

–Ciertamente, y de hecho la riqueza de documentos que atesora la ANH la convierte en una institución que debe ser visitada por cualquier investigador. No solo dispone de valiosos archivos: tiene un riquísimo acervo, muchos de ellos donados, como el archivo de Laureano Villanueva, las memorias del general Latorre, el de Arístides Rojas; sino que también dispone de una riquísima biblioteca y de una de las mejores hemerotecas del país, con la mejor colección de periódicos de los siglos XIX y XX.

–¿Qué tanto espacio e importancia tiene en la actualidad la historia o la literatura fundacional? Me refiero a las que dejaron, deslumbrados y extraviados, los cronistas de Indias Bernal Díaz del Castillo, Colón, Bernardino de Sahagún, Oviedo y Baños.

–En América Latina ha habido grandes estudiosos de las crónicas de Indias, ni qué decir del caso de los historiadores mexicanos que les han dedicado estudios a las crónicas de un Bernardino de Sahagún, por ejemplo. En Venezuela, Vladimir Acosta y el mismo Arturo Uslar se dedicaron mucho tiempo a revisar el tema. Por lo que sostiene (Mariano) Picón Salas: porque ellas constituyen la primera literatura hispanoamericana y, al mismo tiempo, (explican) cómo el encuentro con los referentes con un mundo desconocido obligaron a esos cronistas a reinventar un lenguaje propio para denominar fenómenos que no estaban dentro del repertorio de sus percepciones ni de las experiencias europeas. Eso es lo que hace que sea la primera gran demostración del descubrimiento de un mundo distinto, que se incorpora al lenguaje y a la percepción de estos escritores.

ENTRE PÁEZ Y BOVES

Historiador Edgardo Mondolfi: Chávez le debe su presidencia a Páez–Chávez denosta a Páez y ensalza en tono reivindicador a Boves, el preludio de Zamora y la Guerra Federal.

–El caso de José Antonio Páez se explica por qué el presidente Chávez pertenece a ese culto contrario al Centauro, aunque yo siempre he dicho que Chávez le debe su presidencia a Páez, empezando porque si no se hubiera dado en aquel momento la separación de Venezuela de la Colombia bolivariana la dinámica habría sido muy distinta. Evidentemente creo que Páez es un personaje muy rescatable desde el punto de vista de lo que significó su esfuerzo institucional en la década de 1830. Además, fue un gran negociador, un hombre con un gran sentido de la política, que tiene que ser reivindicado, o revisado al menos.

«Lo curioso es que Chávez ensalza a quien es capaz de echar al mar a quien es su motivo de adoración, que es Bolívar. Boves tiene de su lado el crédito de haber sido el hombre que más estruendosamente derrotara a Simón Bolívar. Eso ocurre en 1814, el Año del Terror, y en ese sentido no deja de ser paradójico. Como tampoco lo es el hecho de que, cuando salió mi Boves, el diario digital Aporrea literalmente pidió mi execración por haber enaltecido a un criminal, por haber enaltecido a quien fue capaz de desafiar al gobierno insurgente en nombre de lo que Boves significaba: el horror. Otro dato muy curioso: este gobierno acaba de reeditar un libro fascinante que es La historia de la rebelión popular de Caracas de Juan Uslar Pietri, que de alguna manera es el libro que yo cito en mi biografía de Boves para llegar a la conclusión de que quien manejaba el elemento popular en el año 14 era Boves y no Bolívar», enfatiza.

–Ya tiene la mirada puesta en hechos irónicamente recientes, si es que la elasticidad de los tiempos acepta que la experiencia insurreccional de los años 60, con muchos de sus actores aún vivos y en el poder, ya está macerada, pese a haber producido una abundante literatura testimonial que salpicó el cine, el teatro y las artes plásticas.

–Me interesa mucho el desafío de historiar lo contemporáneo. La historia del tiempo presente es muy rica en posibilidades, precisamente porque el historiador dispone de muchos recursos investigativos y documentales para eso. El reto de abordarlo, ya tú lo has dicho, es que las pasiones todavía están muy presentes en lo que significa la revisión de una coyuntura como pudo haber sido la violencia de los 60. Buena parte de la producción que se ha dado en torno a la violencia guerrillera es fundamentalmente literatura generada por los propios protagonistas; por tanto son testimonios que hay que tomar con cuidado, que merecen una revisión, muchos valiosos sin duda alguna y en mucho sentido rescatables. De hecho, yo trabajé con un buen caudal de testimonios, sobre todo con las entrevistas que hiciera Agustín Blanco Muñoz. Sin embargo, existe la posibilidad de ofrecer otra mirada confrontando esos testimonios con fuentes poco trabajadas, como por ejemplo, el archivo privado del presidente (Raúl) Leoni, papeles oficiales del gobierno de Leoni que permiten confrontar las aserciones de muchos de esos testimonios, sin en ningún momento negar los aspectos que le dieron la ferocidad a la violencia guerrillera y lo que significó la acción gubernamental.

«Pero también uno advierte, en esa literatura testimonial, un empeño por minimizar la experiencia, como dando a entender que fue una guerra menor cuando fue en realidad un periodo bastante violento y en el que el gobierno de Leoni tuvo que emplear buena parte de su mejor tiempo enfrentando esa violencia heredada, que ya venía del gobierno de Rómulo Betancourt. A pesar de ser una experiencia de tiempo reciente, hay ya una cierta distancia del objeto estudiado que permite acercar miradas distintas, miradas menos tomadas por las pasiones, y al mismo tiempo desmitificar en muchos sentidos lo que la izquierda ha dicho sobre ese periodo», agrega.

La insurrección anhelada, guerrilla y violencia en Venezuela es el título que Alfa Editores pondrá en circulación a mediados de año. El autor aclara que lo toma de un artículo de Juan Liscano, otro de los referentes que enriquecen la argumentación de la obra. “Una voz solitaria para la época, una voz que además se vio condenada por el resto del panorama literario venezolano porque, justamente desde lo alto de un páramo, digámoslo así, solitario, Liscano se plantó a cuestionar el sentido que podía tener esa violencia como alternativa”, puntualiza.

Retorna a los «abrevaderos» de la literatura.

Historiador Edgardo Mondolfi: Chávez le debe su presidencia a PáezEdgardo Mondolfi se confiesa haendaliano las 24 horas del día, y dentro del arco del gran músico prefiere su obra operística, aunque en los momentos ásperos, en la dura faena de revisar obsesivamente apuntes y constatar datos, viene en auxilio Bela Bartok. En cuanto a la gastronomía, Mondolfi se confiesa seguidor del duque de Wellington: come lo que le tiren. Un poco dejado para el deporte, sus subidas a la montaña las cambió por el suplicio de escalar en los sucesos de la historia que están cuesta arriba.

“Me gusta pensar que pudiese ser visto alguna vez como ‘el Pedro Sotillo’ de mi generación, quien siempre estuvo para apoyar con todo entusiasmo a sus contemporáneos y sus búsquedas”, expone.

¿Quién escribe la historia: los historiotenientes como decía el dramaturgo Enrique Buenaventura o los vencedores, como dicen los vencidos con sorna? «Los profesionales», ataja rotundo, porque en estos tiempos la contemporaneidad ha permitido la profesionalización de la disciplina, con su diversificación en el abordaje de los temas. Y señala un hecho curioso, a propósito de la violencia de los años 60: quienes más escribieron esos episodios fueron los derrotados, en oposición a quienes adversaron los ataques al naciente experimento democrático (tal vez en aras de la concordia nacional).

–Los libros que lees y que no entran en «conflicto de intereses» con tus oficios.

–Siento necesidad de retornar cada vez que puedo a los “abrevaderos” de la literatura, especialmente al género del cuento, la novela, el ensayo y la crónica. Es mi otro hemisferio.

–¿Y el hombre mundano?

–Soy poco agraciado para el baile –admite con cierta vergüenza–. Sin embargo, soy capaz de echarme por ese camino, si las circunstancias me lo imponen, y sacar lo mejor que puedo, especialmente de ese desbordamiento total y fascinante de los sentidos que es la música del Caribe.

Publicado por Contrapunto.com

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